Sonoro

05.ene.2026

Retrospectiva 2025: Músicas favoritas [y desvaríos relacionados]

Algunos tracks salteados, reflexión varia y, eventualmente, una lista de los álbums favoritos que marcaron este 2025.

POR j. zertuche / Lectura de 25 min.

Algunos tracks salteados, reflexión varia y, eventualmente, una lista de los álbums favoritos que marcaron este 2025.

Lectura de 25 min.

Primero, un disclaimer un tanto innecesario pero útil para ahorrarle preciados segundos de scroll a quienes se toman como una ofensa personal la ausencia de sus discos favoritos en la lista de alguien más → Para efectos de esta retrospectiva sonora de 2025, no esperen ver enlistado por aquí el LUX o el DtMF o cualquiera de las canciones que aparecen en el top 50 región México de Spotify o Apple Music [y casi seguro que de ninguna otra región]. No tengo nada en contra de esos lanzamientos, pero los estilos y artistas que predominan en las listas de popularidad casi nunca son de mi agrado y/o no están en mi radar [vaya, no me interesan ni por morbo ni por convivir ni por reseñarlos: también se vale no querer saber ni escuchar]; lo que sí tengo son algunos desvaríos sobre su inevitabilidad, la desbordada “crítica” favorable que los rodea y lo que me molesta de la homogeneización tanto de contenidos musicales como de gustos.

La monocultura está de regreso, ¿yei?

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Este bodrio es resultado del acumulamiento de varias frustraciones textuales, en un 2025 de poca o casi nula actividad contextual. Para salir del hiatus, esta entrega 004 de la Degustación Sonora contiene un menú un tanto caótico y muy condimentado: inicia con una salsa picante echa desde el enojo, un salpicado de las canciones favoritas del año, algunos tips para ampliar el paladar y una lista de los ingredientes que marcaron el 2025.

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Al momento de escribir estas líneas [diciembre de 2025], el consenso [anglo, cabe señalar] es generalizado: LUX es el álbum del año de la crítica en inglés —apenitas por encima del Getting Killed de Geese—, por lo que se ve en el agregado que recopila Album of the Year. A ojímetro, también lo es para la sección platea de comentarios en este estadio compartido llamado Internet.

Pero seamos honestos: desde el frenesí del día menos uno de su lanzamiento y su posterior maquinaria de promoción de contenido orgánico [esa imperiosa necesidad de publicar “reacciones” con emoción desbordada], ya se estaba masticando ese consenso “universal”. Es que su voz operática, es que los arreglos, es que es un giro total, es que su significado, es que Björk, es que el video... orquestado o no, fenómeno cultural o de mercadotecnia, genialidad avant-garde o promoción feroz, eso ya no importa y mucho menos el análisis colateral pseudo académico, decolonizante e intelectual sobre los subtextos conservadores y sus significados “ocultos”. Qué más da si la Rosalía quiere traer de regreso una simbología conservadora, es más —y para el caso—, qué más da si Sidney Sweeney también. LUX deslumbró al establishment de la crítica anglosajona, la campaña de posicionamiento funcionó y se elevó su imagen a santidad del Pop.

Pasamos del consenso brat verde éxtasis #8ACE00 fosforescente de 2024 a la purificación blanqueada de finales de 2025, muy a tono con la propuesta del Color del Año 2026 PANTONE 11-4201 Cloud Dancer: «un susurro de tranquilidad y paz en un mundo ruidoso [...] un blanco ondulante impregnado de serenidad, fomenta la verdadera relajación y la concentración, permitiendo que la mente divague y la creatividad respire, dando espacio a la innovación». La estandarización de la estética comercial neutral y aséptica de tu tienda insípida favorita [ZARA Home], ahora como moodboard para transmitir puras good vibes.

