Como el subastero, los partidos políticos quieren vender lo que sea y para ello se valen de técnicas como el malabarismo verbal (el arte de marear y entretener al consumidor) o el empaquetado de productos (¿cómo decirle que no a una ganga así?). En esta dinámica mercantil los gritones se hacen de un micrófono para llamar la atención, después comienza el espectáculo de venta: el armado de bolsitas de productos con lo primero que se encuentran. Le pongo uno y luego otro. Ahí va otro. ¿No le gusta? Le doy otro... En esta analogía, los productos son los políticos, genéricos e intercambiables; caben en una, dos y en algunos casos hasta en tres bolsitas diferentes, dependiendo la ocasión (elección). Consumidores se entretienen viendo el show, algunos otros escépticos pasan de largo.
Lo curioso es que ambos espectáculos –el de los subasteros y el de los partidos políticos– son entretenidos, hasta chistosos (en el caso de los partidos, se trata casi siempre de humor involuntario).
Bajo esta lógica de venta, la ideología se achata. En ese malabarismo verbal, se pierde cualquier indicio de posturas en torno a temas que definen la brújula ideológica: aborto, matrimonio del mismo sexo, legalización recreativa de la mariguana... lo básico. Vaya, ni siquiera se “arriesgan” a una simple condena en torno a feminicidios o una mención sobre el asfixiante trato a mujeres y minorías. Ya ni hablar de temas económicos, de desarrollo urbano, de lo que queda del estado de bienestar mexicano, de la seguridad; eso sería un lujo, muy complicado, no vende, no lo entienden. La discusión de esos temas se reserva al otro one percent, al de académicos y activistas, a los politizados informados que leen y escriben columnas, que discuten en Twitter y se juntan en foros. Rara vez la información baja y cuando lo hace, la dinámica informativa termina por apilarla en el siguiente escándalo o tragedia. Los medios noticiosos –como repetidoras de declaraciones de banqueta– tampoco dan mucha claridad.
Para los partidos sin brújula, el common ground siempre retorna al conservadurismo (¿neocatolicismo capitalista o neoliberalismo católico?) y al marketing político. La información que trasciende está hecha a base de copys simplones, hashtags intrascendentes y una extraña glorificación de lo banal: ¡Miren, el candidato del PRI maneja su propio carro, se sube al metro y se arremanga la camisa para comer tortas con las manos! Esto no quiere decir que los partidos no tengan agenda, la tienen, ¿pero cuál es?
Y luego, la “novedosa” táctica para que por fin la tercera sea la vencida: el uberpragmatismo de Andrés Manuel y la gordita de revoltijo que se ha convertido Morena. En esa bolsita caben todos: Gabriela Cuevas, Germán Martínez y hasta José María Martínez Martínez (este último sellando la alianza del neoconservadurismo mexicano con el que alguna vez fue un peligro para México).