Lxs Modernitxs

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La noche de viernes en el Barrio Antiguo de Monterrey es una noche como de selva. No hay ceibas acariciando el cielo, pero el Condominio Acero se erige con la convicción de un árbol enorme. No se escucha la estridencia de las cigarras, pero sí el rugido de un mar de automóviles. Tampoco hay fieras ocultas entre la maleza, pero algunos ojos nos observan desde la oscuridad.

El calor lo impregna todo; la humedad se adhiere al cuerpo y se suda y se suda y se bebe cerveza y los cuerpos que se dan cita en Barrio no pueden desprenderse de cierto grado de decadencia. La decadencia, por sí misma, siempre es democrática. Llegan a pie, llegan en bus, llegan como salidos de las alcantarillas. Llegan, como yo, en un Uber que partió de una realidad distinta: desde una de tantas privadas, en colonias con nombres híbridos de realeza y naturaleza. Esta juventud cobijada en sus ropas monocromáticas escapa de algún feudo en San Pedro para vivir algo diferente. ¿Idealización de la pobreza o genuino sueño de libertad? Qué importa. Acá no hay cadeneros, acá no se escuchan los acentos que entonan quienes están en los deciles de ingresos más altos.

Es más, acá las palabras sobran. En un escenario pardeado no hay lugar para los unos y los otros, la oscuridad diluye la otredad porque nadie se ve claro. Se va al Barrio a medio ver. Se va con la esperanza de que lo que se ha decidido mostrar sea visto, a pesar de la poca luz. La oscuridad engaña y lo saben, por eso estamos aquí.

Llego al Astro. ¿Es un bar o un club? Es algo intermedio. Me siento con la soberbia ridícula del explorador que cree por un momento que es menos animal que el animal al que observa. Lxs Modernitxs son el sujeto de estudio; @MemoGarciaC es uno de ellos y se comprometió a hacer posible esta exploración. La especificidad de Lxs Modernitxs no está en el gusto por hablar de ellos. En todo caso, la búsqueda de protagonismo los ratifica como humanos. La especificidad que nos ocupa radica en la convergencia de la multiplicidad de vidas: las vidas digitales –así, en plural– con el plano físico. Lo seductor de esta gente es que han logrado la ejecución de una interacción digital en un mundo analógico.

Vamos al Astro porque hoy hay Club Viral. En Facebook, Club Viral se describe como "Fiesta de música vetada en Monterrey"... el recinto le hace homenaje a las notas clandestinas que busca. Llegamos y somos recibidos por una suerte de front desk en penumbra sobre el cual levita una serpiente de neón alumbrada por un verde como tóxico. Alcanzamos el 2x1 gracias al compromiso suicida de una conductora de Uber; pagamos por entrar, son apenas las once. Pasamos a una segunda sala donde se emula una maquinita de Arcade, de esos que ninguno de los ahí reunidos alcanzamos a vivir. Me saluda @LaDanyAlvi, tiene en la mano una paleta roja de caramelo macizo. Grita efusivamente (es el noreste de México, no hay otras maneras). Ella también es una modernita. Le dicen de burla que es una tuitstar, el número de seguidores que ostenta quizá no alcance para eso, pero es claro que su vida digital le pesa a ella y a los otros. Me acerca su celular:

ola quieres venir a mi casa a comer lucky charms en calzones y ver netflix todo el día??¿

Así dice el tuit escrito por ella. «Es una mamada básica», me dice. No queda claro dónde acaba lo básico y comienza lo moderno. El tuit obtuvo unos 745 Likes y 271 RTs. Hay una vida digital, no cabe duda. Me dice Dany que ella era una "Regina" (denominación para el arquetipo de niña bien: con familia adinerada, futuro prometedor y buenas costumbres) y pues ahora está en Barrio. Niega ser modernita: «Soy como Hanna Montanna, I'm the best of both worlds». De alguna manera escapó de aquella realidad impuesta por la membresía de clubes de golf y la búsqueda de esposo para desfogar en esta vida alterna, en una cuenta de Twitter. Esa vida que se sostiene en 140 caracteres terminó por volverse real en este preciso tiempo y lugar en que me ha mostrado su celular. @LaDanyAlvi es una modernita.

