¡Mamá, ya déjame ir al tianguis! Quiero pensar en cosas

El 1 de junio del 2019 se llevó a cabo el primer tianguis especulativo del Internet en el Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México. Esta crónica aborda de forma textual lo que creemos que las redes sociales, en su inmediatez, no pudieron (ni podrán) darse el tiempo de procesar.

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Este no se parece al resto de los tianguis en la Ciudad de México: el penetrante y típico olor a fritanga, basura y agua estancada de los mercados callejeros fue reemplazado por un aroma a encerrado. Encima, la lluvia no ha dado tregua en toda la tarde y ahora somos evangelistas de la humedad.

Los ruidos también difieren, en los tianguis análogos los vendedores resuenan como si fueran pajaritos de la selva tropical. Acá lo que hay es otra cosa, el ruido constante de las conversaciones no es alto ni quedo, sólo está ahí. Es un zumbido, como un grito recatado, constante –¿como el Internet?– y creo que es porque la gente es más bien tímida.

“Muchas veces ese anonimato nos sirve para intercambiar información y generar relaciones de afecto”. Estas palabras de Grace Quintanilla, quien hasta su muerte fue directora del Centro de Cultura Digital, resuenan sobre su legado.

En este tianguis el afecto del mundo digital se desborda hasta el plano real y vive en cada uno de los que se dieron cita; esos que a lo mejor fuera de este espacio son etiquetados como niños rata, otakus, raros o fritos, aquí nos revelan que mediar la vida digital y la “real”, más que un problema trascendental, es un juego y que lo van ganando.

Stickers de gatos, Simpsons y Pokemones que pueden ser vistos en realidad aumentada; un sagrado corazón de latón con el meme del Pikachu sorprendido enmarcado; pinturas de glitches que buscan retratar el mundo digital en un colapso instantáneo; oraciones a Facebook con letra por un lado y virgen respectiva del otro; estampas como de santo, pero con Beyoncé embarazada...

También hay quien vende pinturas de captchas, esta suerte de palabras conformadas por letras y números que aparecen en nuestra pantalla cuando estamos a punto de enviar un formulario o clickar el botón de comprar y que tienen como fin último comprobar que no somos un robot.

Miré por meses captchas para entender cómo dibujarlos. Mis favoritos son los que no dicen nada. Faltaba más, no entender confirma nuestra humanidad.

Más allá hay un puesto con memegrafías, una reinvención de esas láminas de a peso (o eso costaban) que se consiguen en las papelerías, con un tema en común y un texto –muchas veces ignorado– por la parte de atrás. Las memegrafías se vuelven catálogos ilustrados de la versatilidad del pan de concha, resúmenes de los desfiguros de las campañas electorales en México y antologías hipercompactas de las leyendas mexicanas propagadas por Carlos Trejo o Jaime Maussan.

Camino al siguiente puesto.

– ¿Estos son pines?
No, son joyas tecnológicas.

Levanto algo que parece un circuito y su fragilidad me aterra como cuando de pequeño me insistían en estar quieto en las secciones de cristalería y porcelana de Las Fábricas de Francia. En medio del circuito hay una pequeña pantalla:

Tamales. // Amor. // Alcohol. // Acabar con el heteropatriarcado. //

“Ése es un lector de deseos”, me dice la expositora.

Mi atención a los deseos impuestos se disipa cuando escucho música cerca de la entrada. Se forma una ruedita de personas y yo corro para ver si de cerca logro entender qué está pasando.

Hay un muchacho con una playera de estampado de flores y unos jeans rotos, carga en un mano un micrófono conectado a una pequeña bocina y en la otra un celular. Frente a él, una mesa tiene una cartulina naranja fosforescente que dice: “Te canto tu feed o tu perfil”.

Los beats que salen de la bocina recuerdan a prácticamente cualquier canción pop. Va a empezar a leer los pies de fotos de un feed de Instagram, lo sé porque nos mostró rapidísimo el celular.

Por lo que dice, uno se imagina que se trata de una selfie en la playa o una de estas fotos donde el sujeto se tira en un camastro y entonces retrata al horizonte y sólo aparece a cuadro la arena, el océano, los pies y un pedacito del libro que se esté leyendo, o tratando de leer, porque se es, presuntamente, muy interesante. O tal vez trata de una cosa completamente diferente, nunca nos mostró la foto, nunca lo sabremos.

A m o a M a z u n t e y M a z u n t e m e a m a a m í .

A m o a M a z u n t e y M a z u n t e m e a m a a m í.

Canta en un tono que inicia muy lento y va ganando velocidad.

Amo a Mazunte y Mazunte me ama a mí.

AmoaMazunteyMazuntemeamaamí.

Va más y más rápido.

AmoaMazunteyMazuntemeamaamí.AmoaMazunteyMazuntemeamaamí.AmoaMazunteyMazuntemeamaamí.

