Trabajadoras del hogar, la deuda histórica

Si nos queremos tomar en serio el tema del seguro social para las trabajadoras del hogar y la dignificación de su labor, debemos dejar de pensar que todos estamos en las mismas condiciones. Hay una deuda histórica hacia las trabajadoras del hogar que debe ser saldada lo antes posible.

PortadasRevistaContextual1.jpg

Por Ana Farías

Hay una lucha cuesta arriba para lograr que las trabajadoras del hogar puedan acceder a seguridad social sin que su inscripción quede supeditada a la voluntad de sus empleadoras(es). Ahora mismo la cosa está así: el régimen que regula este empleo es voluntario. Para que esto cambie, diversos grupos han hecho esfuerzos impresionantes para lograr la ratificación de un convenio con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y cambiar el capítulo 13 de la Ley Federal del Trabajo. Más recientemente, han logrado que se retire un proyecto albergado en la Corte que era totalmente discriminatorio porque legitimaba un doble rasero para el trabajo del hogar. En pocas palabras, decía que el régimen voluntario de incorporación al IMSS basta para asegurar que las trabajadoras tengan acceso a seguridad social. Es decir, que validaba un doble rasero que diferencía entre este tipo de trabajo y los demás, en los que la inscripción al seguro sí es obligatorio. 

Ahora bien, ¿qué va a pasar después de que lleguen estos necesarios cambios? Quiero utilizar este espacio para hablar de las trabajadoras del hogar que corren el riesgo de no tener seguro social aunque se haga obligatoria su inscripción. Y también de la necesidad de entender que la implementación de esta política no debe ser un tema de blanco o negro. Si el Estado lo entiende así, le estaría fallando no sólo a las trabajadoras del hogar (en particular a las que se dedican al cuidado), sino a todas las mujeres.

En el tiempo que llevo interesada en este tema, varias mujeres me han compartido historias sobre cómo ellas o sus madres dependieron mucho tiempo de cuidadoras que por muy poca paga se hicieron cargo de ellas o de sus familiares. No es que no quisieran pagarles más: es que no podían. Sin apoyo de la pareja, del patrón o del Estado, se vieron obligadas a recurrir a estas prácticas. ¿Qué hacer con estos casos? 

Es muy fácil que te digan “debes inscribir a la trabajadora al IMSS”, pero, ¿cómo le haces con tu sueldo que no te da esa holgura? ¿Cómo le haces si eres jefa de familia que trabaja doble turno en un empleo que no te da acceso a guarderías ni para pagarle un sueldo decente a quien cuida a tus hijos?¹

¹ Por eso es que muchas mujeres en esta situación dependen del trabajo gratuito de las mujeres de su familia. ¿Acaso ellas no son también trabajadoras del hogar? Si bien ese es un tema para otro texto, valga decir que en el país hay 42 millones de personas dependientes que requieren cuidados y que tendríamos que empezar a pensar en cómo compensar a las cuidadoras que lo han venido haciendo de forma gratuita. 


Para hablar de lo que debe ser necesitamos dar un paso atrás para ver cómo estamos, de dónde partimos y cómo le hacemos para que quienes ahorita no pueden cumplir —y acá es importantísimo diferenciarlos de los que no quieren— puedan eventualmente llegar a esa meta. 

Si nos queremos tomar en serio el tema del seguro social para las trabajadoras del hogar y la dignificación de su labor, debemos dejar de pensar que todos estamos en las mismas condiciones. Todos necesitamos ser cuidados en algún punto de nuestra vida, pero no todos podemos pagar lo que entraña el tener a alguien que lo haga. Si tu casa no está limpia porque no tienes tiempo para procurarla ni dinero para pagarle a alguien que lo haga por ti, ni modo, nadie te debe limpieza. Pero si tienes personas dependientes a tu cargo, alguien debe cuidarlas. El Estado sí que tiene responsabilidad ahí. 

El Estado debería ocuparse de que dejemos de depender de la labor gratuita de las mujeres.
28071025_1706105846117312_7154275018175510347_o.jpg

Acá la solución no puede ser —como ha sido hasta ahora— “que te los cuide tu mamá”. No puede serlo porque a veces es a la madre a la que hay que cuidar. No puede serlo porque a estas alturas no podemos seguir pensando que el deber de las mujeres es cuidar de otros. No puede serlo porque el Estado debería ocuparse de que dejemos de depender de la labor gratuita de las mujeres.

Quizá puedan decirme que las mujeres que describo aquí no son la mayoría y que quienes más contratan trabajadoras son mujeres que pueden pagar lo que les toca. A ver, miren, puede ser, pero en un país en el que hay un pay gap enorme y en el que cada vez es más común la precarización del empleo, no podemos tomarnos esto a la ligera. ¿De qué nos va a servir ratificar convenios y modificar el capítulo 13 de la Ley Federal del Trabajo si no tomamos en cuenta este tipo de casos? Con esto obviamente no quiero decir que no haya que hacer esas modificaciones legales. Hay una deuda histórica hacia las trabajadoras del hogar que debe ser saldada lo antes posible. Lo único que digo es que debemos ir pensando desde ahorita en cómo vamos a hacer que no haya una brecha insalvable entre la legislación y su implementación. Ya de por sí va a ser difícil monitorear su cumplimiento en casos ordinarios² como para además dejar pasar estos. 

