De aquí y de allá

Mientras liberales y conservadores siguen debatiendo el alcance y los límites del experimento social de la multiculturalidad, la convivencia del día a día de quienes se instalan en una nueva realidad, alejados de sus orígenes, lengua y costumbres, continúa. El capítulo más reciente de este debate se ha instalado en Canadá, con la discusión de una controvertida propuesta –con un fuerte ingrediente secular– que cambiaría, en esencia, la característica multicultural del país. Desde Montreal, una mexicana nos comparte su experiencia en medio de esta discusión, desde la perspectiva del inmigrante (legal) que trata de ser de aquí y de allá.

por Mónica Gutiérrez

Soy inmigrante. Nunca estuvo en mis planes de vida, siempre pensé que el inmigrante era un sujeto de estudio en mis clases de sociología, pero ahora resulta que me define en muchos aspectos. “Tu viens d’où?” es la pregunta obligada de quienes me conocen.

Alguna vez, cuando era estudiante universitaria y quería ir al extranjero, Don Alfredo Gracia Vicente me dijo que uno tenía la opción de decidir si iba a ser un turista o iba a tratar de integrarme en cualquier viaje, grande o pequeño. Sus palabras se quedaron grabadas en mi mente y cuando Barcelona me hospedó por algún tiempo, aprendí el idioma y me rodeé de catalanes, quienes me recibieron como una más agradeciendo el esfuerzo por entenderlos en toda su complejidad. 

La lengua siempre ha sido mi mejor arma para integrarme a una cultura y no sentirme –ni sentirla– extraña. Sin embargo, justo cuando decidí cambiar de residencia de forma definitiva a otro país, ahora siento con más fuerza las barreras que la sociedad crea alrededor de los que no somos "de aquí". 

En un país que se fundamenta en la interculturalidad, la apertura resulta clave para la convivencia. 

O al menos eso pensé.

Decidimos mudarnos a Montreal, en Canadá, cuando McGill y la fascinación por la ciudad terminaron de hacer que mi esposo “saliera del clóset” cultural y aceptara que en México nunca iba a ser feliz. Y aquí estamos. 

De la ciudad nos llamó la atención la aceptación, la multiculturalidad de la sociedad y las oportunidades. Sabíamos que iba a ser difícil, pero como cualquier migrante, pensamos que los riesgos y la recompensa valían la pena. 

Pronto nos dimos cuenta que lo que se vende de afuera no es lo mismo que lo que se consume en casa. Las políticas no se hacen para los “de aquí” y para “los de afuera” por igual, y la lengua, lejos de ser un factor de integración, es un factor de discriminación laboral. Aquí conocimos a la “policía de la lengua”, que multa a los negocios que se conducen en otro idioma que no es el francés. 

Por cortesía de Pauline Marois, la primer ministro de Quebec y líder del partido separatista, estamos conociendo la “Charte des valeurs québécoises” (la carta de los valores québécoises o quebequenses), un documento que habla de la prohibición de los funcionarios públicos de portar símbolos religiosos, so pretexto de la laicidad de los servidores públicos. 

Mis amigos musulmanes me cuentan que a pesar de que hablan un francés perfecto, sienten que no los aceptan por el uso del velo; los alófonos (población que no tiene ni el inglés ni el francés como lenguas maternas) sienten que tienen más limitadas las oportunidades de trabajo a causa de que no se apellidan “Tremblay”; y los judíos se encierran cada vez más en su mundo. 

Es difícil, sí. Pero, ¿qué es más doloroso? ¿Quedarse en donde uno es aceptado y querido o salir y buscar caminos más difíciles arriesgándolo todo? Unos pensamos que lo segundo. 

Quienes cruzan la frontera de EEUU arriesgando la vida y la salud no son diferentes a quienes decidimos cambiar de país con las armas de los estudios y la legalidad. Nos mueven las mismas cosas, nos hacen fuerte las mismas esperanzas. 

Algo más que sobrevivir. Vivir feliz.