Sin buscarlo conscientemente, LUX encontró su camino en mis oídos de manera colateral. Sé del disco, lo conozco y lo he escuchado de rebote y de fondo, varias veces [eso pasa cuando pierdes el monopolio de la bocina comunal de una oficina compartida]. Creo entender de qué va [musicalmente] y aunque cero se me antoje darle una oportunidad consciente con audífonos [personas que aprecio me lo han recomendado], aplaudo su osadía. Que exista en el mainstream algo como LUX es, por decir lo menos, refrescante y hasta cierto punto retador. Dicho esto, no es de mi interés y mucho tiene que ver con la voz [lo mismo me pasa con Benito]. Entiendo que el atractivo consensuado está en las escalas vocales flamencas y pseudo-operáticas de su intérprete; a mí me aturden y fastidian, tanto así que nublan lo que sea que esté ocurriendo en la producción y los arreglos, pero eso no me da derecho a denostar a quiénes sí les gusta... y menos a desbordarme en la sección de comentarios con descalificaciones a la metalero añejo.

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Lo que sí me molesta es el consenso ultra-favorable de la crítica publicada, sobre todo en medios en inglés. Ponle que en gustos personales se rompen géneros, pero en decenas de críticas ultra-favorables se manufactura consenso: según el agregado de Metacritic, LUX tiene en promedio una calificación de 95/100 con base en 17 reseñas que van desde la seriedad de The Wire [70/100] hasta lo ridículo de Rolling Stone [100/100]; es el promedio más alto de este año junto a [¿sorpresa?] DtMF, que promedia también 95/100 aunque con menos reseñas agregadas.

Leí varias de esas reseñas, hasta opiniones personales en Substacks, y todas apuntan más o menos a un grandilocuente statement de un antes-y-después en la historia del Pop a partir del nuevo álbum de Rosalía: en eso estoy de acuerdo, pero por las peores razones.

Me da la impresión que ronda una especie de condescendencia, “deuda histórica” y hasta “novedad exótica” de la crítica anglosajona con cierta música en español; y con “cierta” me refiero al tipo de música que obviamente le va bien en los charts [esa que cuenta con el apoyo de una major label, la que hace lobbying y RP en los espacios de mayor alcance, la que paga campañas de posicionamiento y provoca que te inviten a SNL o que te sienten en una entrevista aduladora de una hora con Zane Lowe, la que colabora con Ticketmaster para poner tus boletos de tu nueva gira en precio dinámico, etc.]. Además, esa “cierta” música tiene más chance de pegar fuera de las comunidades latinas asentadas en Estados Unidos [a pesar de su despegue meteórico hace un par de años, el Regional Mexicano sigue siendo, en ese sentido, un género en la línea del Country o el Jazz, pues tiene bien delimitada su propia audiencia allá]. Y la única “puerta de entrada” que tiene esa crítica establecida al mundo musical en español es a través de la inevitable maquinaría del mainstream pop [sisisi, ya sé que la Rosalía en este disco canta en esperanto y otras dos mil lenguas muertas y no sé qué más, pero básicamente es una artista global que canta en español].

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Todo este desvarío va dirigido a la crítica establecida en revistas y periódicos que ya nadie compra ni lee, pero que siguen teniendo un rol importante como taste-makers y/o de validación cultural en esta danza coordinada que hace que el Pop sea Pop-ular. Rolling Stone, NME o cualquier revista/periódico de “referencia” anglo difícilmente haría por iniciativa propia una reseña de una banda/artista en español que no tiene el apoyo de una major detrás, mucho menos lo incluirían en su top del año. Es anglocentrismo, tal cual, y solo cuando sirve a sus intereses socioculturales, se echa a andar toda la estructura mediática para montarse en la ola del global south [más allá de sus propios méritos artísticos, Benito en el medio tiempo del Super Bowl, en Hollywood o en sketches de SNL sirve como símbolo anti-Trump, además de atender elocuentemente al enorme mercado de oídos latino-estadounidenses].

Por supuesto que hay anomalías y “crossovers” que tienen que ver más con el talento individual o de grupo que con la mega producción y la maquinaria comercial que aporta una gran disquera: a una escala más indie, Mabe Fratti y su proyecto Titanic con Héctor Tosta; Silvana Estrada y su improbable ascenso de Marchita [2022] a la atención que generó Vendrán Suaves Lluvias [2025]; y a una escala más estructurada [y propulsado por el fenómeno Tiny Desk], CA7RIEL & Paco Amoroso con el apoyo de un sub-label de Sony.

