Nihilismo político

 Foto: Instalación   Nihilistic Optimistic   de Tim Noble & Sue Webster

Foto: Instalación Nihilistic Optimistic de Tim Noble & Sue Webster

El hartazgo parece haber despertado un sentimiento nihilista involuntario. Aunque el juego político electoral se nos presenta como un ejercicio que en teoría es democrático, no encuentra sustento real en las coyunturas del país: la realidad genera un desencanto profundo, una indignación que ya no encuentra desahogo. En este torbellino de sinsentidos, observamos lo que aparenta ser una carrera electoral post-ideológica pero que, por el contrario, refuerza de forma brutal las características más negativas de la condición ideológica hegemónica actual.


Estamos viviendo una especie de nihilismo político involuntario. Es un fenómeno curioso y representa una problemática profunda que, aunque no es del todo obvia, es muy relevante. Este nihilismo político no se presenta como una respuesta apática de una masa despolitizada, tampoco atiende a una indiferencia que se nutre de la ignorancia voluntaria; a pesar del hartazgo generalizado, hay un genuino interés por el juego político.

El hartazgo es palpable en la abstracción de las encuestas. La más citada dice que 8 de cada 10 mexicanos reprueban la actuación de Enrique Peña Nieto. En consecuencia, el PRI parece que está en vías de convertirse en la marca con los niveles más bajos de aprobación dentro del mercado político. El vacío que crea esa desilusión le favorece a Andrés Manuel López Obrador y a MORENA: no es que la tercera sea la vencida para él y su movimiento, todo parece indicar que después de darle la oportunidad al PAN y de nueva cuenta al PRI (en una segunda oportunidad mediada por la televisión y TVyNovelas), ésta parece ser la última llamada a un cambio de fondo. 

Definitivamente hay una inversión de tiempo y de consumo de información en torno al proceso electoral, pero este interés nos enfrenta con una absurdidad surreal, una contradicción tan profunda que ya no encuentra respuesta en el tema electoral. Cuando se considera la opción del “menos peor”, la participación deja de ser razonada y crítica para seguir un comportamiento de inercias.

El juego político electoral se nos presenta como un ejercicio que en teoría es democrático, pero que no encuentra sustento real en las coyunturas del país. El primer debate estuvo plagado de acusaciones, puntadas, memes y conversaciones casuales de comedor que no alcanzaron para llenar una cuartilla de propuestas concretas. A las pocas horas, la realidad del país golpeó con otra de las miles historias de violencia: la noticia de que los tres estudiantes desaparecidos en Jalisco fueron disueltos en ácido. La realidad genera un desencanto profundo, una indignación que ya no encuentra desahogo, una realización terrible que nos presenta a la democracia como una simulación, la representación como un mito y la institucionalidad política como una burla carente de toda lógica.

En la contienda electoral de este 2018, PAN y PRD van juntos por la presidencia en una contradicción histórica. El Bronco se une con un discurso de revolución encapsulado en desfachatez política, genuina estupidez, palabras soeces y una frontera desdibujada entre su persona política y los memes que hacen referencia a él. La figura de Marichuy no se va del todo pero logra incidir sólo en los márgenes como una protesta incompleta. Las candidaturas independientes se presentan sin trascendencia, proyecto o respaldo. AMLO navega repetitivo, elusivo e inconsecuente. Anaya se quiere vender como un producto político 2.0, cuando su antecedente inmediato es que está en la contienda a partir de actitudes mercenarias, mentiras deliberadas y una lucha de poder por el poder. Como pilón aparecen otros movimientos políticos como Ahora, de Emilio Álvarez Icaza, que simuló en un principio independencia y terminó por embarrarse del mismo caos de contradicciones que caracterizan a estos tiempos electorales. 

En este torbellino de sinsentidos, de actos vacíos e hipocresía descarada, en esa simulación de la fantasía de nuestra democracia, observamos lo que aparenta ser una carrera electoral post-ideológica pero que, por el contrario, refuerza de forma brutal y despiadada las características más negativas de la condición ideológica hegemónica actual.

El término hípernormalización fue acuñado por Alexei Yurchak en el 2006 y recientemente fue popularizado por un documental de Adam Curtis (del mismo nombre) en el 2016. El concepto refiere al engaño colectivo de una sociedad que sabe de las contradicciones, falsedades y resquebrajamientos internos de su funcionamiento, pero prefiere seguir operando en esa simulación al no contemplar —o siquiera lograr conceptualizar en el horizonte— una alternativa distinta al statu quo. La hípernormalización es, de forma muy general, un miedo a enfrentar la desoladora complejidad de un sistema colapsado. Aunque Yurchak acuñó el término en relación a la Unión Soviética y, después, Curtis lo aterrizó en el contexto de la sociedad neoliberal, el concepto de la hipernormalización bien podría explicar la simulación actual que se vive en México. 

