Texto

11.sept.2020

‘Porque todo está de cabeza’

Rayar un cuadro de Madero es más que simple ironía, es dejar constancia de que hemos pasado el umbral del enojo pasivo.

POR Eugenia Pozas Frankenberg / Lectura de 12 min.

Rayar un cuadro de Madero es más que simple ironía, es dejar constancia de que hemos pasado el umbral del enojo pasivo.

Lectura de 12 min.

Este ha sido un año de lucha para las mujeres mexicanas. Nos movilizamos el 8 de marzo para evidenciar nuestro enojo ante la negligencia del Estado; nos organizamos el 9 de marzo para un paro nacional en el que, según cálculos de la Concanaco, participamos siete de cada diez mujeres tan sólo en el «sector productivo»; y con ello demostramos que nuestra ausencia le cuesta más de 40 mil millones de pesos a la economía nacional (es decir, poco más de la mitad del «valor agregado total a la economía en un día»).

A la vez, ha sido un año de luto. No sólo aumentaron los casos de violencia contra la mujer en la pandemia, los centros destinados a atender a las víctimas fueron los primeros en sufrir recortes presupuestales. Nos quieren vender el cuento de que no hay dinero para nosotras, cuando ya demostramos que, por el contrario, sin nosotras no se generaría más de la mitad del dinero. Sin nosotras el mundo no se mueve.

Desde hace unos días, colectivos feministas tienen tomada la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), convirtiéndola en un refugio para atender a mujeres y víctimas. Madres de hijas desaparecidas, jóvenes universitarias, trabajadoras asalariadas, niñas y niños, transformaron el edificio en un centro de acopio para tomar las riendas sobre los casos de los cuales el Estado no ha dado respuesta, de los cuales el Estado se ha desligado por completo.

En la toma de las instalaciones se han pintado cuadros, quemado libros y quitado placas. En particular, una niña de 10 años intervino una pintura de Francisco I. Madero que estaba al interior de la CNDH: le agregó color rojo a los labios y una corona de flores a su cabellera. Al Presidente no le gustó esto y, muy a su estilo, expresó su inconformidad:

“¿Cómo me va a gustar ver a Madero ultrajado? Nadie debe de ser ofendido así, vilipendiado, menos un luchador por la democracia como Madero, mucho menos.”

— ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR

Es muy probable que muchos piensen igual que el Presidente, que las mujeres solo ultrajamos los símbolos en nuestras revueltas feministas, que nosotras tenemos la culpa del desprestigio de los símbolos. Esas no son formas de protestar, repetirán incesantemente. Pero antes de repartir culpas y derramar bilis, primero tendríamos que analizar la causa del malestar.

Incluso antes podríamos preguntarnos, ¿para qué sirven los símbolos?

Los símbolos son esenciales para mantener cierta estabilidad. Ayudan a crear cohesión social dentro de una comunidad y legitiman a las instituciones que nos rigen. En su ensayo “La desaparición de los rituales: una topología del presente”, Byung-Chul Han asegura que el símbolo es una forma de reconocerse en el otro, una manera de construir una conexión duradera con el otro. Mediante los símbolos patrios, por ejemplo, los mexicanos nos reconocemos entre nosotros. A través de ellos, perdura la memoria de nuestra historia en el subconsciente colectivo, que nos guía a la hora de construir el futuro. Los símbolos nos entrelazan, nos orientan a un reconocimiento permanente entre miembros de una comunidad.

En la visión neoliberal, la información y la lógica reemplazan a los símbolos, ya que estos últimos no aceleran el rendimiento y la productividad de las personas:

«Los datos y las informaciones carecen de toda fuerza simbólica, y por eso no permiten ningún reconocimiento. En el vacío simbólico se pierden aquellas imágenes y metáforas generadoras de sentido y fundadoras de comunidad que dan estabilidad a la vida.»

— BYUNG-CHUL HAN

Sin símbolos, nos perdemos en un mar de algoritmos y datos que consumimos al instante, que usamos para producir mercancías y productos de consumo, nunca para establecer conexiones duraderas. No hay nada en estos datos que nos una al otro, por lo tanto, nos hundimos en una soledad compartida.

Recuerdo cuando me tocó ser la primera mujer en dar el Grito de Dolores en la asamblea del Día de la Independencia de la preparatoria. Siempre eran hombres los que daban el grito, así que me causó un sentimiento fuerte escuchar a mis compañeros acompañarme con un rotundo “¡viva!” mientras ondeaba la bandera al tono de las campanas. Sentí orgullo de formar parte de un rito tan poderoso de nuestra historia, al fin tomando mi lugar dentro de ella como mujer, perteneciendo a ella como mujer, cuando por mucho tiempo hemos sido excluidas.