Seguimos a un cuarto donde está postrada una barra invadida por una luz muy clara, casi rosa. Después, frente a mis ojos se abre un enorme patio. Al frente, un altar desde donde sale la música y la poca gente que se ha dado cita comienza a ocupar las orillas del patio. El centro del lugar está lleno únicamente en su parte de hasta adelante.

Me dice @MemoGarciaC que está tocando ZUTZUT. Me explica que ZUTZUT está firmado por NAAFI –«con 2ble AA & 4○○○○», como dicen ellos de ellos mismos– y de todo yo sólo entiendo que se trata de una suerte de sello discográfico. NAAFI es un tema de interés más allá de la frontera nacional, sólo así me explico que hayan sido entrevistados por El País y otros medios internacionales. Alberto Bustamante, fundador y productor de NAAFI, dice en la entrevista con El País que «hubo un punto en que nos dimos cuenta que NAAFI estaba siendo utilizado en el DF como adjetivo. 'Eso está muy NAAFI'. [Significa] Más raro, más freak, obscuro, políticamente consciente».

ZUTZUT fue el puente para importar hasta la sultana del norte el antiglamour de lo NAAFI, quizá por ello su apariencia era mucho más discreta en relación con los que ahí se baten contra sí mismos al ritmo de su música. @elzutzut sólo está ahí para tocar desde una mesa cubierta con pétalos de rosa, al tiempo que toma una foto esporádica para que el plano digital termine de empatar con el mundo terrenal. Se comienza a llenar el lugar. Un mesero y una mesera, ambos con cara de fastidio, rondan el lugar preguntando a la gente que qué quiere. Reparten cervezas a un ritmo alocado y de vez en vez unos floreros que presuntamente contienen mezcal. El humo de los cigarros se esparce como incienso: estamos frente a un ritual religioso, no hay duda. En todo acto de fe hay siempre fanáticos; éstos están agolpados al frente, lo más cercano al altar.

Decido adentrarme a esa zona que no ha dejado de estar llena. Cerca del origen de la música vetada se ve otro mundo. Hay tres disfrazados de criaturas: una Harley Queen de recio aspecto nacional, otro flaco y alto que va de hombre lobo, y un tercero, que es una suerte de ninja. Rebotan erráticos en el espacio. Hay electricidad en el aire porque ellos se juran electrones.

Escapo para buscar un aire menos viciado. Tropiezo y me tropiezan, hay ya mucha gente y la oscuridad me agudiza lo torpe. Sólo nos baña la luz de colores que prende y apaga, y la de unas pantallas que proyectan bacterias –o quizás neuronas– de color morado. "CLUB VIRAL" aparece de repente en las pantallas. De pronto la gente comienza a moverse más rápido, se sacuden como si ya no importara nada. Hay un hombre de pelo largo, como de un metro ochenta de estatura y complexión robusta; no sé si parece un niño gigante o un leñador inocente. Se mueve de un lado a otro, pero con la mirada perdida. Él se ha fundido en la fiesta. Él ya sólo puede ser visto. Veo a otro con un sombrero como de menonita y una vestimenta saqueada de un asilo. Toma fotos del lugar. Una y otra vez. Sale el flash, no es discreto y no hace falta serlo.

«Qué perra, qué perra. Qué perra mi amiga». 

Se escucha desde las bocinas y la gente aúlla en aprobación. Se repite: «Qué perra, qué perra. Qué perra mi amiga» y el público, ya efervescente, hace lo propio.

Encuentro a @MemoGarciaC. Habla con una veinteañera que porta una entallada blusa blanca sin mangas y el acento de toda la imagen reside en su diminuta gorra.

- Oye, ¿qué signo eres?
- Virgo, ¿tú?
- Yo soy Libra.

Rompen la conversación y se quedan viendo en silencio para distintos lados. Ella se queda balanceándose, siguiendo el ritmo cada vez más ausente, como de intermedio. @MemoGarciaC me habla y me dice que ahora sigue de tocar GVAJARDO.