Se agacha y se le inyecta la cara de color rojo.

¡Ahhhhhhh!

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Grita. Cambia la foto. Toma el celular con la mano derecha y extiende el brazo. Muestra la foto de un gato a todos quienes lo estamos viendo y vuelve a afinar.

“Este gato me mira como si fuera puto y tiene algo de razón, pero lo vamos a ignorar”.

Vuelve a cambiar la imagen y empieza otra vez la montaña rusa.

C u í d a m e , a d m í r a m e , t ó m a m e f o t o s .

N o m e t o q u e s .

C u í d a m e , a d m í r a m e , t ó m a m e f o t o s .

N o m e t o q u e s .

Cuídame, admírame, tómame fotos.
No me toques.

Cuidame,admírame,tómamefotos.
Nometoques.

Lo repite cada vez más rápido hasta que ya no se entiende nada y súbitamente calla. La gente le aplaude y yo con ella.

“Esta vez salió mucho mejor”, dice por el micrófono.

Me reincorporo de la experiencia. Trato de recuperar el recorrido por los puestos donde lo dejé. Me siento aturdido y no lo puedo resolver fácilmente. Me detengo frente a una mesa donde veo dos monitores que se están dando la espalda.

“¿Quieres que te explique?”, me dice un “joven” como de 30 y pocos años con una playera azul de alguna caricatura y unos lentes gruesos de pasta. Las entradas en el cabello son las que me obligan a entrecomillar su juventud.

“Lo que hice son extensiones de Internet. Sólo corren en páginas de gobierno. Una se llama borregos libres”.

En el monitor que veo de frente está abierta la página del SAT y dentro de él unos borregos como dibujados buscan moverse para escapar por un agujero negro que emana del centro de la página. Quien haya tenido que pagar impuestos entiende el por qué de la actitud de estos borregos.

“Los borregos adquieren su tamaño y su velocidad de acuerdo al estado de tu computadora. La memoria RAM, el espacio disponible, afectará el tamaño y la velocidad de los borregos”. Como en la víbora de la mar, los de adelante corren mucho y los de atrás se quedarán tras tras tras. Pienso. Bueno, más bien canto en mi cabeza después de la explicación.

Sigo al chavo para ver el otro monitor. “Son 5 granaderos y cada vez que le das click a uno aparece una frase del manifiesto post-futurista”. Pinches Puercos es el nombre de esta extensión. Hago click en el siniestro dibujito con escudo antivandálico y macana y se me despliega un texto que me suena como a galleta de la fortuna, (no es queja).

“Los elementos esenciales de nuestra poesía serán la ironía, la ternura y la rebelión”.

Juego entretenido a los Pinches Puercos hasta que escucho desde el escenario simbólico –sólo hay un sillón flanqueado por dos bocinas en el rincón– que uno de los organizadores da un aviso.

“A las 6 de la tarde comenzamos con nuestra pasarela de cosplay de memes y a las 7 habrá un concierto”. El aviso parroquial es parco y preciso.

Acto seguido, los puestos empezaron a desmantelarse como cuando en los mercados de piratería se corre la voz de que viene un operativo de la policía. En cinco minutos el lobby del Centro de Cultura Digital quedó despejado para transformarse de tianguis a pasarela.

Muy interesante, pero muy estraño

Habrá unas 30 o 40 personas en el lugar. Ya no llueve, y la humedad dejó nuestra ropa para habitar en el aire. La mayoría estamos de pie haciendo como una suerte de medio círculo, pero hay algunos afortunados que consiguieron sentarse en unos cubos de tela que parecen pixeles. La pasarela es, en general, muy oscura y la tenue iluminación disponible es provista por luces LED rosas y azules.

Uno de los organizadores, un hombre vestido de jeans y playera negra toma el micrófono. Luce como cualquier veinteañero de los que se dieron lugar, pero exhibe unas canas que permiten especular sobre su verdadera edad.

Explica en tono pausado que irán pasando uno a uno los competidores. El mensaje es breve y transmite más nervio que información. Baja el micrófono y se mueve hacia la izquierda, lejos del cuadro central que enmarcan como escenario dos bocinas con pedestal. Pasarán los participantes, cada uno hablará un poco de su cosplay y finalmente el jurado elegirá un ganador.

El cosplay es, de forma muy superficial, la interpretación disfrazada –es la contracción de costume play– de un personaje específico o una idea.

Suena una musica electrónica con un aire un tanto infantil. Me recuerda mucho a un juego de Nintendo e inclusive, por un instante, pienso haber escuchado a un Pikachu hablar en la melodía.

La primera en recorrer la pasarela es una mujer vestida con una especie de kimono celeste y un abanico en la mano derecha. Lleva además una peluca de un azul eléctrico. En su conjunto representa la idea más general que cualquiera de nosotros tenemos de las caricaturas japonesas; “monos chinos”, que les dicen las tías y las mamás.

