¡Que nos paguen por trabajar!

Tercera entrega de Parvada para la serie de reflexiones sobre el trabajo del hogar, cuidados, división sexual del mismo. Parvada es una organización que impulsa Profesionales de la Limpieza, un proyecto gestionado por trabajadoras del hogar que busca aumentar los estándares en este ramo a través de la incidencia, la colocación de trabajadoras en empleos justos y la difusión de herramientas para empleadoras(es). 

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¿Qué es el trabajo? Estoy segura que la mayoría lo definiría como una actividad que consiste en intercambiar bienes o servicios por dinero, o algo por el estilo. Si hay algo que me ha enseñado el feminismo es a hacer más y mejores preguntas. Por ejemplo: ¿por qué es esa la definición que aceptamos? ¿A quiénes beneficia y a quiénes deja fuera? 

Las definiciones no son neutrales. Pensemos en “hombre público” y “mujer pública”. La definición del primer concepto es “hombre que tiene presencia e influjo en la vida social”. La del segundo es prostituta. Y esta diferencia entre lo que significa para unas y para otros pasa no solamente con esas palabras a las que claramente se les ve el género. La definición común de “trabajo”, al implicar una transacción que involucra dinero, deja fuera al trabajo que se hace en casa y que no se paga. No tiene nada de neutral dejar fuera de la definición todo el trabajo que hacemos. Al contrario, habla de un desprecio brutal por las actividades que tradicionalmente son entendidas como “de mujeres”.  

Bajo la definición tradicional de trabajo, es muy fácil saltar a la conclusión de que las mujeres trabajamos menos que los hombres, pero cualquier mujer sabe que el trabajo en casa empieza cuando eres pequeñita y termina prácticamente cuando mueres.

El problema, sin embargo, no es la falta de neutralidad en las definiciones. Lo malo es suponer que dicha neutralidad existe. Hay que explicitar los supuestos detrás de las definiciones para que el interlocutor decida si toma esa definición como válida. El feminismo hace justo eso. Necesitamos más feminismo y menos “neutralidad”.

Esto, claro, no es sólo un tema de conceptos y definiciones: es la parte discursiva de un sistema socioeconómico que alienta la desigualdad en general y, en particular, entre mujeres y hombres. Bajo este sistema económico, lo que vale es lo que genera dinero. Si las labores del hogar y de cuidados no se toman como trabajo es porque se le da más importancia a la producción que a la reproducción.

Y a todo esto, ¿cómo se valora el trabajo del hogar? ¿Sólo con palabras de agradecimiento? Sería como decir “las mujeres confórmense con palabras (“gracias”, “lo hace por amor”), que el dinero es cosa de hombres”. 

Cuando hablo de este tema es común que me pregunten que qué propongo. Si bien no me gusta esa pregunta porque le resta peso al papel de la crítica (como si ésta no valiera por sí misma), aquí está su respuesta: ¡que nos paguen por trabajar! 

Si bien el trabajo del hogar es trabajo independientemente de que se remunere o no, la cosa es que no se remunera porque las labores “femeninas” —en tanto las hacemos mayoritariamente las mujeres— no son consideradas relevantes, aunque en la práctica lo que sucede fuera de casa sólo es posible por el trabajo que se lleva a cabo dentro de ésta. Las mujeres tenemos hijos, los cuidamos y atendemos la casa, nos lo venden como natural, como amor y, de pasada, generamos las condiciones que sostienen a la economía y al mundo. Poca cosa como para que nos anden pagando por eso. 

 
 
 «Necesitamos más feminismo y menos "neutralidad"». |   Foto:  Pabak Sarkar

«Necesitamos más feminismo y menos "neutralidad"». | Foto: Pabak Sarkar

Mientras este trabajo se siga realizando de forma gratuita continuará sucediendo lo siguiente:

1. Seguirán siendo labores altamente feminizadas. Mientras sea un trabajo que se nos carga mayoritariamente a las mujeres, siempre terminaremos trabajando más que los hombres.

¿Quién va a querer trabajar gratis y de buena gana, sobre todo si existe la idea muy generalizada y arraigada de que los hombres no deben hacerlo o sólo deben “ayudar” de forma mínima? La buena voluntad tiene límites. El cambio de comportamiento requiere un cambio de incentivos, pues no basta con tener más información sobre lo injusto de una práctica. Estoy segura que a quienes les pagan 7K en su trabajo de tiempo completo saben que no les están dando lo justo, pero les vale porque quieren ahorrarse el costo y generar ganancias para ellos mismos. Esa práctica abusiva no se cambia apelando a la humanidad del empleador, sino cambiando las reglas y su ejecución. Igual pasa en el tema del trabajo del hogar y de cuidados, porque no es un tema de personas individuales, sino uno sistémico. Habrá parejas a las que les funcione hablar de justicia y equidad, pero la norma no es esa y no podemos seguir pretendiendo que la “sensibilización” es la única y más deseable ruta.