Al margen de esta “tendencia” de incorporar ciertas músicas en español en el circuito de reseñas favorables en inglés, todo apunta a que Pitchfork ya se acordó que su “diferenciador” es ser left-field [con todo y que siguen en su estapa “sellout” en Condé Nast] y quizá por eso este año nombraron a Los Thuthanaka como disco del año; un disco oscuro y desconocido que no está en plataformas habituales y que deconstruye ritmos y sonidos andinos y cumbieros en un mix-pastiche muy interesante pero difícil de digerir. Aunque, bueno, esto abre otro frente: la esfera de influencia underground. Los Thuthanaka están en el radar de Pitchork porque Chuquimamani-Condori es Elysia Crampton, de origen Aymara pero artista multidisciplinaria estadounidense que, entre otros logros, ha expuesto en el MOMA PS1. Y está muy bien, es un fetiche un tanto Brooklyn-esco eso de voltear hacia lo más underground, raro y diverso; pero mi punto es que no es un disco hecho y distribuido en el underground del sur global, sino en el underground norteamericano.

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Si todo esto suena a queja [haha], es porque lo es. No estoy a disgusto con esas músicas Pop per se, ni siquiera con esos artistas, sino con todo el aparato mediático [de interés general y hasta especializado] que de manera consciente o inconsciente se coordina para alabar las-mismas-cosas y apuntar hacia los-mismos-artistas. Algo de esto lo argumenta Kelefa Sanneh en The New Yorker con el ensayo «How Music Criticism Lost Its Edge» [que se puede consultar completo por acá], aunque no estoy del todo de acuerdo con la caracterización del crítico como villano antagónico que decide vapulear con un calificación numérica baja a un disco [por más divertido que haya sido en su momento “leer” este 0.0/10]. La crítica se ha vuelta blanda y favorable, a veces sumisa a las exigencias de hordas de fanáticos que se movilizan en redes en la defensa de su artista favorito. Y al ser cada vez más irrelevante la lectura de textos y ensayos críticos, el fan confunde crítica con ‌hate [como bien señala FRANKA]. Lejos estamos del momento cultural en donde Lester Bangs o Robert Christgau dictaban cátedra desde el pedestal de una espacio de revista; estamos presenciando los últimos suspiros de la relevancia de la crítica escrita en blogs y sitios web alternativos.

En esta misma línea, pero en el cine, me resonó mucho algo que reflexiona Pietro Bianchi en la serie de crónicas que realizó desde Cannes 2025 para e-flux. En una de ellas, observa que los festivales de cine han dejado de ser capaces de producir discurso alrededor de la «experiencia enigmática» que resulta de ver secuencias de imágenes; en cambio, ahora se perfilan únicamente como plataformas de promoción de las películas. Este argumento puede ser añoranza a una romantización del cine, pero esa romantización —el derecho a tratarlo como enigma— ¡es lo que le da estatura artística!

«...la crítica de cine —en todas sus formas, desde las revistas especializadas hasta los cineclubes— ha servido durante décadas como una vía para producir discurso alrededor de la experiencia de la imagen. No se dedica a parafrasear, explicar o, peor aún, a calificar películas con estrellas o veredictos reductivos, como es común hoy en día; más bien, la crítica de cine es una manera de hacer algo con las palabras que emergen de la experiencia enigmática de cuestionar y analizar las imágenes».

– Pietro Bianchi en e-flux

El remate de su reflexión da para explorarse también en el terreno de la música. Bianchi dice que «quizá lo que ha cambiado no es solo el discurso que rodea a las imágenes, sino la imagen misma. Ya no se presenta ante el espectador como un enigma o un oráculo, algo que deba cuestionarse o interpretarse. La imagen se ha convertido en una extensión de nuestro narcisismo. Ya no plantea preguntas, sino que ofrece soluciones». Ahora que la música se consume sin contexto a través de playlists, ¿no será que esta pedorra dinámica es una extensión de nuestro narcisismo, amplificado por redes sociales? ¿No será que ciertas músicas Pop que suenan-a-lo-mismo ahora se estén “diseñando” con mayor descaro para servir a este narcisismo playlistero?

