Reflexiones de una conversación familiar

Por mucho tiempo fui de esos adolescentes reticentes a las reuniones familiares. Me fastidiaban las amorosas intromisiones de las tías y tíos. Pero más allá de lo obvio (el encuentro, el amor fraterno, bla bla bla), entendí que las reuniones familiares también sirven para tener contacto con el primer eslabón de la opinión pública.

Antes, las grandes discusiones de la nación —¿TÚ DÓNDE ESTABAS CUANDO SE PELEARON OCTAVIO PAZ Y CARLOS MONSIVÁIS?— se daban en medios impresos, elitistas, escasos, con lenguaje ajeno. Esos primeros argumentarios se filtraban a la prensa más popular a través de editoriales y la televisión, y de ahí a las mesas de café como en una suerte de teléfono descompuesto.

Eventualmente, la línea del teléfono se fue volviendo más compleja y eso llevó a que hubiera quien, en un arrebato de nostalgia, declarara la muerte de los intelectuales. Sin embargo, no es que estos entes-origen de la discusión pública hayan desaparecido, sino que mutaron. El Arquitecto Benavides, Chumel Torres, Fernández Noroña, Sanjuana, Pepe Merino, Gerardo Esquivel, Pardinas, Lozano, Zuckermann, Dresser, Gibrán y demás miembros del C-ñoriato local y nacional son los intelectuales. Ojo, no porque ofrezcan luz o visiones distintas del mundo, sino porque son los encargados de confeccionar los argumentos con los que nos confrontaremos en la próxima cena familiar.

Calderón es un patriota. Andrés Manuel es como Echeverría y López Portillo, casi un admirador. La Guardia Nacional no implica militarizar al país. ¿Cómo le ayuda el tren maya a acabar con la corrupción? Sí les dijo “corazoncitos” a las reporteras, pero era para expresar su cercanía con el oficio. Peña Nieto mandó matar a los normalistas de Ayotzinapa. Se matan entre ellos. La CNDH sólo protege criminales. No había otra forma. Pero se ve que él sí es bueno.

Los argumentarios abultan los boletines de prensa y luego se diluyen hasta que sólo quedan tuitazos. En palabras comunes que podemos lanzar de un lado al otro de la discusión. Sin esperar que nadie entienda. Sin esperar que nos entiendan. Sin esperar entender algo.

Lo que busca este presidente es polarizar al país porque un pueblo dividido es más fácil de manipular.” Con esas palabras mi tía canceló la democracia y me pasó las tostadas de pollo en la posada familiar.

Es irónico que una sociedad como la nuestra, tan reticente al conflicto, se las arregle para buscar encontrarse —en polos opuestos— prácticamente todos los días.

  • Chilaquiles rojos o verdes.
  • Tigres o Rayados.
  • Chairo o Fifí.

La unidad nacional es uno de los mitos populares más fascinantes porque desde el priísmo se entiende como el acto de preservación del estatus quo a toda costa. El país tiene buen rumbo cuando todos estamos de acuerdo, cuando nadie ve algo malo, cuando nadie sospecha. Si una decisión es controversial, es porque está mal tomada. Si está en lo correcto, ¿por qué alguien creería que se equivoca?


“Solidaridad, venceremos
desde hoy en adelante,
llevaremos tu ejemplo
cantaremos a una voz,
el esfuerzo de unión,
formando así una gran nación.

Solidaridad, estaremos
desde el niño hasta el anciano
en ti creemos y seremos
tu más digno mensajero
en tiempos malos o muy buenos
somos águilas en vuelo.”

Canción Solidaridad del Sexenio de Carlos Salinas


Y es que precisamente algo que mostró el PRI y que rápidamente la clase política olvidó es que la crítica otorga legitimidad. La serie de “intelectuales” que ganaron voz durante finales de los 80 y la década de los 90 ciertamente fincaron parte de las bases de la transición democrática, pero también fortalecieron la noción errónea de que México era una democracia. Sin embargo, algo de pluralidad es siempre mejor que nada de pluralidad y en ello pareciera que se hizo la apuesta correcta.

Entonces, ¿por qué hoy insistimos en estar de acuerdo? No tengo idea. Hoy estamos en una realidad donde se debate, se rebate, se grita más que nunca en la historia. Frente a la hiper-pluralidad buscamos el consenso unísono y en ello se revela lo idiota de la empresa.

Quizás lo que hay que temer es que la incapacidad de construir nuevos metarrelatos, como la unidad nacional, despierta en nosotros la necesidad de crear nuevas ficciones a las cuales poder asirnos. Pero esas ficciones totalizantes son forzosamente autoritarias, porque para que funjan como las añoramos (o como nos las contaron nuestros padres o nuestros abuelos) es preciso que nos hagamos de la vista gorda y no las cuestionamos. Nos censuramos para poder concebir una realidad estática o descansar o volver a creer. Creer, inclusive, que algo como la cuarta transformación pueda ser real.

Ahí radica el problema: le pedimos a los cuentos de hadas que tengan sección de comentarios. Los cuentos, cuentos son y tienen un principio y un fin. Se pueden interpretar, se pueden discutir, pero no se puede rebatir la veracidad de su contenido porque por definición son ficticias. En otras palabras, no se conversa con el cuento, se conversa sobre el cuento. Desgraciadamente hace mucho que olvidamos cómo conversar.

“El sentido de la palabra es su destinatario: el otro el que escucha, que entiende y que, cuando responde, convierte a su interlocutor en el que escucha y el que entiende, estableciendo así la relación del diálogo que sólo es posible entre quienes se consideran y se tratan como iguales y que sólo es fructífero entre quienes se quieren libres”.
— Rosario Castellanos

No sabemos centrarnos en el otro. No entendemos que escuchando se entiende la gente. Cada vez que “más que una pregunta, tengo un comentario” nos negamos a la posibilidad de escuchar el mundo del otro. Nos negamos a concederle libertad al otro. Nos negamos a la realidad misma, porque preferimos conservar el mundo que percibimos, el cuento intacto, en lugar de consensuar un nuevo mundo: más amplio, más rico, más lleno de posibilidades.

Por otro lado, la condicional que coloca Rosario —“sólo es posible entre quienes se tratan como iguales y que sólo es fructífero entre quienes se quieren libres”— nos deja entrever que el diálogo sólo puede darse en la empatía y, por tanto, conversar de verdad requiere disciplina y por momentos pudiera incluso entenderse como un acto antinatural.

Y, sin embargo, nos asimos a la civilización posible que se da en el argumento que va de ida y vuelta. La gran diferencia que existe entre el intercambio virtual y el intercambio en el plano físico es la humanización de los interlocutores.

Es tan cómodo deshumanizar a través de las redes sociales que casi nace muerta la posibilidad de diálogo para quien no tiene desarrollada la empatía. Se busca aniquilar todo rastro de la opinión contraria porque no vemos entre el mar de tweets y posts a personas emitiendo mensajes, sino botellas flotando en el mar. Caemos en el espejismo de creer que no hay nadie detrás de esas palabras y nos permitimos no quererles, no pensarles iguales, no entenderles tan libres como nosotros.

Y por eso paraliza pensar siquiera la posibilidad de decirle en público a nuestro tío o a nuestra madre o nuestro hermano que se equivoca, o que se calle, o que regrese de 1910. Porque nuestro interlocutor nos importa y nos esforzamos por cumplir con las condicionales tajantes de Castellanos. Aún así, resistimos y dialogamos porque los consensos que atesoramos y que nos recuerdan que la civilidad y el diálogo son posibles, son producto de la empatía y por tanto de la disciplina y de la incomodidad.