Afición suma cero

«El poder y el honor en la masculinidad dominante son un juego de suma cero. Y eso se traslada a todos los aspectos de la sociedad, incluso a algo tan bobo como el futbol».

Imagen: “Drowning Boy” de Noah de Costa.

Imagen: “Drowning Boy” de Noah de Costa.

Hace poco caminé cabizbajo junto a mi amigo Alex al salir de un eufórico estadio (el BBVA Bancomer). En contra de los consejos de mi papá, portaba orgulloso mi jersey de Tigres. La final de la Concachampions había sido una dolorosa derrota para mi equipo, y a pesar de que trato de tomar las cosas con levedad, recién saliendo del partido es difícil no estar triste.

Rumbo a la salida nos topamos casualmente a otros tigres. Con el poco ánimo que quedaba, nos consolamos y tratamos de sacar alguna risa en ese momento triste. Ya separados de ese grupo de aficionados en común, Alex y yo nos dirigimos a la avenida.

Justo cuando dimos la vuelta, escuché cánticos rivales: debíamos atravesar una marabunta de rayados, eufóricos por el triunfo de su equipo. Iban por la misma calle y había poco espacio a dónde moverse. A pesar de que estaba consciente de pasadas confrontaciones, nunca me imaginé estar en una situación similar.

Al principio estaba algo despreocupado. Total, ellos habían ganado y debían estar felices festejando, disfrutando de la victoria. Pero esa frágil calma se deshizo al momento que escuché: “Ora si pinche tigre, ya valieron verga”. Un aficionado rayado tomó a otro tigre y lo empezó a empujar. Justo cuando lo iba a dejar en el suelo, pude ver que otros lo detuvieron. Mientras tanto, otro rayado que venía al frente de la “caravana” nos empieza a gritar: “Háganse a un lado pinches tigres váyanse por la orilla si no quieren valer verga”. Yo me empecé a paniquear, lo único que se me ocurrió hacer en ese momento fue levantar las manos a la altura de los hombros y seguir caminando igual de cabizbajo, pero ahora con coraje.

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Un coraje de no entender qué es lo que lleva a ciertas personas a tomar los avatares de unos equipos de futbol y de descargar todas las frustraciones en unos simples colores. ¿Cuáles habían sido los procesos mentales de las personas que agreden a otros aficionados? ¿Por qué la violencia es una manera de sentirnos superiores?

Y la verdad es que encontré respuestas rápido. Desde pequeño, en mi cuadra las jerarquías se determinaban con eso de empinarse al otro (“¿quién se empinó a quién”?). Me enseñaron que, como hombre, tienes que estar encima de alguien (sólo vales algo si estás encima del otro). El poder y el honor en la masculinidad dominante son un juego de suma cero. Y eso se traslada a todos los aspectos de la sociedad, incluso a algo tan bobo como el futbol.

Seguramente ese aficionado trató de lastimar al otro porque toda su vida se le ha inculcado, vía esa masculinidad, que la única manera de tener hombría, de tener valía, es demostrando “superioridad” con violencia/amenaza física y/o verbal. No basta con ganar para sentir satisfacción, hay que avasallar, hay que dejar en claro (a.k.a. humillar) que alguien perdió. 

Seguimos caminando por la avenida. A pesar de que otros rayados trataron de disculparse con nosotros y hacer gestos de paz, el mal sabor de boca ya estaba impregnado. Al fondo, un montón de policías paralizados mientras un grupo de tigres les rechifla, pero sirve de poco. Me acerco al tigre agredido y me dice que está bien, que sólo fue el susto. Caminamos todos juntos, marchamos mientras felicitamos y aplaudimos a otros rayados que estaban celebrando en familia.

Nos subimos al carro, pero sigo cabizbajo.


Nota: Para sumar a la tristeza, de haberse invertido los papeles (estadio y equipo campeón-perdedor), este comentario se hubiera publicado igual pero con otra jersey puesta.