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Pero dejemos de lado ese mundillo editorial de crítica y reseña de nicho que, para ser sincero, solo consultamos quienes nos dedicamos a escribir y mejor pasemos al tema que de verdad domina los views [y, dicho sea de paso, domina mi malestar]: el ecosistema de la creación de contenido en torno a la música. A continuación, me voy a permitir vomitar una verborrea de agravios que ya sé que desentonan con el momento mediático en el que vivimos y que, además, consumimos gustosa-y-gratuitamente a través de nuestros teléfonos en las plataformas que ya conocemos. Adelanto que se trata de una generalización burda y burlona, un compendio de señalamientos que van a sonar a ya siéntese tío y añoranza de “tiempos mejores”. Como última advertencia, no es una reflexión nueva [«Ponle» + «Una serie de agravios / despotricamientos mediáticos»] sino la continuación de lo mucho que sigo detestando las circunstancias que posibilitan a la nueva ola de “reviewers” de música que aparecen en Reels de Instagram y TikTok. Escribo esto debatiéndome si lo que en verdad detesto es su brevedad, protagonismo y/o la sobre-estetización de sus ambientes, o si les ¿envidio? por su media savviness. En fin.

Ya no existe la crítica [entendida ésta como ensayo long-form en donde la voz del/la autor/a explora, contextualiza, argumenta e interpreta trabajos artísticos, en este caso un álbum, un artista, etc.]. Se acabó esa vertiente periodística. Vaya, se acabo toda vertiente periodística-musical en este nuevo ecosistema de content. Es más, hoy se confunde a la “crítica” con la denostación personal: si se meten con un artista que me gusta, se están metiendo conmigo. Realizar un análisis crítico va en contra de las vibes y el feel good. En el mejor de los casos, lo de hoy es la recomendación. Muy en la línea del feel good, el “dime qué poner en mi playlist” feel good. Si te gusta esto, te puede gustar esto otro. Recomendaciones sin contexto, montajes visuales, imágenes superpuestas de álbums o canciones, expresiones faciales de aprobación al fondo. Atrás quedaron los criterios periodísticos para hablar de la música, hoy las lógicas de engagement o, ya de plano, de fandom predominan. Pesan más las vibes que la exploración y la curiosidad genuina. Hoy el objetivo ya no es dar contexto ni ubicar la relevancia de una obra o pieza dentro de un momento cultural coyuntural, ni siquiera es el análisis; lo que importa es hacer montón en la vorágine de videitos para que, en una de esas, se te recompense con likes y views; incluso caer en la lógica influencer para conseguir pases gratis para conciertos y festivales, o el descaro de ganar patrocinios de equipamiento de audio o disqueras para que puedas seguir haciendo montón en la vorágine de videitos. Y luego están las coberturas de conciertos o eventos: hoy lo que importa es la cobertura visual de un concierto [una buena foto, un buen video] acompañado de un copy adulador, y no el análisis ni la crónica; bastan unas cuántas palabras sobre una imagen de concierto para transmitir las vibes y ganarse un like.

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Hace relativamente poco me topé con clips de una conversación con Rosalía. Digo “conversación” porque de entrevista no tenía nada. De genia no la bajaron y el atrevimiento fue tal, que hasta se alabó su sensibilidad por la especie humana [¿?]. Mientras tanto, Rosalía hacía caritas de ternura y agradecía el cumplido: full circle, feel good. Esta buenaondés y feel good vibes me generan un repele nivel criptonita. Una entrevista no necesariamente tiene que forzar el contraste o generar confrontación, pero si el objetivo de tu “entrevista” es declarar tu fandom, adular y generar reacciones favorables-virales y no la exploración y la curiosidad genuina, eso ya es otra cosa y entra en el terreno del content. Zane Lowe es el ejemplo más global de este estilo, pero uno entiende que si trabajas para Apple Music toda entrevista es básicamente un acto publicitario; pero también hay excepciones, como es el caso de Rick Beato, quien no es ni se presenta como periodista, sino como un músico que habla el mismo idioma que sus entrevistados. Por cierto, qué increíble que la mejor entrevista del año probablemente sea la segunda que le hizo Beato a David Gilmour, algo que dice mucho del estado actual del periodismo musical y hacia dónde sí es interesante ir para obtener respuestas que nutren e iluminan sobre el proceso creativo detrás de un artista.