No basta con apelar a la culpa o a la buena voluntad de las empleadoras. No es ético pedirles a mujeres³ que trabajan en una situación de precariedad que saquen de la precariedad a otras mujeres, léase a las trabajadoras del hogar y, sobre todo, a las cuidadoras. No tiene nada de innovador ni de revolucionario echarle la culpa a los individuos cuando el Estado no les da las condiciones para que se hagan cargo de las obligaciones que les impone. ¿Qué va a hacer la autoridad para que todas podamos cumplir con la legislación y garantizarles a las trabajadoras la seguridad social que requieren, sin que eso se traduzca en una merma significativa del ya de por sí raquítico ingreso propio?  

² Hay muchas razones para esto. Primero, hay más de dos millones de empleadoras(es) en el país. No hay autoridad laboral que alcance para monitorear todos esos centros de trabajo. Entonces el cumplimiento recaerá en las trabajadoras, que deberán acudir a la autoridad para interponer sus quejas y juicios, pero muchas ni siquiera saben que tienen derechos. Y luego está la ineficiencia y la corrupción de las autoridades laborales. 

³ Hablo de mujeres porque somos nosotras quienes, cuidemos o no, generalmente terminamos haciéndonos cargo del cuidado de los demás aún y cuando sea contratando a una tercera. 


No podemos tratar este tema como si existiera en el vacío. No se puede desligar de los factores que alientan la desigualdad. Mientras unos recurren a la elusión fiscal, a la terciarización del empleo o a inscribir a sus trabajadoras al Seguro con una cotización mínima, a la clase trabajadora, y a las mujeres en particular, se le pide que pague cuotas obrero-patronales. 

Tomarse en serio los derechos de las trabajadoras del hogar necesariamente implica abrir una conversación sobre los factores que tienen a muchas mujeres en la precariedad y cómo estos facilitan o hasta incentivan la explotación entre mujeres. 

Para muchas mujeres el unirse a la fuerza laboral remunerada no sólo es cuestión de elegir qué trabajo o carrera les gusta más, esta decisión se toma en función de la maternidad. ¿Qué empleo les va a permitir pasar más tiempo con sus hijos?⁴ ¿Pueden darse el lujo de contratar a alguien que se encargue de cuidarlos mientras ellas trabajan fuera de casa?⁵ Quienes opten por contratar a alguien más, entonces, deben asumir los costos de su decisión, que está supeditada a los mandatos de lo que implica ser mujer en una sociedad con una marcada división sexual del trabajo. Se les abandona en una suerte de catch-22 en el que deben decidir entre desarrollarse en el ámbito laboral (remunerado) a costa de otra mujer más empobrecida o limitar ese desarrollo y asumir enteramente el cuidado de los hijos. 

 De ahí que las muchas mujeres opten por entrar a las filas de la informalidad y el autoempleo. Los trabajos “tradicionales” no están pensados en función de la obligación de cuidados que se les impone a las mujeres.   

 Los hombres, por supuesto, casi no piensan en eso porque a ellos no se les impone la carga del cuidado. 


No se ha terminado de entender que los temas que atañen a las trabajadoras del hogar nos tocan directamente a todas las mujeres.

Si no pensamos en esto, muchas mujeres seguirán dependiendo del trabajo gratuito de sus familiares o de plano continuarán pagándole casi nada a alguna desconocida (ya ni hablar de inscribirlas al IMSS). Es decir, que si el Estado no atiende esto lo único que va a pasar es que, como en tantísimos otros temas, las mujeres terminaremos asumiendo los costos de la desigualdad institucionalizada porque al parecer no se ha terminado de entender que los temas que atañen a las trabajadoras del hogar nos tocan directamente a todas las mujeres. 

Las trabajadoras del hogar ya están haciendo su parte para que se les garantice lo que por derecho les corresponde. ¿El Estado está dispuesto a tomárselo en serio? 

Si la respuesta es sí, el primer paso sería ratificar el convenio 189 con la OIT y modificar el capítulo de la LFT que regula el trabajo del hogar. Lo segundo sería pensar en dictar una política pública que evite la desigualdad, ahora entre las propias trabajadoras del hogar (las que están aseguradas porque sus empleadoras pueden permitírselo y las que no). 

¿Estaría dispuesto el Estado a aumentar la proporción que paga para subsidiar más a las empleadoras que contratan cuidadoras, pero que su sueldo no les alcanza para afiliarlas si absorbieran el costo total? ¿O qué tal invertir en más y mejores guarderías y centros para adultos mayores, de tal forma que quienes opten por contratar a una cuidadora lo hagan no porque no haya de otra, sino porque están dispuestas a asumir las cuotas obrero-patronales? ¿Se hará un esfuerzo real para que los hombres asuman las tareas de cuidado que les corresponden? ¿Se tomarán medidas para aumentar el salario mínimo y disminuir la precarización del trabajo?

Sólo son ideas al aire. Debe haber muchas más. ¿Cuándo vamos a empezar a hablar de ellas? 


Este texto forma parte de la serie colaborativa Mujeres Trabajando de reflexiones sobre el trabajo del hogar/cuidados/división sexual del mismo con Parvada, organización que impulsa Profesionales de la Limpieza, un proyecto gestionado por trabajadoras del hogar que busca aumentar los estándares en este ramo a través de la incidencia, la colocación de trabajadoras en empleos justos y la difusión de herramientas para empleadoras(es).