Da lo mismo

Si mis opciones para la alcaldía de Monterrey son reír o llorar, yo prefiero anular. Habrá quien crea que sí existe una decisión correcta detrás de la elección a la alcaldía de Monterrey, pero «amiga, date cuenta»...

 Foto: El Norte.

Foto: El Norte.

La elección de Monterrey de verdad que da lo mismo. Da lo mismo por quién votes. Da lo mismo su pasado o la guerra sucia o que hayan sido o no alcaldes. Da lo mismo si tienen experiencia o han logrado transfigurarse en un meme de tercera dimensión. Da lo mismo el puntero, el ganador del debate y quien resulte electo.

La libertad de elegir a un gobernante tiene sentido cuando hay una posibilidad de encontrar diferencias. La decisión que tomemos va a ser ridícula, va dejar un mal sabor de boca. Como ciudadanía regiomontana, somos la versión más triste del perro de las dos tortas. 

Pero cada quién hallará la manera de contener las lágrimas frente a la boleta de alcaldes. Acá de lo que se trata es entender en qué momento nos volvimos presas de esta dictadura del absurdo. 

Primero lo primero, «amiga, date cuenta». Habrá quien crea que sí existe una decisión correcta detrás de la elección a la alcaldía de Monterrey. Yo no le voy a decir, como Ricardo Anaya, que «ésa es su visión y qué bueno que la tengan». Al chile no, si no aceptamos que estamos secuestrados por una trampa de mediocridad tendida por la clase política no vamos a atinar a liberarnos. Basta con ver en loop el debate de El Norte para vencer toda tentación de autoengaño y concluir que lo que se nos presentó fue el absurdo en distintas presentaciones. 

Adrián de la Garza es el absurdo formal. Es quizás el único candidato contendiente que se le ven ganitas como de sí ser un alcalde profesional, y escuchándolo hasta dan ganas de creerle. Pero las ganas se borran cuando uno recuerda que es del PRI y que, aunque esconda su logo y le cambie el color, no deja de estar respaldado por una forma de entender lo público basada en la compra-venta de favores, la corrupción como sistema de control y la visión de futuro amarrada única y exclusivamente a la posibilidad de aferrarse al poder por siempre y para siempre. 

Felipe de Jesús es el absurdo triste. El slogan de Felipe es “esto tiene que cambiar” y uno no sabe si es un llamado a la acción o un grito desesperado de ayuda. ¡Claro que tiene que cambiar! El paso inicial es desterrar la mediocridad corrupta que está impresa en la trayectoria política de Felipe de Jesús. El PAN envuelto en sus principios más neoliberales —y menos católicos— se aventura con Felipe a vender por segunda vez un producto que nadie quiere más que el propio PAN. 

Maderito fue inventado por un mal trip entre una película de Luis Estrada y un episodio de Black Mirror. Es el absurdo nihilista del internet hecho persona y en el fondo es quizás la opción más perversa. Lo que logra Adalberto es, desde el cinismo más puro —¿qué podíamos esperar de una candidatura del Partido Verde?—, construir una historia que es tan rapaz, tan idiota, tan grotesca y tan ofensiva hacia el votante que hay quien piensa que no puede ser verdad. Entonces uno acaba creyendo que sus ojos lo engañan o se siente tan asqueado del sistema de partidos que puede ver en Madedito una suerte de gran borrachera final que guarda la esperanza de que la resaca nos mate. 

Por último tenemos al Pato. Patricio Zambrano es resultado de la relación incestuosa entre la demagogia del Bronco y las técnicas de telepredicación. La relación es incestuosa porque ambas corrientes discursivas nacen de la misma madre: el desprecio profundo por la verdad. 

Y, sin embargo, lo absurdo del Pato no radica en su forma —ésa es si acaso congruente— sino en la adopción de una agenda de ciudad progresista !!! Patricio Zambrano es el único que habló de banquetas y luminarias como detonador de la convivencia. Es el único que se ha opuesto a la interconexión de la Independencia. Es el único candidato que se atrevió a decir que los grandes viaductos y pasos a desnivel no son una solución. Que el chiste hecho candidato diga algo inteligente es un absurdo desafortunado, es una ironía cruel en los argumentos lógicos; debido a la estridencia, suenan a que no son verdad. 

Pero el absurdo con absurdo se vence. Por eso yo me quedo con la decisión más absurda que nos queda en medio de esta dictadura: votar por no votar. 

Si mis opciones para la alcaldía de Monterrey son reír o llorar, yo prefiero anular. Da lo mismo si no sirve de nada, da lo mismo si eso provoca que gane el PRI o el PAN. Prefiero no ser parte de una contienda en la que la ridiculez coordina todas las campañas y la mediocridad postula a todos los candidatos. 

En cualquier caso habrá que ver cómo componemos lo que quede el día después del 1 de julio y cómo le vamos a hacer para que esto no nos vuelva a pasar.