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Ahora, me gustaría ubicar un poco desde qué lugar consumí y disfruté música este 2025.

Arrastro un año entregado a la producción de texto —copy, pues— remunerado, y no por placer sino por conveniencia y sustento. Esta dinámica me ha consumido tiempo y espacio mental, prolongando el interminable hiatus de este espacio. Pero más allá del ritmo [o, mejor dicho, de la arritmia] en las publicaciones de contextual, las implicaciones son más sentidas: he convivido mucho con ChatGPT, ad nauseam diría. Lejos de liberarnos de la carga de trabajo, estoy en posibilidades de confirmar que la inteligencia artificial empuja a seguir produciendo [por lo menos a quienes nos dedicamos a la manufactura de textos]. Y está bien, hay que ser productivos para cobrar y poder pagar la renta y la despensa, pero también los vinilos, las plataformas de streaming y los conciertos... todo esto a costa de una aguda atrofia mental y hasta artrítica para retomar la redacción de textos originales. Además, confirmo que esta sensación es muy distinta a la del síndrome pasajero del writer’s block, esto es mucho más mecánico que intelectual: se me han ocurrido ideas y ángulos a lo largo de estos meses, pero simplemente no las he podido redactar. A lo que voy es que llego a esta columna con harta frustración y eso puede que se refleje en el tono.

Lo “bueno” de estar todo el día en la compu, redactando y editando por trabajo, es que me da chance de estar todo el día escuchando música en audífonos. Salvo una que otra junta remota, mi trabajo no implica la interacción con otras personas. Sé que no todos tienen la posibilidad de escuchar discos completos sin interrupciones con audífonos mientras son productivos: esa es una ventaja/desventaja del freelanceo. No uso Spotify, sino Apple Music. No pongo playlists y mucho menos la “radio” de la app, tampoco tengo activado el modo Autoplay [que básicamente es la recomendación algorítmica de Apple Music]; en cambio, busco y selecciono manualmente lo que voy a escuchar [por lo general, álbums completos para escuchar en fila].

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Tengo una rutina para descubrir nueva música que le saca la vuelta al algoritmo. Estoy suscrito a varios labels en Bandcamp, así que por correo me llegan decenas de avisos semanales de nuevos releases; también los sigo en Instagram. Obviamente no me da la vida para escucharlos todos, pero por lo menos me entero de esos nuevos lanzamientos. Me meto a la página web [sí, todavía existe un mundo fuera de los feeds de Instagram y TikTok y del chat de la AI] de tiendas como Boomkat, Bleep, Phonica, Norman, Kompakt o Piccadilly; además de ser curadores y tener afinidades con ciertos estilos o labels [o ser labels + tienda online], se esfuerzan por incorporar contenido editorial para acompañar y describir [o muchas veces hypear] cada lanzamiento. También leo reseñas, entrevistas, ensayos y columnas en medios especializados como The Quietus, Resident Advisor, Crack, Pitchfork o The Wire. Escucho semanalmente el programa de radio de 3 horas [sí, radio normal streameada con todo y cortes informativos de la BBC] de Gilles Peterson en BBC6 [cuya curaduría es tan buena que te obliga a sacar el Shazam varias veces]; algunas otras veces pongo capítulos de NTS, sobre todo cada que sale un episodio del espacio que tiene AD93 [label de UK que es de mi agrado]. También he comenzado a seguir a algunos Substacks de música como First Floor, Tone Glow, Noise Narrative o No Tags [quienes, además, tienen un buen podcast].

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La única funcionalidad dentro del ecosistema de Apple Music que me sirve para “descubrir” nueva música, es la sección de «New Releases for You» [que básicamente te muestra los nuevos lanzamientos de los artistas que ya escuchas].

