¿Señales de radicalidad?

Con gran habilidad, López Obrador ha posicionado un mensaje claro, inolvidable incluso. Lo ha repetido durante 12 años. Se trata, simplemente, de la aplicación de lo básico: combate a la corrupción, austeridad sin lujos, rol del Estado en la economía («rector, promotor y co-inversionista»), política social que dignifica, cambió de estrategia para combatir la violencia y una nueva actitud —o voluntad política— para acortar las desigualdades. Para algunos de los beneficiados por las desigualdades, esto representa todo un «retroceso» radical. Para otro sector desencantado, esto representa una luz de esperanza. Para quienes observamos a la distancia, ahí están las claves para criticar y juzgar su actuar.

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[Este texto parte del supuesto que Andrés Manuel López Obrador será electo Presidente de México el 1 de julio.]

La definición o postura ideológica no tiene validez electoral en México. Ningún candidato con opciones reales de ganar la presidencia se ha presentado explícitamente, de manera clara, contundente y sin titubeos como representante de la derecha, del centro o de la izquierda. No es necesario declarar «soy un orgulloso representante del neoliberalismo conservador mexicano» para serlo. Muchas veces el panorama se aclara más por lo que no dicen que por lo que dicen ser. A este proceso electoral llegamos con la brújula más desdibujada de lo normal —con partidos políticos alineados a un conservadurismo disfrazado de alianzas pragmáticas—, pero esta indefinición pública no ha impedido a partidos como el PRI, el PAN y otros grupos de poder (económico, político, mediático) de señalar, mañosamente, a su contrincante común con una serie de calificativos ideológicos de risa: no lo bajan de socialista, comunista, chavista, echeverrista y de populista radical con tintes autoritarios. 

En un sistema presidencial como el mexicano, tiene mayor peso electoral el talante y la personalidad del candidato —o incluso el miedo que genere— que su plataforma fiscal. No importa si cree en la mano invisible del mercado, en la intervención activa del Estado en la economía o en los convenientes claroscuros que le permiten al neoliberalismo seguir operando un capitalismo clientelista como si nada. Tampoco ha sido relevante su postura ante las culture wars generacionales, entre ellas la despenalización y legalización del aborto, la legalización y regulación de la marihuana, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la agenda feminista radical. 

Quizá la única elección de trascendencia nacional en donde la definición ideológica sí jugó un papel relevante fue la que ganó Cuauhtémoc Cárdenas en el Distrito Federal, en 1997; era otro PRD, un partido con cierta agenda de izquierda que vivió su clímax en la capital del país de 1997 a 2012, muy de la mano del ascenso político de Andrés Manuel López Obrador (primero como presidente del PRD, después como Jefe de Gobierno del DF y, al final, como su candidato presidencial en dos ocasiones). Tres años después, en el 2000, Vicente Fox ganó la presidencia por ser la única opción viable para sacar al PRI de Los Pinos y no por proponer la changarrización de México; aquella victoria electoral resultó en eso, en una simple mudanza de personas a la residencia oficial y nada más. 

Desde entonces, las elecciones generales no giran en torno a propuestas claras de políticas públicas con geolocalización ideológica. Tampoco queda claro si al ciudadano con credencial de elector le importa. Los problemas son tan básicos y tan profundos que las definiciones ideológicas se antojan ajenas, una discusión pueril al interior de revistas de más de 50 pesos. ¿De qué le sirve a alguien en Tamaulipas, Guerrero, Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Estado de México o Baja California saber si tal o cual candidato se inclina más por un estilo keynesiano para reactivar la economía o si plantea seguir privatizando cuanto bien público quede disponible? En mucho, la verdad, pero de poco cuando la mayor preocupación está en no formar parte de la estadística de desaparecidos o ejecutados, cuando existe el temor real de estar en el día y la hora equivocada en medio de una balacera, o cuando se violenta la integridad física y emocional de mujeres por el simple hecho de serlo. 

Tampoco la prensa impresa, la tele o la radio ayudan mucho a ampliar la discusión política, económica, social y cultural. Es más fácil pagarle a una encuestadora para tener numeritos morbosos cada dos semanas y hablar de porcentajes ad nauseam, que asignar a buenxs reporterxs coberturas profundas para que escudriñen más allá de lo anecdótico; los enlaces de lxs reporterxs de tele y radio asignadxs a cubrir las actividades diarias de los candidatos son el equivalente de pedirle a Siri que lea en altavoz el comunicado de prensa de la campaña. [Vale la pena hacer un paréntesis aquí: el esfuerzo colectivo de Verificado 2018, así como el periodismo de investigación de Quinto Elemento Lab y Animal Político destacan entre las excepciones.]

Y luego las páginas de opinión... los medios se prestaron a publicar pseudo psicoanálisis de personalidad o en anticipar futuros apocalípticos, una nueva especialidad de la llamada opinocracia mexicana. Roger Bartra, Enrique Krauze, Gabriel Zaid y Guillermo Sheridan desempolvaron el diván para hacer de sus columnas una terapia grupal, una especie de intervention prosaico que llegó a oídos sordos del aludido y que, irónicamente, sirvió de content de valor para los señores de la derecha-derecha. 

