Servilismo común

Existe claramente una lógica interiorizada, un sentido común de servilismo, una voluntad no razonada que nos orilla siempre a identificarnos con el poder y replicar sus mecanismos, aunque sea éste el que nos oprime.

Arte:  BLU
¿Por qué los hombres luchan por su servidumbre como si se tratase de su salvación?
Spinoza, Tratado Teológico-Político

El mito de la racionalidad humana es sólo eso: un artífice reconfortante que nos recita al oído la gran mentira de que no sólo tenemos control absoluto sobre nuestras decisiones, sino que estas siguen una lógica inequívoca. Nadie se piensa tonto, mucho menos el colectivo social en su conjunto.

Sin embargo, diario observamos, experimentamos o leemos notas de cómo la gran masa ignorante cree y defiende un sinnúmero de estupideces y absurdidades tan fuera de lugar como pensar que la tierra es plana, que las vacunas son una conspiración de la industria farmacéutica o que el mundo es controlado por lagartijas banqueras disfrazadas de humanos. Es muy sencillo descartar todas estas “teorías” como meras necedades, locuras o faltas del tan mencionado “sentido común”. 

¿Cómo podría alguien creer cosas tan idiotas? — Nos preguntamos todos al interior de nuestra mente iluminada y bendecida con un raciocinio intelectual sin par contemporáneo.

En un capítulo del libro “New Dark Age: Technology and the End of the Future”, James Bridle desmenuza la dinámica social de las teorías de conspiración. «El término […] tiene más que ver con la relación de la gente al poder que con la relación de la gente a la verdad […] son el recurso más extremo de los que no tienen poder, imaginando cómo sería ser poderoso». En un intento por reconstruir una narrativa que explique la lógica posmoderna del capital, no queda más que simplificar al extremo la indignación para recobrar control de una situación que nos excede.

Está claro que muchos de nosotros observamos con desdén a quiénes se refugian en este mecanismo, sin embargo, pocas veces somos conscientes de cómo nuestro mismo sentido común es una versión legitimada colectivamente de narrativas igual de simplistas, ignorantes y contingentes. Es decir, el sentido común no resulta más que de una aglutinación histórica de conceptos y lógicas reproducidas de forma consciente e inconsciente en los espacios sociales en dónde nos desarrollamos. Entender esto resulta importante para analizar cómo reaccionamos a muchas de las controversias políticas actuales.

Recientemente con la conmemoración del #8M, la polémica de la reforma al Artículo 1 en Nuevo León para considerar la vida desde la concepción y todas las marchas y eventos relacionados, resurge el gran debate sobre los límites y la esperada “civilidad” de la protesta. 

— “Que se manifiesten, pero no tienen por qué altercar el tráfico”.

— “Nadie las va a tomar en serio si reclaman tan enojadas”.

— “Está bien que protesten, pero pintar las paredes o dañar propiedad privada solo aleja gente de su causa”.

Y así, un sinfín más de apologías a ese mentado sentido común. Se espera siempre de todos los grupos en pugna que se apeguen al fantasmagórico estado de derecho sin considerar que es la indiferencia de éste el que orilla a muchos colectivos a un punto de quiebre. Queremos –o más bien exigimos– que, de ser necesario llegar al bochornoso punto de la desobediencia civil, ésta se lleve a cabo de forma obediente, ordenada y con estricto apego a la ley. La contradicción es evidente, pero la pregunta es ¿por qué defendemos a capa y espada el orden de un Estado que responde con violencia física y simbólica, con desapariciones, despojos, fraude, corrupción, secrecía y una indiferencia brutal a cualquier preocupación social, sea trivial o urgente? Y no sólo al Estado, sino a cualquier aparato de poder institucionalizado.

Cuando estalla la huelga por condiciones laborales deprimentes, defendemos a los patrones; cuando se proponen impuestos a los más ricos, preferimos pagarlos nosotros porque no vaya a ser que mañana seamos millonarios; cuando se nos plantea seguridad social, la negamos para que los “huevones” no obtengan nada gratis; cuando se destapan los escándalos sexuales del clero, defendemos sus buenas obras de caridad; cuando salimos a las urnas, preferimos votar por el líder de mano dura que nos quitará nuestras libertades a cambio de supuesta seguridad; cuando una comunidad se niega al despojo, nos preocupamos por las inversiones perdidas de los millonarios… y así pudiéramos llenar párrafos de ejemplos en los que, en automático, tomamos el lugar del poderoso para defenderlo.

