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29.abr.2020

‘Estética’ del encierro

Raúl corta el cabello en un pequeño local cerca del Tec de Monterrey. Las peluquerías no se incluyen entre las actividades “esenciales”, sin embargo, al ver cómo se manifiesta arrebatado ese estilista interior que llevamos, pienso que quizás habría que replantearlo para el futuro.

POR Luis Mendoza Ovando / Lectura de 18 min.

Raúl corta el cabello en un pequeño local cerca del Tec de Monterrey. Las peluquerías no se incluyen entre las actividades “esenciales”, sin embargo, al ver cómo se manifiesta arrebatado ese estilista interior que llevamos, pienso que quizás habría que replantearlo para el futuro.

Lectura de 18 min.

Dos mujeres hablan casi a gritos en un programa que se presume de espectáculos y repasan las celebridades que han decidido raparse durante la cuarentena. “Maluma es el que se ve más guapo”, dice una de las conductoras después de evaluar el nuevo look de Ricky Martin, su novio (¿o esposo?), J. Balvin (que no está rapado en las fotos expuestas), Cristiano Ronaldo.

En mi feed de Twitter comienzan a brotar, como colateral de la propagación del virus, fotografías de usuarios que han decidido raparse o hacerse un fleco. Aparecen dudas, «¿me debería rapar o hacer pan de plátano?», y hasta encuestas.

El otro día en el noticiero de la noche presentaron una imagen de una peluquería en China. El hombre que corta el cabello parece que va a dar un paseo por Chernobyl y por un momento me cruza la idea de que tal vez haya muchos más días así en el futuro. Paréntesis que nadie pidió y todos tenemos que aguantar.

¿Y yo? Yo no me he rapado. Me veo todas las mañanas en el espejo y pienso que lo que alguna vez fue mi corte hoy se asemeja más a una lechuga pegada a mi cabeza. No hay mucho que hacer, entre las actividades esenciales no se incluye a las peluquerías y, sin embargo, al ver cómo se manifiesta arrebatado ese estilista interior que llevamos, pienso que quizás habría que replantearlo para el futuro.

En Monterrey, por Avenida del Estado, casi llegando a la rotonda del Tecnológico, hay un pequeño local del que se asoman, casi tímidos, dos letreros que anuncian una estética sin nombre. El diseño precario de las lonas colocadas en una suerte de tripié despierta una ternura mezclada con curiosidad. Nunca he sido particularmente quisquilloso en eso de buscar quién me corte el cabello, ni he tenido jamás un peluquero de confianza.

La pequeña peluquería parece decorada por una de esas personas que aparecen en los documentales de acumuladores. El revistero flanquea una sala de espera que está ocupada sólo por el polvo y las publicaciones que ofrecen son un bufete del paso del tiempo.

Raúl Calatayud de la Llave es el dueño del lugar. Un señor de 74 años que escucha música electrónica a todo volumen, medio sordo, pero no lo suficientemente tembloroso como para despertar desconfianza en su oficio. La luz blanca que ilumina el espacio hace que todo lo que decora las paredes del lugar —que definitivamente es demasiado— se pueda apreciar a detalle.

Raúl dice que siempre ha sido un aficionado de la música clásica, pero hace unos cinco años un cliente le pidió permiso para poner “su música”. Desde ahí quedó prendado en sus preferencias un estilo que él reconoce como techno.

«En la música clásica hay sonidos que no están metidos en la partitura y de repente salen y eso es lo que más me gusta. En la música techno también hay ruidos atrás», me explica con un ritmo que hoy es natural en cuarentena, pero que cuando considerábamos la existencia de un afuera se sentía como caminar arrastrando los pies.

El ruido de la música retumba en esta cueva. Raúl me responde las preguntas casi a gritos. Pienso que no lo nota —por aquello de que no escucha bien— y yo prefiero no decírselo para tratar de generar confianza.

Al local entra un joven de veintipocos años quien acepta que le corten el pelo mientras Raúl realiza la entrevista. El muchacho toma asiento en una silla roja, como de barbería antigua, y frente a él se despliega un espejo enorme que está enmarcado por un collage de diminutos recortes de periódicos y revistas, con imágenes de cortes de cabello que muy probablemente nunca han sido ejecutados en este lugar. Una mosaico de posibilidades testimoniales; todos, caminos existentes pero jamás tomados.

— ¿Te lo corto igual, verdad?
Sí. ¿Se acuerda? Igual nada más cortito, pero sin que sea tan corto.

La conversación la tiene el joven de espaldas a Raúl quien empieza a clavar los ojos en el espejo para poder ver a la cara al muchacho mientras se sostiene en el respaldo de la silla. La respuesta del joven deja entrever un nerviosismo ligero. Yo lo entiendo, hay algo que pasa luego con los peluqueros que rompen el lenguaje y uno nunca atina a decir lo que de verdad quiere o ellos nunca atinan a escuchar lo que nosotros realmente dijimos. Detrás de ese “igual” que solicita el muchacho hay en realidad un universo de “iguales”.

Conforme pasan los días creo aquellos “días normales” simplemente no volverán. Tendremos en el futuro nuevos días normales. Habrá que reconocer un cotidiano que, igual, lo que se dice igual, no será.

Pero mientras esos días de “siempre” se nos niegan, hay que esperar. Esperar aferrándonos a contar los días de algún modo. La verdad es que los calendarios de poco sirven cuando todo se siente como un domingo mezclado con lunes. Son días llenos de pendientes, pero con poco qué hacer. Sin mucho margen para distraerse, a lo mejor por eso el ritual de la novela de las siete ha tenido tan buen recibimiento.