Seguida de ella aparece Starfire (o “la de los Teen Titans”, como hice notar en voz alta en un arrebato de imprudencia). Hace una hora la vi tomarse unas 30 selfies –encontrar la luz y el ángulo propicio de una selfie no es algo que se logre a la primera– cerca de la entrada, pero ya ha dejado atrás el estado de influencer para entrar completamente en personaje e inclusive hacer como que lanza rayos láser desde la pasarela.

Después camina una mujer de pelo verde fosforescente. Lleva una falda de Pusheen –el gato de los stickers de Facebook– y unas medias a juego con rayas horizontales de colores chillantes. La cereza del pastel es su diadema que, a manera de cuernos, tiene como dos bollos afelpados al frente. No es claro de qué personaje está haciendo cosplay, pero definitivamente podría representar el Internet entero.

La siguiente concursante personifica a la niña de las trenzas que son chorizos.

– Me gusta tu cosplay.
Gracias, son chorizos.

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Recreo el diálogo en mi cabeza y pienso que sería un buen tweet si le acompañara una foto.

Inmediatamente, tras ella, un clásico se apersona en el escenario: es Sailor Venus, de Sailor Moon. Lleva una peluca color coral, brilla muchísimo con las luces intermitentes, y una falda blanca y corta que permite ver enteros los tatuajes que tiene en la pierna y ella, mientras la fotografían para que termine como parte de una historia o en algún otro lado del ciberespacio, se frota las manos una contra la otra. Como si estuviera padeciendo a conciencia la ansiedad que despierta el que nuestra viaje por el ciberespacio fuera de nuestro control.

Vestida con un impermeable amarillo, peinada con dos colitas y con un algodón de azúcar entra otra cosplayera. Los espectadores aplaudimos e incluso se escuchan risas. La referencia es de corte mucho más popular, es el GIF de una niña que entra en éxtasis por exceso de azúcar. Hace la misma sonrisa e inclusive lleva en una de sus manos un algodón de azúcar azul y la boca manchada como si lo hubiera devorado sin pausa. La emoción es tal que se planta la duda de si es actriz de método o genuinamente no se puede contener.

Finalmente, desfila una muchacha joven. Va vestida toda de negro, labios pintados e inclusive un paliacate. Me recuerda a mi secundaria, transmite algo de esa rebeldía que en la pubertad efervesce en forma de decisiones de moda cuestionables. Tiene en una de sus manos un celular y hace como que se toma selfies mientras mueve la boca para generar una expresión que se coloca en un limbo entre la sonrisa y la mueca.

“Yo estoy haciendo metacosplay. Estoy haciendo un revival de mi última foto de MySpace”.

Después de que cada una de las participantes pudo presentarse, compartir sus redes sociales –por supuesto– y explicar su cosplay, se inicia el proceso de deliberación. El jurado deberá definir un primer y segundo lugar y además se nombrará una ganadora favorita del público. Comienza el barullo en el lobby del CCD y los tres jueces se juntan como hacen los jugadores de futbol americano antes de iniciar una jugada.

“Aunque pareciera que no combina, todo se ve muy bien en conjunto”, explica una de las la juezas. El segundo lugar va para la chica que se vistió de restos del ciberespacio y se llena el sitio de aplausos.

Antes de anunciar al primer lugar, la jueza comienza a explicar qué se evaluó: dominio escénico, vestuario, personificación. Detalla qué implican cada uno de los rubros y hace una pausa. De sus labios sale el nombre de la ganadora.

Es la primer chica, la de azul, la del kimono de “los monos chinos”. Se ve en el rostro de ella que la tensión se disipa y entrega una sonrisa discreta. Visiblemente tiene calor y unas gotas de sudor le han brotado en la cara. La humedad es atroz.

Finalmente, llega el momento del premio otorgado por el público. Naturalmente en este concurso, como en cualquier debate del Internet, genera más expectativa una elección de mayorías que la de un jurado calificado.

El maestro de ceremonias convoca al público a un aplausómetro. Recuerdo este tipo de ejercicios que tienen lugar en las fiestas infantiles y en los programas de Multimedios; en resumen, los aplausómetros remiten al ridículo porque siempre hay este sesgo de las personas hacia ir incrementando los aplausos, como si se deshinibieran, conforme se nombran a los concursantes.

Las primeras concursantes reciben aplausos más bien moderados hasta que llega el turno de la chica de los chorizos. El estruendo destruye mi tesis incremental: no correrían con la misma suerte las participantes siguientes.

“¡Chorizos! ¡chorizos! ¡chorizos!”, vitorea la audiencia.

La niña de los chorizos resulta la favorita del público. A lo mejor no contaba con la producción de las que resultaron electas por el jurado, pero la popularidad, sobre todo en términos digitales, no entiende de rúbricas, se trata de sentirse parte. Sentirse parte, aunque sea de un meme.