Creo en la fuerza de los símbolos, en su poder de unión y estabilidad, y me entristece profundamente su desaparición. Pero, ¿en verdad nos pueden responsabilizar a nosotras de su desprestigio por vandalizar, romper y quemar?

Después de las ola privatizadora de los 90s, empezamos a ver un fenómeno macabro en México: mujeres trabajando en las maquilas en las ciudades fronterizas aparecían muertas, violadas y descuartizadas. Bajo el mandato de Calderón, estalló una guerra fallida que dejó el país hecho un panteón. No es coincidencia ubicar la pérdida de respeto a los símbolos con el alza en la violencia y la deshumanización del cuerpo producto de ella.

Son síntomas de un sistema económico brutal, que precariza el cuerpo humano y no lo deja descansar, que lo trabaja hasta el punto de fatiga total, que no lo deja reposar para disfrutar de los bellos rituales que le dan sentido a la vida y unen a una comunidad. Un despilfarro de la vida misma, justificada bajo la ilusión de “progreso” y “avance”. Estos son los daños colaterales del neoliberalismo.

Cuando un Estado violenta sistemáticamente a sus ciudadanos con tal de defender los intereses de una minoría, sus símbolos pierden fuerza. Ya no puede respaldarse en ellos. No fueron las mujeres las que ultrajaron los símbolos, fueron las instituciones al ser cómplices u omisos en las desapariciones y asesinatos de sus ciudadanos. Cada vez que se le da carpetazo a un feminicidio, muere un símbolo. Cada vez que la violación de una niña queda impune, muere un símbolo. Millones de pesos han sido desviados dentro de edificios gubernamentales, bajo la mirada de Benito Juárez. Las instituciones corrompidas han reducido los himnos nacionales, las placas, las banderas, a cenizas. Lo que hacemos las mujeres es, simplemente, reaccionar a esa negligencia, a esa corrupción del poder.

Andrés Manuel Lopez Obrador heredó un país roto, un Estado fallido. Nos han destripado de cualquier tipo de cohesión social. Nada lo demuestra mejor que cuando las activistas exhibieron los cuadros de Miguel Hidalgo, Jose Maria Morelos y Benito Juárez de cabeza porque todo está de cabeza en este país. Un cuadro no es importante por ser un cuadro, ni una bandera por ser una bandera. Son importantes por lo que representan. No es su materialidad su elemento esencial, sino su significado mítico. Es ridícula la idea de que los símbolos deben “respetarse” por sí solos. Si los símbolos carecen de valor en una comunidad, debemos preocuparnos por las fallas sistemáticas que la corrompieron en primer lugar. Rayar un cuadro de Madero es más que simple ironía, es dejar constancia —como escritura bíblica en la pared— de que hemos pasado el umbral del enojo pasivo. Los tiempos de resistencia social están por venir.

Por lo pronto, los símbolos han muerto. Es deber de Andrés Manuel, como presidente y como autoridad moral, devolverle fuerza alegórica a los símbolos. Pero sólo podrá hacerlo cuando atienda las condiciones materiales altamente degradadas de nuestra sociedad, cuando escuche las voces de los marginados y opere la justicia. Si las instituciones recobran confianza y seguridad, podrán recobrar fuerza los símbolos, pero no al revés.

Ninguna bandera quemada podría corromper los símbolos como la negligencia e impunidad del Estado ante la violencia contra las mujeres y niñas. Quizás estos símbolos nunca fueron para nosotras, ya es hora de crear nuestro propio Grito de Dolores. Tal vez lo que necesitamos son símbolos nuevos, unos que nos unan y fortalezcan: unos de resistencia, de lucha y de esperanza.

Termino con la frase de Erika, la madre de la niña que pintó el cuadro de Madero:

“Este cuadro, estas flores, estos labios pintados, se los pintó mi hija. Mi hija, una niña que a los 7 años fue abusada sexualmente. Entonces quiero decirle a ese presidente que cómo se indigna por este cuadro, ¿por qué no se indigna cuando abusaron de mi hija?”

‘Porque todo está de cabeza’

Escrito Por

Eugenia Pozas Frankenberg

Fecha

11.sept.20

Categoría

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