Mi dinámica es la siguiente: busco y leo, si algo me llama la atención lo escucho en Apple Music [si es que está en el catálogo]; si me gusta, lo agrego a mi librería [con la “limitante” de que Apple Music “solo” te deja agregar 100 mil canciones; límite que he sobrepasado varias veces y me obliga a borrar para poder seguir agregando]; si no está en streaming, lo descargo de Soulseek [admito que han sido poquísimas las veces que he comprado digital en Bandcamp]; y si me gusta mucho, lo pongo en una de mis dos playlists activas en el año: Tracks Favoritos y Álbums Favoritos [mantengo esta dinámica en la iteración actual de Apple Music desde 2013; lo que tenía acomodado antes de 2013, cuando era simplemente iTunes, se perdió en la migración].

Ya sé que toda esta dieta mediática es un chingo y que lo atractivo de dejarse llevar por el algoritmo en Autoplay o Playlists es que no tienes que hacer nada de esto más que “escuchar lo que sigue”. Cada quién, pero pertenezco a la generación que vivió y participó en la blogósfera y que aprendió a navegar por la música a través de programas de radio, videos en MTV, revistas, blogs, piratería digital y tiendas de discos [tiendas de CDs en su momento]. Además, estudié periodismo y aún valoro el trabajo detrás de una reseña o un ensayo o una entrevista, incluso en su formato multimedia [un video largo, un audio largo]; por eso soy muy escéptico del formato corto de Reel o TikTok de —casi siempre— vatitos que aparecen a cuadro recomendando música con guiones semi-generados con la ayuda de ChatGPT, con una entonación que parece inspirada en algún reportero de Fuerza Informativa Azteca o ESPN, rodeados de un setup medio aesthetic que incluye una bonita lámpara de mesa, una torna que por lo menos es mejor que una Crosley de maletín y un mueble de almacenamiento de vinilos. Con todo y todo, me parece muy bien que la chaviza creadora de contenido descubra el shoegaze o el post-punk o la tropicalia o la cumbia psicodélica o algún crooner de la vieja o nueva escuela y le interese compartir su descubrimiento y tenga la seguridad suficiente como para aparecer frente a su teléfono para hablar y aparentar que sabe y mucho.

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Aunque el “Replay” de Apple Music no es el “Wrapped” de Spotify, y qué bueno que no lo es [no tiene esa cosa exótica y por demás incómoda de encasillarte, digo, describirte en copy AI-generated o decirte ¿cuántos años tienes? según tus gustos], sí arroja data curiosa sobre tu año en la plataforma. Según esto, en 2025 escuché 48 mil minutos de música de 1 mil 730 artistas, 6 mil 100 canciones y 805 álbums. ¿Es mucho? ¿Es poco? ¿Es lo que es? Quién sabe, pero es curioso: según mis estimaciones humanas e imprecisas, yo creo que pasé un 70% del tiempo escuchando música en audífonos en la compu y quizá un 30% en formato físico de vinilo. Y como estamos en los tiempos de medir y documentar todo, va otro dato: según mi Discogs, este 2025 compré 104 vinilos. ¿Es mucho? ¿Es poco? ¿Es lo que es? Quién sabe, pero lo relevante de ver numeritos aleatorios como estos es alcanzar a dimensionar una abismal diferencia: por $2,388.00 MX pesos al año [Apple Music plan familiar] pude escuchar 805 álbums o más o los que quiera; esos mismos 2 mil y cacho de pesos es lo que te cuesta una ida “tranqui” de dos o tres discos vinilos [nuevos] en MusicLab o Las Dunas Records.

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Este año también caí en el rabbit hole del hi-fi. De inmediato me di cuenta que en ese nicho hay de todo, desde entusiastas amateurs hasta cuasi-sectas del sonido de alta definición. La tribu en la que terminé por acomodarme fue la del hi-fi “asequible”, mejor conocido como de entry level [más por cuestiones presupuestales que ideológicas].

Supongo que ese era el siguiente paso lógico a dar al sucumbir ante el mundo análogo del vinyl. Varios años acumulando una colección de discos lo suficientemente robusta te hace re-pensar “la sala” ya no en términos de estancia y comodidad, sino de pseudo-acústica. De repente, ya no te andas preguntando dónde queda mejor una mesita de centro. Ahora te preguntas dónde acomodar el sofá para obtener el sweet spot del listening position. Vaya, hasta existe el concepto del subwoofer crawl que es, básicamente, gatear por la sala para escuchar dónde mero se escuchan mejor los bajos.