Existe claramente en esa lógica interiorizada un sentido común de servilismo. Una voluntad no razonada que nos orilla siempre a identificarnos con el poder y replicar sus mecanismos, aunque sea éste el que nos oprime. Hay diversos enfoques que pretenden explicar esta contradicción aparente. Guattari y Deleuze hacían referencia a una lógica de represión interna reproducida en el complejo de Edipo: el concepto freudiano basado en la tragedia del mismo nombre, en la que desde niños sufrimos de deseos sexuales reprimidos hacia los padres del sexo opuesto. Guattari y Deleuze argumentaban entonces que el mismo arreglo familiar se erigía como una estructura psicológicamente represiva, iniciando un proceso de socialización en el que el deseo –con todo su potencial para retar al statu quo– era constantemente saboteado desde esta primera colectividad.

Esa misma socialización posterior puede explicar el proceso progresivo en el que vamos interiorizando nuestra disposición hacia el poder, un poder que se nos presenta como el estado natural de las cosas. “Los dominados piensan con las categorías mentales heredadas de los dominantes”, explica Pierre Bourdieu, quien estudia cómo nos vamos ajustando al mundo sin reflexionarlo. Nuestra participación en distintos espacios sociales va generando un conjunto de gustos y formas de pensar que operan de acuerdo a la lógica de este mismo arreglo. Dentro de esos mismos espacios sociales se configura una suerte de lucha constante por capital, no solo económico, sino cultural (patrones de consumos, conocimiento, títulos, etc.) y social (relaciones familiares, contactos y conocidos, etc.); de manera que reproducimos las condiciones de clase y poder de forma inconsciente. El conjunto de esta violencia simbólica que se presenta como la colonización de nuestras formas de pensar y percibir al mundo, así como la violencia física que se genera en la materialidad y la económica, perpetúan estas desigualdades.

Finalmente, también podemos explicar lo anterior refiriéndonos al concepto de Hegemonía de Antonio Gramsci: el conjunto político, intelectual, social y moral que ejerce la sociedad dominante en un momento histórico específico, tiene que ser implantada y mantenida con base en la fuerza. Sin embargo, se mantiene y reproduce mediante tradiciones, costumbre y la normalización de las condiciones mismas de dominación. Esta normalización se logra con la participación activa del Estado, así como de organizaciones privadas, intelectuales, instituciones religiosas y medios de comunicación para, mediante persuasión y consenso, establecer la lógica de la clase dominante como ese naturalizado “sentido común”.

Todo lo anterior puede sonar conceptualmente complejo, pero su aplicación práctica se presenta claramente frente a nosotros. Estamos rodeados de mecanismos, discursos e interacciones sociales que culturalmente van moldeando nuestros pensamientos para que asumamos el presente no nada más como el único posible, sino como el mejor. Tan sólo hace falta ver la manera en que exaltamos en los niños valores como la obediencia y la disciplina; cómo relacionamos el éxito millonario con una condición moral superior; cómo juzgamos diferentes los vicios y crímenes de los poderosos en comparación con los de los más pobres; o cómo responsabilizamos automáticamente a las víctimas de abuso o de marginalización por su propia condición. Las noticias, la plática con el vecino, los anuncios espectaculares, las series que consumimos… todo reproduce para y en nosotros un orden social definido.

Por eso resulta interesante –más no comprensible– ver a esos liberales pobres defendiendo el derecho a la acumulación de riqueza; a las mujeres minimizando las luchas feministas que les dieron sus derechos; a los trabajadores que se explotan solos en beneficio del patrón; los que defienden la civilidad antes que los mismos derechos; los que culpan a los pobres de ser pobres y eximen a las grandes corporaciones del despojo que generan; los que prefieren un estadio de futbol en vez de un pulmón en la ciudad más contaminada de América Latina… y así, ad infinitum. No sólo se niegan a entender la naturaleza de la protesta del indignado, el vulnerable o el desprotegido, sino que se niegan a darse cuenta que ellos mismos pertenecen a esa clase y comparten los mismos intereses.

¿Cómo saber que somos víctimas de esa socialización del poder? Es un hecho que lo somos, de forma que lo único que queda es ser muy críticos al interior de nuestras creencias y nuestros intereses. Normalmente nuestras mayores convicciones vienen de todo aquello que menos hemos reflexionado.

Cuando defendamos algo de forma efusiva, justificados en el sentido común, la tradición, “los valores” o “la naturaleza”, entre otros monolitos, preguntémonos: ¿a quién beneficia nuestra energética participación y quién representa de forma genuina nuestros intereses? Con un poco de esfuerzo será suficiente para ver que la defensa de las clases y nociones dominantes no conllevan ningún beneficio para el grueso de la población, igual y aunque no nos guste ver paredes pintadas a menos que sea la de nuestra selfie en el muro de Berlín.