Confunde y vencerás... ¿o cómo era?

El ambiente de confusión y de post-verdad nos tiene sumidos en una confrontación constante, caótica y sin sentido. Ese ambiente se alimenta temprano, cada mañana, desde Palacio Nacional y defeca durante el transcurso del día en las redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea.

Foto:  Pelle Cass

¿Recuerdan que antes se podía poner punto final a una discusión con la frase «cada cabeza es un mundo»? Me refiero a las discusiones presenciales, esas que eran mediadas con el habla y no eran redactadas con los dedos. Usar la frase era muy de adultos, muy de reuniones de padres de familia, de tías o tíos enfrentados políticamente, de charlas casuales pero espinosas entre vecinos, muy de llevar la fiesta en paz. Si una discusión o una confrontación de puntos de vista no llegaba a ningún lado, usar esa frase era una herramienta muy correcta de aceptar que hay distintas formas de ver las cosas; también era una manera de atajar la hueva de tratar de hacer cambiar la opinión de alguien.

Si antes «cada cabeza es un mundo» cerraba las conversaciones, hoy las abre. Cada cabeza va deambulando por Internet (móvil o fijo) con ese mundo que se ha ido construyendo mentalmente, va con los dedos listos y con unas ganas tremendas de opinar, contrariar, alarmar, criticar y denostar lo que sea y a quien sea. Lo peor es que ahora lo acompañan apoyos visuales, memes, videos o audios, vale madre si son verdad o no, lo que importa es que refuerzan la idea de su mundo.

El problema es que en los mundos de muchas de esas cabezas reina el caos, el prejuicio, el desorden y la confusión. La propagación de las fake news, la pérdida de confianza en la prensa y en los medios de comunicación tradicionales, el reforzamiento de prejuicios con el apoyo de voces improvisadas (canales de YouTube, audios y videos vía WhatsApp, grupos cerrados en Facebook), la inmediatez y lo fácil que es descontextualizar, desestimar e ignorar por completo información, datos y análisis, han ayudado a enrarecer esa cosa que llamamos la opinión pública.

El ambiente de confusión y de post-verdad nos tiene sumidos en una confrontación constante, caótica y sin sentido. Ese ambiente se alimenta temprano, cada mañana, desde Palacio Nacional y defeca durante el transcurso del día en las redes sociales y aplicaciones de mensajería instantánea.

Anarquistas ahora son conservadores (porque el dedito del presidente así calificó a los que se manifestaron con desmanes en el aniversario de Ayotzinapa). Providas que ahora resulta que creen en la ciencia (porque se montan en el tren de la crítica en contra del pésimo stand up anti-científico del programa de John y Sabina de Canal Once) o, peor, que de la nada se convierten en abortistas (con un sarcasmo enfermo porque resulta que sería una medida de control de “población pobre” en Oaxaca). Conservadores xenófobos que ven en los migrantes los votos necesarios para la reelección de AMLO (claro, porque ahora resulta que en este gobierno se trata tan pero tan bien a los migrantes, que ahí está un plan bolivariano de control de nuevas masas que resultará en su reelección). Católicos de élite que en plena paranoia atacan al presidente por masón (cuando en una de esas incoherencias evangélicas, les abren las puertas de la televisión).

Ese es el nivel de confusión. Conservadores neoliberales que creen que se nos viene el comunismo. Un gobierno de izquierda que le pone fin al neoliberalismo con un consejo asesor de empresarios. Y mientras las cabezas con mundos confusos andan de foro en foro y de chat en chat iniciando conversaciones que no llevan a ningún lado (porque es más fácil sacarse la lotería que hacer cambiar de opinión a alguien en Internet), las izquierdas críticas terminan enganchándose y confirmando que si lo que tenemos hoy está medio pinche, la alternativa está pinchísima.

Este juego de confusiones, de opiniones, le conviene al Gobierno y a la 4T. El juego desgasta, divide y confronta. El escenario que menos conviene a este Gobierno es que se configure una oposición real de izquierda que le señale sus excesos y tibiezas; lo que conviene es que se discuta su reelección, que se le compare con Venezuela, que se hable de comunismo y socialismo como si fuera la misma cosa, que salgan a la calle los provida y llenen las redes con memes de cigotos y fetos, que se difundan audios tipo podctast sobre la masonería, que aparezcan señores gritones regiomontanos que hablan de la “invasión migrante”, que Vicente Fox se apodere de la imagen del PAN, que Felipe Calderón y Margarita se junten a desayunar en hoteles cada fin de semana con decenas de viejitos, que se indignen por Garza Sada, que Dresser se ponga a jovenear a Gibrán, que se desmenuce el pésimo humor de la 4T en los stand ups del Once, que se difunda el miedo de la extinción de dominio…

La necesidad de opinar de todo y por todo, es lo que el filósofo italiano Franco ‘Bifo’ Berardi señala como “estática”, ruido blanco o white noise. Más o menos lo dijo así al final de un podcast (ajá) reciente de e-flux:

“Alguna vez el enemigo fue la censura, ahora el enemigo es el ruido. El verdadero problema es el exceso de información (...) necesitamos crear momentos de silencio, ¿cómo le hacemos para provocar un apagón de todo ese ruido? ¿Cómo le hacemos para crear las condiciones para escuchar hasta los susurros (...)? Lo que necesitamos no es hablar más, sino crear las condiciones de silencio, silencio espiritual, mental, silencio corporal que nos permita redescubrir lo que es realmente esencial en nuestras vidas y deseos.”
Franco 'Bifo' Berardi

Ya no sé si esto es maquiavélicamente orquestado o si la confusión es “orgánica”. Mientras la oposición social se quede a ese nivel de ignorancia radical, le hacen un favor enorme al Gobierno de AMLO criticándolo por pura tontería.