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El sentimiento nihilista no está abiertamente generalizado, pues aún tenemos a muchísimas personas defendiendo a capa y espada la labor política de cada uno de los candidatos. El discurso mediático y político se central en darle relevancia al montaje electoral. En la sobremesa política, es común que se discutan conceptos tan pervertidos e intrínsecamente anti-democráticos como el “voto útil” o “votar por el menos peor”. Los medios de comunicación (masivos y de nicho) dedican buena parte de sus espacios a darle seguimiento a la contienda electoral (y no nada más por la cercanía del 1 de julio o su relevancia histórica, también lo hacen porque se trata de contenido de fácil manufactura). Entre opiniones genuinas y otras patrocinadas, las columnas y espacios de análisis siguen moviéndose al ritmo de toda esta mentira estructural. 

Este nihilismo político va más allá de un leve rechazo a las formas, de una crítica válida pero insuficiente a los partidos o de un ligero debate sobre los presupuestos morales de los actores políticos. Este sentimiento es precisamente nihilista porque intuitivamente rechaza a toda la estructura democrática, lo que nos deja con dos opciones, una negativa y otra absurda: la primera nos paraliza ante un sistema que ya ni siquiera nos interesa entender, nos orilla a rendirnos de manera activa o pasiva (es decir, participando en él o ignorándolo); y en la segunda, la absurdidad nos genera una especie de calidad emancipadora, una libertad reclamada al ver que nada de esto tiene sentido, lo que deja el campo abierto para la fabricación de una realidad política distinta, una que no sólo no requiere autorización del aparato actual, sino que lo trasciende al ignorarlo por completo.

Sin embargo, esta segunda opción es más que un estado mental o una voluntad ingenua de cambio. Haría falta mucho más que un cinismo educado para reorientar el rumbo político de nuestras comunidades ahogadas en hartazgo. El nihilismo emancipador requiere buscar una radicalidad política verdadera, una que se entienda como ente reconfigurante, como una voluntad férrea y enfocada hacia el desmantelamiento de las instituciones que representan la obsolescencia ofensiva de un sistema vacío.

Lo anterior no debe ser entendido como un llamado a la insurrección violenta para quebrar los aparadores de cristal de las tiendas, mucho menos a la ilusión de que la “lucha” se glorifica a través de momentáneos espasmos de materialidad vandálica. Para desmantelar las fantasmagóricas instituciones políticas no hace falta más que desvincularnos de ellas. El concepto es sencillo, sin embargo, su ejecución puede o no resultar tan simple. De entrada es necesario retar la falsedad de que la selección de un hombre que se sentará en una silla a cientos de kilómetros de nuestras comunidades es un factor que debiera o pudiera determinar la realidad material de nuestro presente. 

La medida en las que sus decisiones nos afectan tiene más que ver con la estructura neoliberal —que engulle todo lo que le permita seguir operando del despojo— que con una condición política de la figura presidencial. Es decir, más allá de la faena en las urnas lo que nos atrapa en condiciones precarias es la operación del aparato del sistema en sí. 

 Foto: Instalación   Nihilistic Optimistic   de Tim Noble & Sue Webster

Foto: Instalación Nihilistic Optimistic de Tim Noble & Sue Webster

El desvincularnos de las instituciones que siguen propagando esta falsedad en pro de un sistema injusto, caduco e inoperante comienza por la reivindicación de nuestra capacidad individual y comunitaria de organización. Es complicado despertar a décadas de discursos que nos orillan a buscar soluciones en abstracciones institucionales, o darnos cuenta que desde los núcleos familiares, vecinales y comunitarios podemos ejercer poder y alterar realidades directas. De igual forma, también es un reto trascender las idílicas formas localistas que nos engañan pensando que consumiendo local, siendo vegetarianos y teniendo juntas vecinales a las que asistimos en nuestra bicicleta artesanal son acciones suficientes para ejercer una revolución política profunda que incida en el arreglo hegemónico actual. Los localismos son la misma falacia de “el cambio comienza en una mismo” que nos hace pensar que para no ser secuestrados, desaparecidos o violentados no hace falta más que tirar la basura en su lugar y evitar dar mordida.

Pero ahí es dónde radica el potencial transformador del nihilismo político; a partir de ese cinismo crítico y esa desfachatez casi existencial, es posible visualizar una condición política comunitaria y local que pretenda estallar en redes mayores. Un contagio emancipador que al comprender las realizaciones básicas del absurdo político, nos permita ir replicando nociones libertarias en múltiples puntos del territorio nacional. 

Ejemplos los tenemos, tanto en la historia como en el presente nacional. El meollo de todo el asunto es acercarnos a esas realidades emancipadoras al tiempo que nos alejamos de los placebos institucionales que sexenio tras sexenio nos pican los ojos del sentido común.

Establecer ese cambio requiere enfrentar el miedo que provoca la radicalidad de un rechazo total a las formas políticas actuales, alejarse de la falsa idea de seguridad que dan las estructuras institucionales de donde surje este nihilismo. El primer paso es nombrar el vacío, rehusarnos a participar de un simulacro y comunicar de viva voz las contradicciones que nos orillan a ello. Una vez que hagamos evidente este absurdo —que para muchos es cotidiano—, entonces el caminar hacia una organización distinta se vuelve una posibilidad real.