Texto

24.feb.2020

Amores regios: carta desde el exilio

Ana Rodríguez es activista, académica y una regiomontana “exiliada” que se aferra a la idea de un Monterrey mejor. Desde Guadalajara (lugar donde estudia su maestría), explora respuestas a la pregunta: ¿cómo es extrañar a Monterrey?

POR Ana Rodríguez / Lectura de 12 min.

Ana Rodríguez es activista, académica y una regiomontana “exiliada” que se aferra a la idea de un Monterrey mejor. Desde Guadalajara (lugar donde estudia su maestría), explora respuestas a la pregunta: ¿cómo es extrañar a Monterrey?

Lectura de 12 min.

Hay amores que son para toda la vida, hasta hace 4 años no había pasado más de una semana fuera de Guadalupe, luego me mudé a Monterrey (en ese entonces, lo más lejos que había ido). Pero, a veces, incluso esos amores se complican tanto que es necesario tomar distancia, aunque sea por un tiempo. Quiero pensar que eso me está pasando a mí y que no me estoy engañando con un amor a distancia que sólo está postergando su fin.

Soy de Monterrey, sabemos que si eres del Área Metropolitana, eres de Monterrey (a menos que sea muy importante dejar en claro que eres de San Pedro). Por mi contexto familiar, siempre me sentí 100% regia, si señor, la mera mera del norte.

Me fui enamorando desde pequeña de la ciudad. Siempre tuve la vista imponente del Cerro de la Silla que a diario cambia sus colores con el amplio espectro de la luz del día. Cuando salíamos a pasear, al mandado, o a las tediosas vueltas del negocio familiar, me gustaba ubicarme según las montañas. “Por sí me perdía”, pensaba yo.

A partir de 4to grado me dieron permiso de hacer algunos mandados y de regresarme de la escuela sola, caminando. Ir a la carnicería, al mercado por cilantro, si huele a tacos es cilantro, si no es perejil, me dio autonomía de planear mis propios recorridos y explorar un poco la ciudad, o por lo menos el radio de 10 cuadras de mi casa que fueron aumentando conforme la escuela se iba alejando, pues la secundaria técnica estaba a más de 2km (aunque siempre alternaba con que me fueran a dejar o recoger en auto).

Luego, con la adolescencia, tuve mayor libertad para disponer de mi tiempo libre y moverme más lejos, así que empecé a conocer la ciudad caminando. Ahora que estoy lejos,extraño conocer las calles de memoria, ubicarme con sólo levantar la mirada.

Aunque manejo desde los 16, para esta rutina dejaba el auto en casa y me iba a caminar desde la estación Cuauhtémoc del metro hasta la calle peatonal Morelos, zigzagueando por las calles intermedias, pasando por el Mesón Estrella, la Alameda, mientras me quedaba viendo un rato viendo a la gente pasar por la Macroplaza. Lo hacía casi siempre en vacaciones de la preparatoria.

Extraño saber a cuáles lugares ir y en qué día, dependiendo de lo que esté buscando: arte, música, un buen café, una cheve. Procuraba hacerlo los miércoles (para entrar gratis al Museo Marco) o los martes (para entrar gratis al Museo de Historia). Hasta ahora no habia valorado la sensación de saber a dónde ir. Desde pequeña siempre me pareció fascinante la vida cotidiana pero ajetreada del Centro; a veces pasábamos por Av. Juárez y veía a la gente desbordarse de la banqueta mientras, en lo alto, los edificios abandonados y llenos de grafiti se mantenían celosos del espacio vacío que guardaban y que nadie, hasta ahora, habita.

"(...) empecé a ser consciente de las relaciones de desigualdad en la ciudad, de la influencia de la política pública en su degradación y de cómo se toman las decisiones contra toda lógica del bien común."

Tal vez por eso decidí estudiar arquitectura, o tal vez me hice a la idea que esa fue la razón, como para justificarme a mí misma. Frente a la desorientación pienso que esta es una de las desventajas de migrar una vez que maduras. Una suele pensar que sus experiencias son singulares e irrepetibles. Yo pensaba que nadie amaba, al menos no más que yo, cómo cambian los tonos de azul y verde de los diferentes planos de las montañas vistas a contraluz; que nadie disfrutaba más que yo cruzar por el Río Santa Catarina y ver hacia ambos lados la forma en que se dispone la ciudad a su alrededor; que nadie le había encontrado, como yo, el gusto a vivir en Monterrey.

Eventualmente mi burbuja se rompió.Llegó un momento en el que las cosas que pasaban me dolían demasiado, empecé a ser consciente de las relaciones de desigualdad en la ciudad, de la influencia de la política pública en su degradación y de cómo se toman las decisiones contra toda lógica del bien común.

Conocí muchas personas dentro y fuera de la arquitectura que amaban a Monterrey, incluso personas que ni siquiera habían nacido ahí, personas grandiosas de las que aprendí a ver más allá de lo evidente y me ayudaron a adentrarme a profundidad en mi relación con la ciudad. Pero me sigue doliendo demasiado esa ciudadanía que no se inmuta por exigir o manifestarse, que vive paralizada entre el miedo a protestar y la precariedad de trabajar nueve horas al día, moverse cuatro y con la vida atomizada en la periferia.

