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21.mar.2020

El Mesón Estrella: «Nada más lo que es»

El mercado Mesón Estrella late con un siglo de antigüedad en el Centro de Monterrey, una tradición que forma parte de las frustraciones y los anhelos de varias generaciones de marchantes y vendedores.

POR Luis Mendoza Ovando / Lectura de 20 min.

El mercado Mesón Estrella late con un siglo de antigüedad en el Centro de Monterrey, una tradición que forma parte de las frustraciones y los anhelos de varias generaciones de marchantes y vendedores.

Lectura de 20 min.

En México los mercados son como catedrales que resguardan el milagro de los días normales y donde es posible mirarle las entrañas a una ciudad. Y aunque en este país no hay dos iguales, todavía es más notorio en Monterrey.

La costumbre arrebata nuestra imaginación al momento de pensar en un mercado: nos traslada a ese espacio carnavalesco de misticismo y olores que se monta desde las cinco de la mañana (o antes), uno en donde el bullicio adquiere ritmo con los coros de merolico de vendedores que detienen el paso de los marchantes. ¿Qué le damos, seño? ¿Qué va llevar, güero?

Pero en el Nuevo León no es exactamente así. Las abejas que afanosamente trabajan en la esquina del escudo del estado no son decorativas, sino un recordatorio de la esencia regiomontana. El misticismo de esta ciudad no radica en una conexión con ancestros, espíritus u otras muestras sobrenaturales. No, aquí no es así. Acá la espiritualidad cotidiana se vive en una adoración por la practicidad.

Hace unos años, Mariana Treviño y José Ignacio Hipólito elaboraron una “Guía no oficial del centro de Monterrey” para El Barrio Antiguo, la publicación independiente que dirigía Diego Enrique Osorno y que hoy está en pausa. Entre sus crónicas de sitios y espacios entrañables está, por supuesto, el Mesón Estrella: «A las calles aledañas a Cuauhtémoc y Juárez no siempre se les denominaba como el Mesón Estrella, que en realidad inició como un solo local. En 1917, Don Cesáreo Santos comenzó con un humilde puesto, que más de 100 años después se convertiría en el lugar a donde acuden casi todos los municipios del área metropolitana a comprar frutas y verduras».

Hoy el mercado ya no es “un espacio” en el barrio, sino el barrio mismo. Es más, en esa incapacidad para contenerse, se vuelve un mosaico de un Nuevo León que rebasa su identidad industrial.

El Mesón

A diez. A diez. A diez pesos. Llévele. De las banquetas brotan negocios como la hierba y exhiben naranjas, coliflores, mangos y jícamas, como los árboles que presumen sus frutos. La forma en que la mercancía se dispone en tarimas atrae e intimida con la belleza de lo exacto, y entonces los puestos se vuelven cuadros en un museo al aire libre —pero como acá el silencio contemplativo de las galerías no existe, no puede tener cabida.

La gente pasa rápido, sin mirarse, consumida por la prisa. El tiempo es dinero y entonces el mito del ahorro en Monterrey comienza a cobrar dimensión de realidad. Frente al recuerdo del bullicio de los mercados en la Ciudad de México o Oaxaca, el Mesón Estrella, enclavado en el centro de Monterrey, ofrece un ritmo distinto: el de la mecánica popular.

Llévele. Llévele. Llévele. En triadas se desatan en el aire, como jaculatorias, las estrategias de venta. Aguacate, aguacate, ¡llévese el aguacate! Pruébelo don, están bien buenos. ¿Cuánto le damos doña? Llévele. Llévele. Llévele.

Los cantos de los hombres y mujeres que se atrincheran en puestos y camiones le dan un ambiente como de jungla tropical al Mesón Estrella, que se desparrama desde Ruperto Martínez por la cuadrícula del Centro. Sus dimensiones, como sus voces, son incontenibles.

El ruido que producen las bolsas del mandado al rozar los pantalones de la gente delata, de entrada, que la sabiduría popular adelanta la legislación ambiental; pero no es un ruido errático, es algo más grande. El susurro corto que produce el contacto entre las telas se acompasa con la marcha y entonces el mercado late con toda su antigüedad, bombea gente entre los puestos y confirma que, aunque tenga ya más de 100 años de existencia, no morirá pronto.

Los chasquidos de las bolsas de tela marcan el tic-tac de una sociedad que no se sabe estar quieta. No hay tiempo para convivir y por eso la publicidad se vuelve un acto de transparencia brutal. Lo que ves es lo que hay y los colores y formas de las naranjas que llegaron de Montemorelos hablan por sí mismas. No hay las mejores, ni las más dulces, ni las más frescas. No hay que convencer, porque se nota que lo son. Refulgen solamente los precios en cartelitos blancos y su tipografía recuerda a los letreros que salpican los negocios del centro.

El Don

El Don está sentado en el lindero entre la banqueta y su local. Desparramado en una silla roja que apenas puede sostenerlo. Se abanica y grita saludos a sus compradores habituales. A los paseantes que desconoce les ofrece gritos de oferta.

