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15.ago.2021

Políticas para el fin del mundo

A continuación algunas propuestas que, aunque no implican la nostalgia de un movimiento revolucionario, sí nos obligan a pensar futuros diferentes.

POR Federico Compeán / Lectura de 15 min.

A continuación algunas propuestas que, aunque no implican la nostalgia de un movimiento revolucionario, sí nos obligan a pensar futuros diferentes.

Lectura de 15 min.

En una entrega anterior escribí sobre el concepto de utopía: esa noción que tiene apoderada nuestra percepción afectiva presente por virtud de que nada parecer avanzar, cambiar o siquiera tener potencial de ser distinto. Vivimos la utopía en la condición de un aparente fin de la historia que ha inhabilitado cualquier noción transformadora de progreso. En contraste se encuentra la condición apocalíptica, que al menos nos permite —u obliga— a imaginar un mundo diferente como condición emergente de su implicación cataclísmica. El potencial de este pensamiento apocalíptico, aunque contraintuitivo, nos puede ayudar a movilizar la imaginación y voluntad colectiva hacia un camino diferente.

Lo anterior, aunque altamente conceptual, se nos presenta como una lamentable realidad cotidiana. Entre las pocas cosas que nuestro presente mediado por un caleidoscopio infinito de imágenes no ha podido relativizar del todo, es lo Real —así, con mayúsculas— de la catástrofe ambiental.

Recientemente el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publicó un extenso reporte que resume lo más actualizado respecto a la evidencia disponible sobre el sistema climático global. Los puntos clave, resumidos en este artículo del NYT, son bastante desesperanzadores, aunque para nada sorpresivos:

  1. Los humanos hemos calentado el planeta.
  2. La ciencia climática es cada vez mejor y más precisa.
  3. Los siguientes 30 años seguiremos viendo impactos progresivos al clima, sin importar lo que hagamos.
  4. Los cambios climáticos están acelerándose.
  5. Con todo, aún hay oportunidad de alterar la dirección de este cambio.

Los primeros dos puntos podrían parecer obvios, excepto para los más recalcitrantes negacionistas del calentamiento global. El punto número tres y cuatro nos pone en alerta constante y, al mismo tiempo, en una especie de resignación sobre la necesidad de adaptarnos a estos ciclos cada vez más agresivos de tormentas, sequías, inundaciones e incendios forestales; eventos que ya se antojan como normales en cualquier ciclo anual. El último punto es un llamado a la acción, no para mantener una estabilidad idealizada de clima, sino para evitar superar los ya irreversibles 1.5 ºC estimados de calentamiento y evitar llegar de 3 a 6 ºC como escenario catastrófico en caso de que continuemos ignorando la emergencia como lo hemos hecho hasta la fecha.

De este recordatorio se desprenden varios temas, pero la pregunta que subyace la mayoría de ellos es ¿qué hacemos ahora? Antes es importante señalar la criminal negligencia y voluntaria omisión de nuestros líderes e instituciones globales. Y aunque hay suficiente material escrito y otras reflexiones sobre la repartición de culpas, la mayoría de ellas son aproximaciones moralistas que lo simplifican a un “la culpa es de todos”, desapareciendo así la responsabilidad de grupos y sistemas particulares.

Tampoco me interesa dar la respuesta que, para bien o para mal, ya se ha vuelto cliché: hay que abolir el capitalismo. La gran mayoría de la gente que escuche ese eslogan como solución tendrá reacciones adversas o poco críticas. Es una realidad que los paradigmas hegemónicos son los principales motivadores de un crecimiento, consumo y explotación global que naturalmente deriva en el colapso climático y en el prácticamente nulo interés de soluciones genuinas; pero ubicar el potencial de cambio en la sustitución de una utopía por otra muy posiblemente no nos permita operar un movimiento efectivo contra esta crisis ni en tiempo ni en forma.

La idea tampoco es despolitizar un tema eminentemente político; pero, en ese sentido, el pensamiento apocalíptico puede ayudarnos a aterrizar de forma más sensata un enfoque con potencial para su realización. Así, evitando las conceptualizaciones teóricas, podríamos plantear algunas ideas en un esquema de políticas para el Fin del Mundo.