Los medios nos ofrecen contenido para aferrarnos al tiempo, a la maldita curva de contagios o el medallero de muertos, positivos, negativos y curados. Pero su macabra esencia a muchos no nos alcanza para vencer el tedio.

Pienso que por eso hay gente que se rapa o se corta el cabello sola, quizá para tener una nueva forma de medir el encierro. El corte de cabello descabellado, negado a la decencia de los días normales, a la longitud que permita una redención (de) estética cuando se cierre este paréntesis y se abran las puertas.

Cuando los relojes se nos vuelven una suerte de GIF en el celular o un cuadro en la pared, será el cabello quien marque ese movimiento imparable de las manecillas. Después de todo, tengamos mucho o poco cabello, éste siempre vuelve a crecer.

Todo tiempo pasado se le hace bolas a Raúl. Dice que lleva como 40 años cortando el cabello, pero que fue a los 19 años que se fue a la Ciudad de México a estudiar para estilista a una academia por la calle Marsella, en la Zona Rosa.

Me muestra una fotografía de esos años que, por su color, delata el paso del tiempo.

«Me quedé como cinco años en la Ciudad de México. Cuando me gradué estaba bien chavo, ya ni me conozco. ¡Mira el peinado!». Se le sale una risa en cascada y no por ello es menos contagiosa. «Qué risa me da. La antigüedad me da risa», vuelve a colocar la fotografía en uno de los estantes que atiborran la estética y enciende la máquina de rasurar.

Para mi fortuna, el aparato que bombardea la música electrónica se calla de repente y ahora sólo tengo que lidiar con el ruido intermitente de la máquina para poder seguir con la entrevista. Aunque Raúl está emocionado por la entrevista —tuvo la cortesía de posar para la sesión de fotos— le tengo que sacar las respuestas a tirabuzón.

Cuando no me quiere contestar algo simplemente me dice que “no se acuerda”, luego se hace un silencio casi doloroso en el espacio que ocupa el sonido agudo de la máquina que se interrumpe con un “¿y qué más?”, como para que me apure.

Justo frente a la silla donde se sientan los clientes durante el corte de cabello, hay dos páginas con notas de El Norte que hablan sobre una pintora y una exposición con retratos de mujeres. La señora Josefina de la Llave, mamá de Raúl, es la protagonista.

Lejos del nicho de recortes, hay cuadros montados en todo el largo de los muros. Algunos están hechos con óleo y otros con acuarela.

«¿Pues es que dónde los pongo? ¿En mi casa? ¿Para estarlos viendo yo nada más? Mejor aquí, que vengan, a los que les interese la pintura que lo puedan ver», me dice Raúl y se gira hacia mí como para asegurarse de que quede grabado. Después se sigue: «ese cuadro es genial y este también, todos son geniales».

Raúl también pinta. Deja las tijeras sobre la mesa y se acerca a una de las paredes para mostrarme un retrato que él pintó. Me cuenta que es su hermano, que está sentado en un rincón oscuro del local viendo una televisión prácticamente muda.

«Me gusta el colorido. Sí... a ella era lo que le gustaba: el colorido. Yo creo que por eso yo también», mientras me cuenta hace pausas cada vez más marcadas y noto cómo se carga de emoción. Raúl detiene su mundo para hablar de las exposiciones de su mamá y de sus rutinas diarias. De cómo desayunaba y luego se metía a pintar a un cuarto de dos por tres. Josefina de la Llave ya murió y cuando Raúl lo recuerda se le comienzan a aguar los ojos. Después él mismo vuelve a las tijeras y a sus asuntos.

Alguien puso en Twitter que “quizá la neurosis capilar sea la expresión última de la individualidad”. Y es que estos son tiempos que nos obligan a creer en políticos de los que desconfiamos, a seguir órdenes de gobiernos que pensamos que son más ineptos que nosotros.

Yo que soy tan listo, ¿por qué tengo que seguir las indicaciones y recomendaciones y órdenes gritadas, megáfono en mano, por el policía puerco, el político corrupto, el Estado fallido?

Nosotros que vivimos en democracia tenemos que permanecer recluidos. Nosotros que no somos Venezuela peleamos papel de baño y enfrentamos anaqueles vacíos. Yo que soy talentoso y fui a la universidad me doy cuenta que para el gobierno mi trabajo no es esencial.

¿Seré esencial yo? Preguntas habituales del prefacio de la nueva normalidad. Y sí, aburrirse es un acto de resistencia frente al tedio, una nueva medida del paso del tiempo y, en definitiva, un acto de control sobre la individualidad. Podrán controlar mis pasos, pero no mi fleco, mi pelo de chayote, mi pelo teñido de morado, mi arrepentimiento súbito pasada la adrenalina del acto nimio y revolucionario de trasquilarse.

¿Qué es lo que más le gusta de cortar el cabello?, hago esta pregunta desesperado porque Raúl en realidad oculte una gran historia personal que justifique su excentricidad.

«¿Lo que más me gusta? Bueno, qué buena pregunta», hace una pausa y me ilusiono con la posibilidad de escuchar algo poético o profundo que justifique que este señor siga en su oficio. «¿Cómo dices la pregunta? Ah ya, pues no tengo respuesta. No tengo respuesta», me contesta y más que decepcionado, me siento fuera de lugar. Intuyo que hay cosas que no entiendo y que sólo comprenderé conforme se me apilen los años.

Para cerrar la entrevista le pregunto si ha pensado en retirarse.

«Mientras pueda seguir viniendo para acá a cortar el pelo, seguiré. Que diga que me voy a retirar, pues jamás... n’hombre estar en la casa, ¡qué terrible!».

Vaya premonición.

‘Estética’ del encierro

Escrito Por

Luis Mendoza Ovando

Fecha

29.abr.20

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