Una vez que entras a este rabbit hole, ya no hay vuelta atrás. De configurar un setup multi-channel surround pensado para ver películas y series en plataformas de streaming, ahora pasé a configurar el espacio del living para vivir la experiencia del sonido estéreo con un sistema dedicado. Perdonen la jerga. Consumí videos de Darko Audio, Andrew Robinson [cuyo handle @recoveringaudiophile es todo menos congruente], de la Sociedad de Audiófilos Mexicanos [porque obvio existe] y hasta de audiófilos segregados en cabañas con el dinero suficiente como para andar testeando cada semana equipos que cuestan el equivalente a por lo menos 12 meses o más de trabajo. Leí traducciones de reseñas en revistas especializadas alemanas, comparé precios en euros y hasta en yenes [esto para esquivar tiendas y productos con tarifas de exportación estadounidenses], todo para poder encontrar el amplificador estéreo y el par de bocinas más adecuadas a mis “nuevas necesidades” análogas [necesidades creadas, sobra decir].

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Para el dato curioso, ya qué, este es el setup que terminé por poner: torna Debut EVO de Pro-Ject con aguja Sumiko Olympia (MM); amplificador Stereo Box DS3 de Pro-Ject; bocinas Speaker Box 5 S2 de Pro-Ject que me duraron dos semanas por defecto de fábrica y que tuve que sustituir por unas Elac Debut 3.0 [cero quejas]; y subwoofer Klipsch R-100SW, nomás por no dejar.

Durante ese periodo de tiempo, estuve a dos del colapso nervioso. No basta con ver un unboxing o una reseña, sino decenas; hay que cruzar constantemente información porque todo influye y todo importa; desde las dimensiones de tu cuarto, los cables que compras, la distancia entre las bocinas y el lugar de escucha; que si amplificadores “clase D” o “clase AB”, la aguja de la torna, la torna, el multicontacto de corriente... e-te-cé.

Me di cuenta que sí es muy fácil dejarse seducir por el ecosistema de contenidos que rodea al mundo audiophile: canales de YouTube, cuentas de Instagram y Patreons, revistas impresas, blogs, reseñas en Amazon [o sus equivalentes más especializados] y foros, chingos de message boards. Una vez inmerso, también es muy fácil caer en los “specs”, enfocarse en los aparatos, las marcas y los cables, ensimismarse en el gear que transmite el sonido y olvidarse un poco de lo verdaderamente importante: la música. No me malinterpreten, sé perfectamente bien que buscar mejorar la calidad del sonido es parte de la experiencia de quien realmente valora la música. Bueno, eso es una cosa, otra es cambiar el enfoque de ese disfrute por una insaciable, interminable e inmamable búsqueda de la perfección audiófila.

Por lo que alcancé a detectar [o por lo menos eso fue lo que decidió mostrarme el algoritmo], sí es un mundillo muy de hombres eso de andar compartiendo con entusiasmo los resultados de testear 5 cables de distintos rangos de precio y debatir sobre sus sutiles diferencias sonoras.

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Decidí contar todo esto para llegar a una especie de conclusión abierta. Que cada quien disfrute la música como pueda y hasta dónde quiera invertirle, es libre. Pero prefiero seguir poniendo atención a las revistas, blogs, tiendas y hasta creadores de contenido que genuinamente valoran la música e indagan más allá de una playlist de Spotify, que les importa compartir su gusto, conocimiento y take personal más allá de cómo les reditúa en visibilidad y métricas para su canal.