A continuación algunas propuestas que, aunque no implican la nostalgia de un movimiento revolucionario, sí nos obligan a pensar futuros diferentes. La ventaja es que tenemos tan poco qué perder que la radicalidad percibida de estas ideas se vuelve ya una mera cuestión de estilo: al final, no hay peor radicalidad que ver a nuestra sociedad colapsar.

Las siguientes ideas son solo eso, declaraciones de intención. No pretendo aquí generar un tratado científico que soporte una simulación precisa de los impactos potenciales de cada una de ellas, pero en el espíritu de reactivar la imaginación colectiva en el borde del colapso, considero que son conceptos que habría que abordar seriamente y a profundidad.

Desacelerar la vida

Pocas cosas tendrían un impacto tan profundo como la alcanzable noción de suprimir a cierto nivel el frenético sistema actual. La rapidez en la que nos movemos, comunicamos, trabajamos y consumimos no tiene ninguna justificación o beneficio individual más que acelerar el ciclo de acumulación de riqueza del capital. La cadena acelerada de producción y consumo podría ser más lenta y las consecuencias de esto serían casi exclusivamente positivas.

Algunas de ellas las podemos encontrar soportadas en los artículos compilados en el libro Time on our side: Why we all need a shorter workweek. Aunque el enfoque principal es la reducción de la jornada laboral, este cambio de estructuración de tiempo trae consigo la disminución de patrones de consumo, huella de carbono, división más equitativa de trabajo no pagado y más tiempo para participar en actividades comunitarias y políticas.

Múltiples países, principalmente europeos, han ido reduciendo su jornada laboral de forma progresiva durante los años. Imaginar una jornada laboral de 4 o 3 días en América Latina suena descabellado, pero hacer esa reducción en la mayoría de las actividades productivas (incluyendo los centros de enseñanza) tendría un impacto monumental en las condiciones actuales de consumo.

Abolir las ciudades

Destruir la ciudad como concepto es un eslogan llamativo, aunque problemático. No se trata aquí de abolir de forma repentina los centros urbanos, pero sí de plantear —y entender— que la historia de las ciudades y el diseño urbano tiene una su origen principal en hacer más eficiente la concentración del capital.

Pensadores como David Harvey y Henry Lefebvre han teorizado la experiencia urbana, su relación con la acumulación del capital y las nociones de reclamo del derecho a la ciudad en su concepción revolucionaria. Otra forma de replantear el tema no es abolir las ciudades por completo, sino plantear la descentralización de los centros urbanos, así como integrar nuevas concepciones de arreglos sociales de baja densidad que permitan equilibrar no solo los impactos ambientales, también las nociones comunitarias y las condiciones alienantes de las grandes metrópolis.

Abolir los vehículos personales

Relacionado con lo anterior, nuevos conceptos de urbanismo de baja densidad podrían replantear el requerimiento absurdo —aunque hoy indispensable— de gastar periódicamente una pequeña fortuna en un pésimo activo como lo es un vehículo personal. Suponer que al sustituir este terrible medio de transporte con su contraparte eléctrica solucionaría el problema de emisiones, es tan ingenua e infantil como pensar que el Bitcoin tiene potencial de revolucionar la economía global por virtud de su novedad (que, dicho sea de paso, su uso tiene un impacto ambiental desproporcionado).

Este es el momento para plantear diseños integrales de transporte público urbano, así como redes de transporte nacionales y globales que permitan hacer más eficiente y menos costosa la movilidad en todas sus formas.

Alterar nuestra alimentación

Sería hipócrita de mi parte apoyar alguna especie de veganismo global sin considerar las implicaciones culturales, de clase y los impactos mismos de la industria de la agricultura y el uso de tierra. Sin embargo, es una realidad que la forma en que generamos, distribuimos y consumimos alimento contribuye a que este tema sea tan significativo en tanto en las emisiones globales como en la generación de energía.

Los patrones de consumo y los potenciales de innovación en la generación de nuevas alternativas de agricultura y ganadería (que incluso no requieran animales), son avenidas de investigación que tendrían que ser prioridad; no sólo para atenuar los impactos climáticos, sino como agenda para atacar los problemas de distribución de alimentos a nivel global.

