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03.ago.2021

Un hallazgo

Estamos aquí de paso, somos centinelas en vela de la tierra y del tiempo que habitamos solamente hay que tomar aquello que podemos retribuir, nunca más de lo que uno le puede dar.

POR Ignacio Rodríguez G de C / Lectura de 8 min.

Estamos aquí de paso, somos centinelas en vela de la tierra y del tiempo que habitamos solamente hay que tomar aquello que podemos retribuir, nunca más de lo que uno le puede dar.

Lectura de 8 min.

Quizás era 2007, ¿2008? Aunque tal vez 2006. Era junio, la mañana siguiente a las fiestas de San Juan. Ambos habíamos pasado la noche en blanco y aún así, en la madrugada, desde antes de irnos a dormir apenas unas horas, nos habíamos puesto de acuerdo de salir alrededor de las 9 de la mañana. Me esperaba un recorrido interminable.

Desperté entre pesadas cobijas de lana, en una cama de metal casi pegada a un muro, con un ropero de madera a sus pies que terminaba justo antes de la ventana. Me levanté, mi playera estaba húmeda —mi cuerpo transpiraba tesgüino y caldo de borrego— y mis piernas todavía vibraban con la música del día anterior; recordé los veintitantos cascabeles que en brincos y movimientos coordinados de seis, doce y hasta dieciséis o veinte personas parecían llover dentro y fuera de la capilla. Nos acompañaban chapareke, violín y guitarra, pocas conversaciones y mucha devoción. Todos bailábamos para algo más, y bailábamos juntos porque de todos dependía esa noche, me decían, esa fiesta, esa armonía.

Entre esos recuerdos me percaté que ya había prendido el agua de la regadera que, en efecto, no salía caliente... ¡salía ardiendo! El vapor iniciaba a llenar el cubo que forman los muretes recubiertos de mosaico blanco y la cortina de plástico amarillo semitransparente. Me quité la cobija que arrastré desde la cama y casi en un movimiento me deshice de la ropa interior, abrí la cortina y toqué el piso helado al que apenas alcanzaban unas gotitas de agua y me introduje bajo el chorro caliente. Poco sabía yo que esa noche, esos cantos, esa música, ese baile y ese baño eran el preludio de la cotidianeidad, de lo increíble.

Me encontré con el Gallo en el desayunador. Nos habremos comido unas quesadillas, o un pan dulce y un jugo de naranja, seguro un café. Él se puso una chamarra y yo una sudadera con gorro y salimos por la puerta de la cocina hacia donde estaba la pickup. Arrancamos.

Íbamos tranquilos, platicando de cualquier cosa, disfrutando del sol de la mañana que calentaba la ropa. Nos dirigíamos a unos 70 kilómetros de distancia, un trayecto entre barrancas, pipas, caminantes que subían y bajaban de la caja; kwira decían y kwira contestábamos. Finalmente, pasamos un río. Al cumplirse las tres horas y media de trayecto, llegamos a un lugar de unas tres casas y una misión casi completamente derrumbada, con algunos muros de la fachada aún de pie. El sol ahora quemaba, el aire denso arrastraba consigo los cuarenta y nueve grados que pesaban sobre el valle. Esperamos cerca de una hora u hora y media. Café en mano, caldo en un plato y tortillas en la mesa, comimos y nos volvieron a servir hasta que ese pueblo de tres casas, cinco personas y dos televisiones se convirtió en una reunión de cerca de cuarenta personas.

Nos refugiamos en un salón al que le cabía toda la comunidad, mientras la temperatura quizás ya llegaba a los cincuenta y tantos grados. Pero en mi mente la noche seguía; recordé el cordero colgando del lado derecho del altar construido con acículas y ramas de pino. Allí había comida y una corona —¿o tocado?— hecha con madera y brillantes listones de colores que escurrirían sobre el cuerpo de quien la portara. Una mesa al frente de unos veinte centímetros de altura se cubría con acículas de pino y alimento. A la distancia, parece que todo sucedía sin más, sin pensarlo: colores, olores y sonidos se entremezclaban con la oscuridad del bosque que nos rodeaba y con el frío de la noche. En ese momento, parado dentro de la capilla a más de cuarenta grados, añoraba regresar unas horas atrás.