A fuerza de romper la barrera entre lo de aquí y lo venido de fuera, llegó un momento en el que me dí cuenta que todo el discurso de superioridad que emana desde tierras regias es, en realidad, estéril.

Gracias a mis privilegios, en la infancia pude viajar por varias ciudades de México, y ya más grande a varias ciudades fuera del país, además siempre pude leer lo que quería, por lo que… Empecé a comparar mis experiencias locales con las de la ficción, mis paseos por el centro con mis paseos turísticos en otras ciudades. Muchas cosas no cuadraban. ¿Por qué se ve con desprecio a los del sur si sus calles son habitables, sus centros se mantienen en mucho mejor estado de conservación e incluso hasta las condiciones del clima son más agradables? Y no digo que esté mal tenerle cariño a nuestro lugar de origen, pero más allá de la cultura del trabajo (dejarse explotar), el futbol y asar carne (prender fuego como lo hacemos desde los tiempos del Homo Erectus y echar carne que no cazamos en una parrilla que no forjamos), ¿qué es lo que nos distingue? ¿Tenemos realmente una identidad? No lo sé aún, pero quiero pensar que eso es algo que cada quien construye. Eso me sucedió después de la época que llamamos “la crisis de la inseguridad” (2008 a 2012), y me sucedió en ese momento porque el miedo me quitó mi pasatiempo favorito: caminar la ciudad. Pienso que puso también en evidencia la falta de identidad de la ciudad.

Después de este quiebre con lo regiomontano, pensé que lo mejor sería no enfocarme en eso y mejor tomar acción para conocer la mayor cantidad de realidades dentro de la ciudad. Durante la peor época de inseguridad, quienes nos quedamos, por gusto o por necesidad, vimos la degradación urbana a una velocidad que seguramente nadie esperaba.

"(...) me dí cuenta que todo el discurso de superioridad que emana desde tierras regias es, en realidad, estéril."

Después de todo, ser clasemediera tiene sus ventajas y así como fui a primaria y secundaria pública, estudié prepa y universidad privadas; creo que eso formó mi visión de muchas cosas cotidianas, una visión que siempre fue un poco más amplia en ambos extremos, aunque aún limitada. A la fecha no nos hemos recuperado, y esto sólo por hablar de la ciudad física, la del impacto social.

Quise hacer algo así que estuve rondando en varios colectivos, asambleas, organizaciones y grupos, pero a lo que más me dediqué fue a la movilidad urbana desde La Banqueta se Respeta y al combate a la pobreza como voluntaria en TECHO Nuevo León. Ambas experiencias fueron invaluables para construir mi propia identidad regiomontana, para conocer algunas problemáticas que requerían acción más urgente en la ciudad y para decidir adentrarme, ahora formalmente, en el estudio profundo de las ciudades.

Pero pasar mucho tiempo concentrada en un objeto de estudio te puede dar lo que llaman ceguera de taller, así que si mi objeto de estudio era la ciudad, casi por obligación debía alejarme para verla mejor con la distancia. Así que después de una serie de sucesos que se pueden interpretar como señales o sólo como parte de la vida urbana me asaltaron, me caí de la bici, me mordió un perro, decidí mudarme a estudiar Urbanismo y Territorio en la Universidad de Guadalajara.

De regreso a la escuela pública, sigo ampliando la cantidad de escenarios conocidos y por conocer, sigo construyendo, a pesar de que me digan que no se me nota el acento, mi identidad regiomontana y sigo amando a distancia mi ciudad.

Y sí, sé que son molestas las comparaciones, pero surgen y simplemente no me puedo explicar porqué, con tanto potencial, ventajas territoriales tan grandes, gente tan preparada y con tantos recursos, Monterrey es lo que es.

Es un lugar estancado en el desarrollo urbano desde hace 30 años, un lugar que pretende estar innovando mientras especula y despoja; un lugar que, además, no valora su patrimonio ni histórico veamos cuántas casonas aparecen derrumbadas sólo en el primer cuadro ni natural sobra mencionar Valle de Reyes, Viaducto Santa Catarina, Río La Silla, La Pastora y otras muchas cicatrices. A pesar que esto es lo que le da identidad y valor a la ciudad, pareciera que no interesan.

La quiero, aunque esté lejos y sé bien que acá afuera no es que todo sea un paraíso, pero no puedo dejar de preguntarme: ¿de verdad creemos que estamos tan bien en Monterrey? Creo que no, pero hay muchas cosas que no nos hemos atrevido a aceptar y a decirnos. Al contrario, las tachamos y ocultamos de nuestras conversaciones para que queden visibles sólo las que queremos con la esperanza de ver nuestros problemas desaparecer.

Amores regios: carta desde el exilio

Escrito Por

Ana Rodríguez

Fecha

24.feb.20

Categoría

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