«Lo que el gobierno (de Estados Unidos) está haciendo aquí», me dice Álvaro Enciso, «es forzarlos a irse por lugares más difíciles, por las montañas, por las partes del desierto más áridas y más peligrosas. Están usando al desierto, a la naturaleza, que es neutral, como el verdugo para matar gente. Porque pensaron que al morirse unos cuantos los demás iban a decir que ya no, pero no entienden las ganas, la necesidad, la desesperación de alimentar a su familia, de buscar un futuro mejor».
Enciso dejó Colombia para ir a los Estados Unidos a mediados de los años sesenta —como residente legal— para estudiar una carrera universitaria en Nueva York. Su historia personal ha sido, de cierta forma, privilegiada para un latino. Inclusive en los ochenta, durante los años en que se llevó la reforma migratoria de Reagan, trabajó para el gobierno estadounidense como experto en cultura latinoamericana. En el 2011, después de jubilarse, se mudó a Tucson, Arizona, para dedicarse al arte. Conoció a un grupo de samaritanos que recorren las rutas de migrantes para limpiar la basura y dejar depósitos con agua potable en los senderos utilizados por los migrantes. Comenzó a asistir a los recorridos de manera periódica y decidió combinar esto con su labor artística: empezó a conmemorar a los migrantes muertos sembrando cruces.
Con su propia peregrinación, Álvaro ha sembrado 550 cruces (hasta 2017). Desde Ajo hasta Douglas, desde la frontera hasta Phoenix, cada semana viaja con un grupo de ayudantes a los lugares más áridos del desierto para sembrar cruces rojas –y de otros colores– de 42 pulgadas de ancho y 23 de largo. A diferencia de las cruces que instala Healing Our Borders en el puerto de entrada, la mayoría de estas cruces no las va a ver nadie. Están en lugares muy remotos, me aclara, difíciles de llegar. Nadie va a caminar ahí para verlas. La idea de pintar las cruces de color rojo se le ocurrió cuando vio un mapa del desierto que marcaba los lugares donde se habían encontrado los cuerpos sin vida de migrantes. En el mapa había zonas en que los puntos estaban tan pegados, que parecían simplemente una mancha roja gigante sobre Arizona.
Si la peregrinación de Joca y el personal de Frontera de Cristo es asumida desde un sentido religioso, la de Álvaro se entiende bajo un significado laico (el de una persona que anda por tierras extrañas). Aunque, en esencia, ambos comparten una misma misión: honrar la memoria de los latinos fallecidos en su búsqueda del sueño americano (aunque en décadas recientes ese sueño no sólo tiene que ver con el de la búsqueda de oportunidades y trabajo, también tiene que ver con un anhelo de supervivencia por la situación de extrema violencia que viven en sus localidades).
La compasión y la piedad también tienen que existir fuera de la religión, me dice.
Su teoría es la siguiente: «Para mí el símbolo de la cruz tiene algo muy interesante en el momento en que las voy a poner al desierto, porque antiguamente, en el imperio romano, usaban la cruz para crucificar a la gente, a los criminales y ladrones, para matarlos, era el instrumento de muerte en esos tiempos. Hoy para mí es todo lo contrario. Se utiliza para honorar a aquellos migrantes en busca de una vida mejor. Pero la cruz tiene algo que me interesa aún más: el lugar donde una línea horizontal se encuentra con una línea vertical; cuando estamos vivos somos verticales, y cuando estamos muertos somos horizontales. En ese punto, en ese momento en que se unen las dos líneas, es el momento en que Latinoamérica se encuentra con los Estados Unidos y ahí, en ese punto, es en donde casi siempre pierde Latinoamérica. Ese punto donde se unen las dos líneas es donde existe realmente para mí la compasión, la piedad, la empatía. Es lo que me interesa, porque es lo que quiero mostrar a la gente, a mi manera, porque en lugar de cerrarles las puertas deberíamos abrirlas, en lugar de agrandar los muros deberíamos hacer puentes para que la gente pueda cruzar y trabaje aquí, porque aquí se necesita el trabajo de toda esa gente. En Estados Unidos es esencial toda esa gente».