Con este tipo de crítica superficial se ha perdido mucho tiempo (¿doce años?) y se ha fomentado una animadversión clasista, llena de prejuicios. Para colmo, entusiastas ignorantes han despertado de su letargo para aportar su granito de arena en este frente común de descalificaciones y elucubraciones: ese despertar implica hacer videos de hueva, con el típico juego de tomas de personas preocupadas en primer cuadro, una canción dramática de fondo, un guión estúpidamente cursi y un hashtag inspirador:


#NoMeCreasAMI Humor involuntario, punto. Es tan malo que parece broma.  

#UnSoloMéxico Un esfuerzo sin pies ni cabeza que apela a la idea de llevarnos bien a pesar de nuestras diferencias porque, pues, todos somos mexicanos y vivimos en #UnSoloMéxico. La frase ganadora: «si todos queremos lo mismo, ¿para qué discutimos?». Amiga, date cuenta, hay un chingo de discusiones pendientes.


Es cuestión de entrar a WhatsApp, Facebook o Twitter para comprobar que en 2018 todavía hay quienes comparten videos que equiparan a Chávez o Maduro con AMLO. Ayudaría en mucho clarificar que, en esencia, el proyecto de López Obrador tiende a ser moderado y hasta conservador. López Obrador no es Jeremy Corbyn ni Luis Echeverría. A juzgar por ciertas señales en sus discursos, alianzas, asesores y postulados, la intención general de su inminente sexenio se perfila como un glitch, una pausa momentánea en el tren de alta velocidad capitalista para “arreglar” la etapa perdida entre el Consenso de Washington y la implementación del TLCAN: es decir, sumar a aquellos que no alcanzaron a subirse en ese tren, una especie de parche de dimensión social que ninguneo el PRI con corrupción. Bajo esta óptica se plantea otra de las líneas de la crítica en su contra, la del «retroceso». Basta con leer un tuit de Claudio X. González para entender la posición de quienes no quieren voltear «atrás», pues desde una posición acomodada y de privilegio se critica la intención de corregir esa brecha no atendida previo al México globalizado.

 
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López Obrador no tiene intenciones de cambiar de modelo, su propuesta es más bien una aceitada para que éste camine con los que dejó atrás. Esto podría explicar un poco los rasgos conservadores de la «transformación» que plantea: al mismo tiempo esta revolución es atractiva para un sector del empresariado mexicano converso, de los mercados y el capital global —un trabajo de convencimiento que corrió a cargo de Alfonso Romo— que entienden las ventaja$ de sumar a los rezagados. Propuestas como la del «Corredor Transístmico para el Desarrollo Integral del Istmo de Tehuantepec» pasaron inadvertidas en las columnas de opinión. El Corredor del Istmo no sólo es un tema de inversión pública para activar a una de las zonas más pobres del país con infraestructura y empleos, al rascarle deja ver también algo de lo poco que dice su campaña: se trata de un tema de alineación geopolítica, pues se ha sugerido que China podría estar interesado en invertir en un proyecto de esta magnitud, abriendo la puerta para que el Belt and Road chino pase también por México. Con la llegada de mega infraestructuras de este tipo, surgen preocupaciones colaterales que tienen que ver con procesos acelerados de urbanización y la creación de zonas económicas especiales. La propuesta de concesionar en su totalidad el nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México a privados —que, obviamente, le hizo ojitos al Grupo Aeroportuario de la CDMX al calificarlo como viable y rentable después de que el planteamiento inicial era echar para atrás su construcción— es, básicamente, prueba de esta moderación y de una actitud laissez-faire preocupante. Incluso seguidores aplaudieron el cambio de opinión sobre el NAICM (una salida que ya había planteado previamente Carlos Slim) bajo la lógica “que hagan (los empresarios) lo que quieran pero no con dinero público”; que hagan lo que quieran, en este caso, significa casi casi dejar en manos de privados hacer ciudad. No sólo eso, actitudes como ésta abren la puerta para que se instale una forma de extrastatecraft, un concepto que Keller Easterling define como espacios que quedan más allá del alcance de las jurisdicciones Estatales, zonas económicas especiales que son atractivas para los capitales por la laxitud gubernamental y la relajación de regulaciones. En este tipo de espacios, advierte Easterling, «el abuso laboral y ambiental puede proceder sin control por el proceso político».

(Sobre extrastatecraft) → «It is usually an isomorphic exurban enclave that, exempt from law, can easily banish the circumstances and protections common in richer forms of urbanity. Labor and environmental abuse can proceed unchecked by political process.»
— Keller Easterling

Con gran habilidad, López Obrador ha posicionado un mensaje claro, inolvidable incluso. Lo ha repetido durante 12 años. Se trata, simplemente, de la aplicación de lo básico: combate a la corrupción, austeridad sin lujos, rol del Estado en la economía («rector, promotor y co-inversionista»), política social que dignifica, cambió de estrategia para combatir la violencia y una nueva actitud —o voluntad política— para acortar las desigualdades. Para algunos de los beneficiados por las desigualdades, esto representa todo un «retroceso» radical. Para otro sector desencantado, esto representa una luz de esperanza. Para quienes observamos a la distancia, ahí están las claves para criticar y juzgar su actuar.

