Proyectos como la interconexión Monterrey – San Pedro, pensado como una solución de movilidad vehicular que, además de partir y trastocar el modo de vida y convivencia de la colonia Independencia, también le abriría por primera vez la puerta a la inversión inmobiliaria a través de un branding urbanístico de moda como lo es el de los distritos (en este caso, el Distrito Independencia), se suma a otras ideas grandilocuentes de infraestructura con consecuencias poco pensadas: el 1 de julio, por ejemplo, se votará Si o No a la tontería del Proyecto Corredor de Movilidad Sustentable en el Río Santa Catarina, un engaño grotesco.
Faltan muchos años para que los vehículos autónomos transformen la manera en que nos movemos en Monterrey, pero parece que las autoridades están empeñadas en mantener a los conductores regiomontanos en la comodidad individualista de su automóvil, ignorando que la verdadera calidad de vida se vive a nivel de calle, no en las imágenes aéreas de carritos circulando felizmente por nuevas calles.
Cierro con una anécdota.
Recientemente comenzamos a comprarle chile piquín a un joven comerciante que coloca su discreta mercancía (botes de salsas, bolsitas de chile) afuera de un 7-Eleven de San Pedro. La última vez que le compramos, platicamos un poco más y nos dijo que era de la colonia Independencia, que su familia pizcaba el chile en Los Ramones, Nuevo León, para después venderlo. Casual le preguntamos qué opinaba de la interconexión (antes que fuera presentada la simulación digital publicada por El Norte): «La gente no se va a dejar. Ahí la gente es bien unida, no entra ningún gobierno hasta allá arriba», nos dijo mientras esperaba que dieran las 10 de la noche para regresarse en camión. Ahora que recuerdo ese breve intercambio, me hace más sentido un pasaje incluido en el libro Colores y Ecos de la Colonia Independencia:
«La accidentada topografía de la loma, condiciona las formas de traslado a pie o en vehículo, casi siempre se está subiendo o bajando, las escaleras están por todos lados: en banquetas, en los accesos a las viviendas y como única forma de hacer camino en la parte alta, donde lo pronunciado del terreno no permite paso de vehículo automotor alguno. En la colonia se baja al trabajo y se sube a la casa, el arriba es descanso, apoyo, el abajo es discriminación, explotación. Hay generalmente un esfuerzo físico al subir, mayor o menor, compensado por el sonido producido por el abrir de la puerta de la casa, del nuevo contacto con el centro personal, punto de partida y retorno».
— ALEJANDRO GARCÍA GARCÍA
La Loma Larga no es un pedazo de cerro inhabitado. Se trata de una zona histórica, una que tiene vida, con dinámicas de convivencia buenas y malas pero que, a diferencia de muchas otras zonas de la ciudad, opera desde la autosuficiencia. Ese carácter se debe más a una respuesta ante la negligencia y el desprecio del Estado, que a una elección de vida. Poner un viaducto elevado que atraviesa su colonia y le abra la puerta a las inversiones inmobiliarias futuras, sería un agravante más, otra forma de discriminarlos y explotarlos.