Tras la ceremonia, ya empapados de sudor, pasamos un par de horas más en otros eventos y situaciones que el Gallo tenía que cumplir. Nos movimos de un lado a otro en la región, oficiando ceremonias, una tras otra; al llegar a cada lugar nos esperaba, sin falta (como si fuera casi una obligación), el café hirviendo acompañado con tortillas o pan.

Pasando las cuatro de la tarde tocaba iniciar el camino de regreso, no sin antes parar por última vez. Ahora estábamos ya en una región subtropical, mangos en los árboles y en los caminos, la humedad al máximo y como siempre el café, el pan y las tortillas esperándonos en una mesa. Era casi una fantasía haber pasado la noche en vela dentro del bosque, experimentar el desierto durante el mediodía, estar en la pradera y en el trópico para regresar al bosque por la noche.

La conversación que habíamos iniciado por la mañana parecía seguirse extendiendo de lugar en lugar, los silencios eran muy raros y si se aparecían era porque o nos perdíamos en la música o el paisaje nos absorbía.

En esa última casa no recuerdo qué pasó, sólo cómo el tiempo perdía dimensión, el café sabía más dulce y la humedad permitía que poco a poco me perdiera en las voces del Gallo, la anfitriona y las personas que de repente pasaban a saludar. Recuerdo muy bien que subimos cuatro escalones para entrar a la casa, que nos recibieron en una mesa de madera cubierta de un mantel de florecitas de colores y que yo nada más escuchaba lo que contaban mientras navegaba mis recuerdos de la noche anterior, cuando de repente todo frenó: los bailes, la música, las conversaciones pararon y nos volcamos todos hacia una mesa cubierta de acículas, un cordero y una cruz con más de un patíbulo. En ese momento éramos más de ochenta personas que respirábamos lo mismo, que oíamos lo mismo, que estábamos solos con la noche. Tal vez éramos nosotros la misma noche.

Cuando se reanudaron los violines en mi memoria, el recuerdo se interrumpió con el último ofrecimiento de una taza de café y me percaté que seguía en la última casa antes de regresar. Terminamos de estar allí a las nueve exactas. Nos subimos a la camioneta e inició la vuelta.

Las horas habían pasado poco a poco entre los respiros que nos daba cada parada y cada café. Las siete, las siete y media, las ocho, las ocho cero uno, el tiempo goteaba y constantemente nos hacía darnos cuenta que las cosas cambiaban. Todavía recuerdo cómo alrededor de las diez de la noche, después de subir hacia lo más alto de la sierra con el desfiladero a un lado y la montaña al otro, escuchando música y platicando de lo que sea para no quedarnos dormidos, la luna nos empezó a acompañar apenas alcanzamos la mitad del cañón. Se veía al fondo de las cordilleras, estaba hecha casi completamente de color rojo, yo nunca la había visto de un tamaño tan grande. Seguíamos subiendo y ya nos iba a dar la medianoche. Ahora el enfoque de la noche cambió a algo más, las estrellas rondaban todo el manto negro que nos arropaba y fue entonces que paró la pickup.

El Gallo me platicó de las estrellas y de sus constelaciones, de lo que apuntaban y hacia dónde lo hacían, me habló de la vía láctea y yo quedé maravillado de ese polvo blanco y brillante que se mezclaba con la tinta negra de la noche. En ese momento, recargado con mi brazo en su regazo para poderme asomar por la ventana del conductor, entendí lo que me había dicho en otra ocasión y entendí porqué yo sentía una necesidad imperiosa de bailar al unísono con cascabeles y sones de violín, chapareke y guitarra, supe que cada brinco que yo daba, que cada trago de tesgüino que yo transpiraba, era porque vivía sin percatarme que sólo estamos aquí de paso; que somos centinelas en vela de la tierra, que del tiempo que habitamos solamente hay que tomar aquello que podemos retribuir, nunca más de lo que uno le puede dar.

Entonces sonó la marcha de la pickup, las llantas rechinaron sobre las piedras y la tierra seca y amarilla y continuamos el camino desde el fondo de la barranca hasta la cumbre. Era junio, día de San Juan.

Un hallazgo

Escrito Por

Ignacio Rodríguez G de C

Fecha

03.ago.21

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