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15.abr.2020

Los arcos de Monterrey

¿Cómo se manifiestan los límites entre distintos grupos sociales en Monterrey? Hay puertas que invitan a todos a pasar y otras que buscan refrendar divisiones sociales.

POR Pablo Landa Ruiloba / Lectura de 10 min.

¿Cómo se manifiestan los límites entre distintos grupos sociales en Monterrey? Hay puertas que invitan a todos a pasar y otras que buscan refrendar divisiones sociales.

Lectura de 10 min.

En las ciudades amuralladas, las puertas eran sitios donde se verificaba la identidad de los visitantes. Sólo a algunos se les permitía entrar. Hoy, las casetas de los fraccionamientos residenciales de Monterrey cumplen un papel similar: en ellas se establece quién tiene derecho a entrar, de acuerdo a criterios a menudo racistas y clasistas. Las puertas, sin embargo, no siempre son herramientas de exclusión. Hacia finales del siglo XIX, autoridades, empresas y organizaciones sociales de Monterrey comenzaron a colocar arcos para conmemorar aniversarios y festividades, decorar espacios públicos, dar la bienvenida a figuras públicas y hacer visibles a los poderes que daban forma a la ciudad.

Uno de los arcos más célebres fue inaugurado en 1910 para conmemorar el centenario de la Independencia. Esta estructura, de cantera labrada y coronada por esculturas de bronce, fue diseñada por el arquitecto Alfred Giles. El mensaje que comunica es similar al de la Columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México: el gobierno de Porfirio Díaz, representado en Nuevo León por el general Bernardo Reyes, se ostentaba como la culminación de la historia de México independiente, entendida como un proceso de modernización y progreso.

El Arco de la Independencia era la primera piedra de un nuevo proyecto urbano. Hoy se ubica en la intersección de la Calzada Madero y la avenida Pino Suárez, entonces recién trazadas y nombradas Unión y Progreso en honor a la organización política de Reyes. En torno a estas avenidas se construiría una ciudad reluciente, integrada por las grandes casas de los capitalistas de Monterrey. El Arco daría la bienvenida a la ciudad como naciente centro económico del norte de México y presentaría su enorme crecimiento en años recientes como un proceso amparado por el Estado. La Revolución evidenció las contradicciones del proyecto de Reyes y ensombreció su visión. Quedó sólo el Arco como entrada de la ciudad que pudo ser.

También en el marco de las celebraciones del centenario de la Independencia, los hermanos Decanini, artistas de origen italiano, construyeron los arcos de concreto en las cuatro esquinas de la Alameda Mariano Escobedo, entonces conocida como Alameda Porfirio Díaz. Este jardín fue el primer espacio en Monterrey diseñado para pasear. Antes, existían plazas que se usaban para montar mercados, realizar fiestas y ceremonias, y para ejercicios militares. La Alameda, trazada en 1861, anunciaba que la ciudad había dejado de ser un asentamiento precario en la frontera, cuyos habitantes estaban obligados a trabajar sin cesar para obtener satisfactores básicos. La clase alta de la ciudad tenía ahora tiempo y voluntad para el esparcimiento. En la primera década del siglo XX, el gobierno local, fortalecido por su relación con el régimen de Díaz, buscaba conquistar todos los aspectos de la vida pública en Monterrey. Así, los arcos, decorados con los bustos y perfiles de héroes patrios, le dieron a la Alameda un carácter cívico.

Alameda Mariano Escobedo, Monterrey | Foto: The Raws

En la misma época se erigieron otros arcos para conmemorar las visitas de personajes distinguidos al arribar a la ciudad. En 1898 y 1906, por ejemplo, arcos temporales recibieron a Porfirio Díaz en sus visitas oficiales a Monterrey. Estas estructuras cumplían un papel similar al que en otros sitios cumple la entrega de las llaves de la ciudad: le daban la bienvenida a los visitantes anunciando que podían sentirse en casa. Al cruzar los arcos, los visitantes entraban a una comunidad urbana con la que compartían desde ese momento cierta intimidad y complicidad.

Algunos arcos los colocaba el gobierno. Otros —sobre todo en la época de auge de la industria y de menor influencia del Estado— los colocaban empresas privadas. Montados en distintos sitios, marcaban el acceso a una ciudad regida, ante todo, por los designios de sus compañías industriales. En 1965, por ejemplo, en el marco de las celebraciones por el 65 aniversario de Fundidora, la fábrica construyó un arco de acero decorado con una olla de vaciado, el logotipo de la empresa y la leyenda “Bienvenidos”. Con este gesto, la Fundidora se presentaba como una de las principales fuentes de autoridad en Monterrey. La ciudad detrás de ese acceso no era un espacio cívico, resultado de gestas de generales y políticos; era una ciudad construida y regida por Fundidora.

Los arcos temporales se desmontaban después de cumplir su función. Sin embargo, uno de ellos, erigido en 1926 para dar la bienvenida al presidente Plutarco Elías Calles a la ciudad de Fundidora, se mantiene en pie. Está compuesto por piezas de acero atornilladas cuyas columnas se elevan como torres con dos pequeñas astas. Cuando se construyó en la entrada de la fábrica sobre la actual calle Adolfo Prieto, el arco estuvo seguramente decorado con banderas, letreros, arreglos florales. Hoy está en un espacio residual en la intersección de las avenidas Morones Prieto y Colón. La estructura podría colocarse en otro sitio que honrara su importancia como monumento histórico.

Si contara con mayor visibilidad, este arco, franco y permeable, sería un elocuente contrapunto a las casetas de las nuevas colonias amuralladas. Hay puertas que invitan a todos a pasar y otras que buscan refrendar divisiones sociales.

Este texto está basado en los contenidos de la exposición al aire libre “Las Torres de Monterrey”, la cual se presentó entre noviembre de 2019 y febrero de 2020 en el Parque Fundidora. La muestra fue organizada por Fototeca Nuevo León y curada por Pablo Landa Ruiloba.

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Los arcos de Monterrey

Escrito Por

Pablo Landa Ruiloba

Fecha

15.abr.20

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