El tercer escenario apocalíptico sólo sería posible si México decide dispararse en el pie votando por Pepe Mid, el representante ciudadano del PRI. El camaleónico partido tiene hoy su puesta en escena más cínica: dado que el sexenio de Peña Nieto ha resultado un desastre en muchos (sino es que en todos) sentidos, el PRI presenta a su candidato José Antonio Meade como un outsider, casi como un opositor (camuflaje tecnócrata). Si acaso, la única lealtad implícita que ofrece la campaña del PRI es al priismo, esa enfermedad que recorre las venas de buena parte del país, que ataca al sistema inmunitario del mexicano y lo hace susceptible de dispararse en el pie. La verborrea acantinflada del PRI también se mantiene intacta: ahí está el candidato legítimo, Aurelio Nuño, haciendo penosos malabares en televisión, con los ademanes y la risita cínica que caracteriza al priista-sapiens. Los personajes más vocales dentro del PRI saben que la debacle electoral es inminente, pero han sido entrenados bajo los más estrictos estándares de cinismo como para conceder el más mínimo signo de debilidad. Pareciera que en su debacle prefieren llevarse a todos de encuentro que aceptar el rechazo generalizado de los mexicanos.
Con esa terna compite Andrés Manuel López Obrador. Más que una boleta electoral con nombres de candidatos con propuestas y trayectorias, el voto en esta ocasión parece encaminarse a una selección de escenarios. Aparte de ubicarse en 2018 con la nada despreciable ventaja de ser el menos peor, AMLO se presenta como una versión serenada de sus alter egos de 2006 y 2012. El otrora Señor López que encarnaba todos los miedos Chavistas de los clasemedieros y fifís, esa reencarnación diabólica de un peligro para México que pone en posición fetal a Jaime Sánchez Susarrey y a Pablo Hiriart, llega en 2018 ante un escenario de hartazgo acumulado y un momento particular en donde los medios tradicionales (prensa, radio y televisión) han perdido, aparentemente, su poder de influencia entre la gente.
Ante este vacío, López Obrador se posiciona como un meh, como un Hail Mary en tiempo extra para muchos electores decepcionados. Con un diagnóstico más o menos bien elaborado, la situación del país parece exigir un remedio tabasqueño para sus males: una revisión a profundidad del desmadre que dejan 18 años de gobierno PRIANista.
El minimalismo en el discurso de López Obrador tiene hoy una aceptación nunca antes vista, casi avant-garde, como si se tratara del mismísimo John Cage y su 4′33. Chairxs, analistas, modernitxs, periodistas, activistas, influencers y bots humanos se han convertido en los Rubenes Aguilares de AMLO: traductores que pueden articular, ampliar, explicar y sustentar lo que el tabasqueño deja a medias, desconoce o guarda silencio.
“Entiendo” y a la vez no lo entiendo. Estamos –o están, mejor dicho– en campaña. Primero la victoria, después la crítica; parece como si los simpatizantes y seguidores de AMLO estuvieran aplicando la técnica sordeada de aguantar, minimizar y posponer cualquier esbozo de crítica hacia las posturas del tabasqueño. Los cuestionamientos, las críticas y las reservas, al cajón. La prioridad es que se vaya el PRI, que se consolide la ventaja de AMLO sobre el Frente, que se superen los temores clasistas, que se equilibre la calidad de la cobertura de AMLO respecto a sus otros contrincantes –más no la cantidad, porque en ese rubro AMLO supera ampliamente, sea ésta positiva o negativa–, que los empresarios no se preocupen, que la gente no tenga miedo, que los mercados no se alteren. La decodificación de su mensaje, de lo que representa su victoria, se ha convertido en un acto de buena fe, un call to arms pragmático desde alguna de las izquierdas (desde la academia, el activismo, el periodismo) que se asemeja a la decisión de flexibilizar la entrada pluri-ideológica de MORENA para asegurar la victoria.
La trampa de esta elección está en que, ante un escenario apocalíptico improbable (en el que El Bronco, el Frente o el PRI salen victoriosos), la duda, las reservas o la antipatía generalizada al proceso electoral en lo general, y en lo particular a la opción que representa la candidatura de López Obrador, se equipara a traición, a ignorancia e incluso a complicidad. La única manera de derrotar al priismo (encarnado en el PRI-PAN-PRD) es votar por AMLO; las reservas vienen después, la crítica viene después, los cuestionamientos hoy se convierten en dardos para el priismo.
Sin embargo, hoy, ya con la terna de candidatos completa, habemos quienes no tenemos claro el panorama, aún y cuando está latente la opción del menos peor.