Para entender más sobre el proyecto moderado que plantea López Obrador, habría que leer el análisis de Alejandro Coss publicado en CuadrivioAMLO o la contradictoria continuidad del capitalismo

«...lejos de la radicalidad que se la ha asignado, sea como virtud o peligro, el proyecto que AMLO encabeza promete la continuidad del capitalismo en México, aunque no sin algunos cambios y frenos... el proyecto no es siquiera socialdemócrata; mucho menos presenta algo de la radicalidad que los detractores de la figura de AMLO utilizan como arma en una batalla que parece han perdido hace tiempo. El cambio viene con las propuestas de desarrollar un mercado interno, de fortalecer el rol del estado o de crear políticas industriales concretas. Medidas todas que aspiran no a ofrecer alternativas al desarrollo capitalista, sino a apuntalarlo, aceptando que algunas de sus consecuencias más negativas deberían ser contenidas.»
— Alejandro Coss

La estrategia del peligro para México funcionó en 2006 —y se combinó con la suma de errores de AMLO— para apenas darle una mínima ventaja a Felipe Calderón, un candidato gris que terminó por teñir su presidencia de rojo. Calderón ganó más por el miedo que sintió buena parte del electorado mexicano ante el escenario de una presidencia lópezobradorista que por cualquiera de las propuestas que formuló el panista. Seis años después (quizá tan sólo le tomó cuatro), Enrique Peña Nieto se posicionó al frente de las preferencias desde el momento que visitó el set de Vida TV —programa estelar mañanero de Televisa— y cuando su cara comenzó a aparecer recurrentemente en revistas faranduleras, tanto populares como de “élite” (TVyNovelas, ¡HOLA!Quién y CARAS). El PRI de Peña no ganó por plantear un programa de centro-derecha neoliberal, en buena parte fue electo por una maroma reflexiva de electores que pensaron que con el PRI se podría pactar una tregua de no–violencia con organizaciones criminales y del narcotráfico. No pasó. Y mientras el país se seguía desangrando por las guerras (de muchos tipos, por la disputa de plazas y rutas entre el narco, sí, pero de igual manera por una respuesta oficial de carácter militar que encubrió —y fomentó— atrocidades y que, además, priorizó los enfrentamientos armados en centros urbanos, suburbanos y rurales en vez de buscar otro tipo de alternativas), la administración de Peña se dio el lujo de realizar reformas estructurales diseñadas desde el escritorio para profundizar la neo–liberalización mexicana. Una economía moderna y globalizada en un país donde se desaparecen a decenas de miles de personas, se ejecutan a muchas otras tantas más y se mata a periodistas con total impunidad en zonas donde el Estado no puede garantizar mínimas condiciones de seguridad.

Ante este escenario llega la versión 2018 de AMLO. Ahora al frente de MORENA, un partido-movimiento catch all pragmático, López Obrador se perfila para ganar la elección no sólo en alianza con el PES y el PT, dos partidos satélite francamente anacrónicos y de extremos, también lo hace con periodistas, @dmiradores, refugiados y ex–adversarios políticos, así como con empresarios con probada habilidad política (como Alfonso Romo). Si en el 2000 el tema era sacar al PRI de Los Pinos, en 2006 fue bloquear el triunfo de AMLO y en 2012 prevaleció la máxima de más vale malo priista por conocido que socialista-chavista por conocer, 2018 se antoja como el escenario ideal para sembrar, sí, algo (o mucho) de esperanza en medio de la catástrofe de seguridad, la grotesca corrupción y una desigualdad que se profundiza; pero también hay mucho de hartazgo en esto, la amplia ventaja que reflejan las encuestas se puede interpretar, además, como una mentada de madre colectiva que deposita en él un sentimiento de meh, a ver qué

Si en algo el proyecto de AMLO es radical, es en el énfasis Histórico y en la expresa voluntad de atacar la corrupción —el mayor mal de México, desde su lectura— para detonar una serie de mejoras en el país, como acabar de tajo con la desigualdad y de raíz con la violencia. Olvidémonos del trópico y de cómo, supuestamente, este clima ha moldeado su personalidad. Si llega a ganar con el amplio margen que han mostrado todas las encuestas hasta antes de la elección, con niveles de hartazgo y esperanza por las nubes, un país dividido entre la admiración y la animadversión a su persona y lo que su movimiento —en teoría— representa, la llegada de una figura como la suya debería de inspirar una nueva y radical manera de abordar la crítica no sólo a su gobierno, también a una opinocracia y oposición que se han volado la barda con análisis prejuiciosos que en poco o nada aportan al fortalecimiento de la democracia. Además, si queremos que una verdadera agenda de izquierda no se pierda entre megaproyectos de infraestructura que prometen el desarrollo de zonas marginadas o que iniciativas progresistas se topen con pared en consultas populares, quienes se pusieron la camiseta y los pompones durante este proceso electoral deberán radicalmente espabilarse para cuestionar, señalar y criticar su gobierno.