2. Se continuará enviando el mensaje de que el trabajo "de hombres" se paga con dinero mientras que el "de las mujeres" con las gracias. Está bien que nos agradezcan, pero el dinero no es un coto exclusivo de hombres.


3. Es más difícil salir de una relación violenta cuando eres económicamente dependiente de quien te violenta (¿De dónde vas a sacar dinero para comer? ¿Dónde vas a dormir? ¿Qué pasará con tus hijos?). Si tomamos en cuenta que quienes se dedican de forma preponderante o exclusiva al hogar se encuentran en una relación de dependencia económica con sus parejas y que en los matrimonios hay mayor probabilidad de ser víctima de violencia física cuando existe esa condición, así como conforme aumenta la brecha de ingreso entre el hombre y la mujer, queda claro que se requiere mucho más que agradecer con palabras el trabajo que hacemos. Lo que necesitamos es un ingreso que nos permita estar en una relación porque queremos y no porque no tenemos otra salida.


4. Vamos a seguir centrando nuestra atención en atender el tema del techo de cristal, como si eso fuera tan relevante para cerrar las múltiples brechas entre hombres y mujeres. Que haya más mujeres en puestos altos no cambia la realidad de las mujeres con menores ingresos. Lo que la cambia es que se deje de precarizar el trabajo del hogar y de cuidados. 

Ahora bien, no estoy diciendo que no debamos ingresar a las filas de los puestos directivos que están repletas de hombres sino que centrarnos en que las mujeres lleguemos a los puestos más altos no remedia nada de fondo, porque es un tema que tiene impacto en un porcentaje muy bajo de la población, puesto que si naces pobre es probable que mueras así y no dirigiendo una empresa transnacional. Es decir, que la lucha no se agota en solucionar los problemas de las mujeres con mayores ingresos.

A lo anterior hay que sumarle que más mujeres en puestos altos podría abrir una brecha mayor entre mujeres de distintas clases si no se atiende este tema de la feminización del trabajo porque las más ricas terminarán pagando a las más pobres para que cuiden a sus hijos y limpien sus casas, y como estos trabajos no son realmente valorados, sus ingresos seguirán siendo bajos mientras los de aquellas aumentan. 

Esto de romper el techo de cristal tendría que ser, en todo caso, una estrategia que se dé en el marco de una política que elimine las estructuras que nos relegan a las mujeres a lo doméstico. Y es que justo una de las razones por la que no podemos acceder a esos puestos altos es porque se nos sigue viendo como naturalmente pertenecientes al ámbito del hogar. Desfeminizar las labores del hogar y de cuidados al final también abonaría a romper el techo de cristal, pero sin llevarnos entre las patas a las mujeres que difícilmente llegarán a ser directoras de General Motors.


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Cualquier mujer sabe que el trabajo en casa empieza cuando eres pequeñita y termina prácticamente cuando mueres.

Esas cuatro cosas para empezar, porque seguramente hay más elementos que sumar a la lista. Poquitas cosas para iniciar una conversación pública (es decir, con mis tres lectoras).

Una vez dicho lo anterior, me adelanto a lo que seguramente se están preguntando: ¿De dónde se va a sacar el dinero para eso? Mi respuesta a eso es, por supuesto, otra pregunta: ¿A poco cuando el Estado dice que va a invertir millones de pesos en atraer inversión extranjera se preguntan de dónde va a salir el dinero? Sé que los recursos son finitos, pero se me hace muy sospechoso que a la gente le encante hacerse esas preguntas sobre todo cuando se trata de temas para atender la desigualdad. No es que el tema de los recursos no sea importante (de hecho, es fundamental), pero ¡válgame! Descartar una idea porque en ese momento no se te ocurre cómo financiarla es muy anticlimático. ¿Cuál es el caso de adoptar la función de los burócratas que cercenan iniciativas? Además, si ni siquiera es un tema que esté en la agenda pública, mejor vamos centrándonos en eso (tres lectoras a la vez).

Texto por Ana Farías


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