ÁLBUM DEL AÑO →
Destroyer – Dan’s Boogie [Merge]

Dan Bejar [Destroyer] es un poeta y un desubicado en proceso de envejecimiento, y está bien. Con Dan’s Boogie, parece que lo está asimilando con el mismo ingenio y sarcasmo de siempre, pero con un sonido que es más épico y a ratos más íntimo. Tuve la oportunidad de verlo por segunda vez en vivo, esta vez de gira con este disco. Desenfadado y desalineado, Bejar enuncia decenas de palabras, unas tras otras, mientras la banda que comanda John Collins se engrandece con arreglos sofisticados que increíblemente salen de apenas tres o cuatro instrumentos. No es indie ni alternativo, tampoco es jazz ni soft-rock: Destroyer tiende a difuminar cualquier intento de encasillamiento estilístico y en Dan’s Boogie probablemente se condensa lo mejor de todas sus facetas musicales. Un disco nocturno, de trago y cigarro en mano, para completar alguno de los fraseos de Bejar y acompañar la orquestación de Collins.

« Álbums Favoritos 2025 »

1. Erika de Casier – Lifetime [Independent Jeep Music]
2. K-LONE – sorry i thought you were someone else [Incienso]
3. Stereolab – Instant Holograms On Metal Film [Duophonic UHF Disks]
4. Raisa K – Affectionately [AD 93]
5. Voice Actor & Squu – Lust 1 [Stroom]
6. Nourished by Time – The Passionate Ones [XL Recordings]
7. Chicago Underground Duo – Hyperglyph [International Anthem]
8. Panda Bear – Sinister Grift [Domino]
9. Titanic – HAGEN (feat. I la Católica & Mabe Fratti) [Unheard of Hope]
10. WINO-E – WINO-E [Wah Wah Wino]
11. Elkotsh – rhlt jdi [Heat Crimes]
12. Clipse, Pusha T & Malice – Let God Sort Em Out [Roc Nation]
13. Geese – Getting Killed [Partisan / Play It Again Sam]
14. YHWH Nailgun – 45 Pounds [AD 93]
15. Voices from the Lake – II [Spazio Disponible]
16. Maria Somerville – Luster [4AD]
17. Deftones – private music [Maverick]
18. Cameron Winter – Heavy Metal [Partisan / Play It Again Sam]
19. Sandwell District – End Beginnings [Point Of Departure]
20. SML – How You Been [International Anthem]
21. caroline – caroline 2 [Rough Trade]
22. Decius – Decius Vol. II (Splendour & Obedience) [The Leaf Label]
23. Tortoise – Touch [International Anthem]
24. Djrum – Under Tangled Silence [Houndstooth]
25. pôt-pot – Warsaw 480km [felte]
26. The Armed – The Future Is Here And Everything Needs To Be Destroyed [Sargent House]
27. Horsegirl – Phonetics On and On [Matador]
28. Little Simz – Lotus [AWAL Recordings]
29. Moin – Belly Up [AD 93]
30. Actress – Tranzkript 1 [Modern Obscure Music]
31. Ahmed – [Sama’a] (Audition) [Otoroku]
32. james K – Friend [AD 93]
33. Cosey Fanni Tutti – 2t2 [Conspiracy International]
34. Juana Molina – DOGA [RGS Music]
35. Natalie Bergman – My Home Is Not In This World [Third Man Records]
36. Paul St. Hilaire – W/The Producers [Kynant Records]
37. Alpha Maid – Is This a Queue [AD 93]
38. KeiyaA – hooke’s law [XL Recordings]
39. Pigeon Steve – I Will Have a Think [Copyright Control]
40. TLF Trio – Desire [15 Love]
41. Carrier – Rythm Immortal [Modern Love]
42. aya – hexed! [Hyperdub]
43. Barker – Stochastic Drift [Smalltown Supersound]
44. billy woods – GOLLIWOG [Backwoods Studioz]
45. Mark Van Hoen – The Eternal Present [Dell’Orso Records]
46. DJ K – RADIO LIBERTADORA! [Nyege Nyege Tapes]
47. Memotone – Pruning [Discrepant]
48. Real Lies – We Will Annihilate Our Enemies [Tonal Recordings]
49. Nazar – Demilitarize [Hyperdub]
50. Kid Spatula – Joozy [Planet Mu]

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Retrospectiva 2025: Músicas favoritas [y desvaríos relacionados]

Escrito Por

j. zertuche Fundador y editor de «contextual». Anteriormente: Residente Monterrey, en su última etapa bajo el lema “Acciones para una ciudad mejor”.

Fecha

05.ene.26

DESDE → MTY.NL.MX
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