Dice el Don que la tecnología lo ha cambiado todo, que ya no viene tanta gente como antes porque prefieren los supermercados, pero que igual no se acaban los clientes porque en El Mesón todo está más barato. Apenas va a agarrar vuelo cuando lo interrumpe un comprador cuyas canas evidencian la lealtad al negocio que el Don ha dirigido por 21 años.

«Ése te pone como toro de lidia», le dice el Don al señor canoso que sostiene en sus manos una bolsa de ajo negro y echa a reír. «Pero te lo tienes que tomar seguidamente, todos los días, si lo tomas una vez, dos, pues no jala. No son palomitas», añade y se vuelve a reír. Tal vez porque hay una edad en que remediar la impotencia es poco más que una manifestación de la nostalgia.

Frente al negocio del Don hay unos camiones cargados de ajos. Los empleados que los ofertan vienen de Centroamérica. «Siempre ha habido migrantes, de Chiapas, de todo México. Ahora pues más de Honduras», dice como quien ya lo ha visto todo.

«La gente viene y pide una moneda, pero no viene a trabajar. Quieren dinero para seguir tomando, uno no le puede dar a una persona cualquiera porque no sabes qué trae, de allá a veces viene gente que es mala o que anda en cosas de drogas».

La posición del Don expresa la difícil relación que la sociedad regiomontana tiene con la migración. La mitad de las personas en la ciudad considera que no debería dárseles a los migrantes la oportunidad de conseguir un trabajo en Nuevo León, según la encuesta Así Vamos 2019.

«Pero bueno, hay gente buena y mala», concluye y resopla.

«Yo trabajo los 395 días del año porque los festivos los cuento dobles y triples (...) Pero bueno, ya nada más que cumpla 60 años y nos vamos a la chingada».

Según el Don se hizo de su puesto en el mercado «por necesidad». Trabaja con su esposa todos los días, incluyendo días festivos. «Yo trabajo los 395 días del año porque los festivos los cuento dobles y triples».

A sus 57 años, se levanta todos los días en la madrugada y empieza a trabajar desde las cuatro de la mañana y hasta las seis de la tarde. Los domingos, que es su día de “descanso”, son exactamente iguales, cierra dos horas más temprano nada más.

Con todo y que trabaja sin tregua dice que últimamente no les ha ido tan bien, en parte por la competencia y porque han subido los gastos. Sólo de renta paga 12 mil 500 pesos al mes. Sobre el rumor acerca de si se paga derecho de piso en el mercado, prefiere no comentar. Sin embargo, no se arrepiente de haber elegido dedicarse a esto y cuenta con orgullo que sus hijas tienen una carrera universitaria y familia.

«Aquí mis niñas estaban chiquitillas, había más movimiento y trabajo y les di carrera a las dos, una es contadora y la otra es maestra y ahorita están casadas», al contar esto se le dibuja una sonrisa en el rostro. «Y ahorita sólo estamos yo y mi esposa y queremos juntar para nosotros y no se puede», después de esto el Don vuelve a resoplar y se queda en silencio.

Del fondo de la tienda sale una señora vestida en pants rojo, ronda cerca de los 60 años. Es la esposa del Don.

«Pásale mi amor. El reportero es de noticieros teidiotiza», dice y se le escapa una carcajada que retumba. «A mí esto me gusta, si no me gustara ya me hubiera ido. A ella al principio no le gustaba y me ayudaba, se salió de trabajar de secretaria para ayudarme». Las palabras del Don comienzan a cargarse de nostalgia y ella lo ve con una mezcla de distancia, escepticismo y ternura.

«Pero bueno, ya nada más que cumpla 60 años y nos vamos a la chingada». En ese momento el Don se lleva las manos a la cara y comienza a ponerse rojo y a vibrar en la silla en la que está empotrado. «¿Qué te pasa?», le dice ella. El Don echó a llorar.

«Aquí es un trabajo de perros y yo veo que ella me ayuda, ¿verdad?», la voz se le comienza a quebrar mientras habla. «Yo quisiera tener cosas para que ya no trabaje el día completo. Yo la veo que me ayuda y si ella no me ayudará no podría llevar el negocio», trata de recomponerse mientras habla pero no lo logra. Respira hondo y vuelve a colocarse en control.

«Nada más que cumpla los 60, yo me retiro, con lo poquito o mucho que tengo y ni modo. ¿Qué más hacemos? Se acabó lo que se vendía». En ese momento llega otro cliente y el Don recupera su tono burlón.

«¡Dígame!», le grita. El señor pregunta por nueces. «Todo lo que te he dicho es cierto, no te estoy echando mentiras. Es nada más lo que es».

Esta crónica aparece en el primer número de Impresso, publicación trimestral independiente en colaboración con Café Belmonte Bar, Monumento y Contextual

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El Mesón Estrella: «Nada más lo que es»

Escrito Por

Luis Mendoza Ovando

Fecha

21.mar.20

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