Diseñar y optimizar cadenas de suministro circulares

Aunque he de declararme escéptico de los brandings verdes, sostenibles, conscientes, de impacto y toda otra gama de palabras amables para justificar la expansión capitalista, la idea de las cadenas de suministro circulares es la única a la que le veo potencial para catalizar los cambios en los modelos lineales de vida de la mayoría de los productos que consumimos.

Aunque el concepto de la economía circular no es algo nuevo, no es una noción adoptada de forma masiva en la mayoría de los sectores productivos. Podríamos verlo como una versión de reciclaje por diseño, en cuyo caso es importante enfatizar que ninguna cadena de suministro, circular o no, debería de soportarse únicamente en la condición de su futura reutilización.

Si integramos estos conceptos de circularidad a otros como el del diseño, el derecho a la reparación y la lucha contra la obsolescencia programada, no sólo podríamos plantear nuevos modelos de producción sino condiciones distintas de consumo —como el basado en acceso— que van más allá de la pertenencia.

Impuestos

Suena descabellado mencionar el tema de los impuestos en una lectura sobre apocalipsis y futuros distintos mediante ideas radicales y revolucionaras. Sin embargo, el estado actual de recaudación para los percentiles de mayor ingreso resulta igual de absurdo que la condición actual del medio ambiente.

Muchas de las ideas y proyectos planteados requieren más que voluntad una buena cantidad de recursos. Y tampoco podemos ser tan ingenuos para esperar que los multi-millonarios filantrópicos decidan invertir en energías limpias y esquemas de reducción de consumo (en vez de sus viajes particulares al espacio).

En Estados Unidos y el resto del mundo es una realidad que los más acaudalados pagan efectivamente menos impuestos que la clase trabajadora. Vale la pena recordar cómo es que hace un par de años un panel en Davos rompió con la buena voluntad simulada del Foro Económico Mundial al poner este tema en la conversación y recordar los beneficios de tasas marginales superiores al 70% para los percentiles superiores.

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Políticas progresivas de impuestos son un elemento esencial para poder abordar la crisis climática más allá de la voluntad buena onda de los principales responsables de este ciclo de crecimiento desmesurado, lo cual nos lleva al último punto.

Desmitificar el crecimiento

Tal vez el elemento más importante es el desmantelar para siempre el paradigma del crecimiento como indicador de bienestar o progreso. Nada de lo anterior vale mucho la pena sin este simple cambio de óptica. Muchos teóricos y economistas (incluso liberales) como Amartya Sen, Ingrid Roberts y Martha Nussbaum han propuesto distintas formas de aproximar lo que implica el desarrollo, la libertad y el bienestar más allá de indicadores macroeconómicos.

La única lógica detrás de que el crecimiento sea el principal dogma económico tiene que ver con el funcionamiento del capital, porque su acumulación solo puede darse mediante un crecimiento constante y continuo: es solo mediante la creación de superávits que la acumulación de capital puede operar. Esto, naturalmente, tiene sus límites. Uno de ellos es el mismo medio ambiente. Perseguir ese crecimiento constante solo beneficia a los pocos que tienen la fortuna de ser dueños de ese capital en perpetua acumulación, mientras que los costos y externalidades de ese crecimiento son socializados; es decir, sufridos por todos.

En ese sentido, aunque la noción es simple, la viabilidad de este cambio se nos presenta casi imposible, al menos sin ciertos mecanismos de organización social, políticas públicas y mecanismos institucionales que limiten y desincentiven esta operación. Pero es mediante esta condición esencial que nos permitiremos transitar a una era poscapitalista, más allá de que lo que ese nuevo horizonte represente.

La imaginación detrás de lo que se requiere y cómo podríamos llegar a ella sigue en proceso continuo de conceptualización, ya sea en un artículo de menos de 2,000 palabras o libros completos. Sin embargo, lo que nos regala este acercamiento al fin del mundo, aunque sea en este avance progresivo, lento y difícil de afrontar, es la posibilidad de imaginar cosas distintas. Y habría que imaginarlo ya no solo por la motivación de cambiar al mundo (por lo menos nuestro mundo), sino por el miedo a su inminente —pero evitable— fin.

Políticas para el fin del mundo

Escrito Por

Federico Compeán

Fecha

15.ago.21

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