Entran en la zona frontal dos mujeres. Se mueven en el escenario a otro ritmo, sus tiempos y los nuestros no son los mismos. GVJARADO lleva un vestido negro que le enmarca la figura y en su cuello se detienen unos audífonos enormes de esos de locutor de radio. Su cabellera de un rubio casi chillante encuentra en estos audífonos un accesorio. La gente comienza a aplaudirle y a gritar; ella hace como que no les mira y dibuja una sonrisa endeble que es más bien una mueca. Ella no muestra un afecto explícitamente recíproco. Ella es la amiga más perra. Ella es la reina esa noche.

A su costado, Margaret Y Ya baila al ritmo de la música de GVAJARDO. Margaret Y Ya viste para la ocasión: micro shorts diminutos y una suerte de sostén que consiste en dos hipopótamos –o tal vez unicornios– de color rosa fosforescente que le cubren cada teta. Además, tiene puesta una visera de rosa traslúcido; juguetea con ésta y sigue bailando, apuntando discretamente a la gente del público. Los cuerpos presentes chocan unos contra otros y desesperan por su incapacidad para violar las leyes de la materia.

«¿Entonces son dos batos? ¡Qué Chingón!», escucho que comentan atrás de mí. La fluidez en todas sus aplicaciones es, en cada rincón del sitio, un ineludible. Se me aparece Paula. Es amiga de la que lleva la gorra diminuta; me confiesa que ella nunca había venido aquí. «Me encanta que aquí hay gente de todo, pero de que mañana no se van a hablar y hoy perreando», me dice Paula y en ello adivina la complicidad que exige lo clandestino. Al final, es una suma de movimientos involuntarios lo que nos ha reunido a todos en el Astro y por eso empezamos a aparecer y desaparecer en distintos lugares del patio, en una danza errática y un tanto ajena.

Entonces se siente cómo la gente empieza a empujarse hacia adelante. Aprovecho la situación, trato de acercarme a donde actúan de fe los fanáticos. Comparten el espacio, pero poco más. Hay algo que los hace ver como si bailaran solos, aunque estén rodeados de gente. Dos modernitos roban mi atención: uno de ellos trae una playera rosa con una Virgen de Guadalupe que le cubre toda la espalda, el otro va completamente de negro y lleva un paliacate como emulando a los habitantes de las zonas marginadas de la ciudad. La indumentaria les expulsa completamente de las definiciones fáciles cuando de temas de género hablamos, pero la estética –palabra tan manoseada en el conversatorio modernito– refiere casi siempre a lo marginal. No son lo suficientemente oprimidos para ser marginales y en ello siempre ha de descansar un desasosiego ligero, tolerable, como el mareo que precede a la borrachera. Vuelvo a ver a la de la gorra diminuta. Tiene un ramo de flores rojas. Cierra los ojos y sube y baja el ramo mientras contonea las caderas. Parece imitar un ritual de la India y eso es, al mismo tiempo, perfectamente normal dentro de este contexto. Se me acaba el aire e irónicamente me invade una urgencia por fumar. En mi intento por escapar me veo sitiado por un círculo en torno a una mujer muy bajita, de aspecto casi infantil, que baila convulsa y muy cerca del suelo. Pienso que su aspecto me ha parecido infantil porque su cabello me ha recordado a Dora La Exploradora. Rodeo aquel microespectáculo y esquivo a otro hombre que lleva unas rastas larguísimas; él juega con un yoyo chino y yo recuerdo que ese juguete lo vendían afuera de mi escuela. Recuerdo también que lo dejaron de vender porque supuestamente el líquido que contenía la bola de goma era venenoso.

Me logro guarecer debajo de la escalera que sube hasta los baños. Enciendo un cigarro, veo entre la gente y comienza a darme náuseas. Un grito me para el vértigo: «¡Güey me vine disfrazada!», giro y me topo con una mujer de top dorado que le habla –más bien le grita– con emoción ansiosa a uno de sus amigos. «Todos los que estamos aquí hicimos eso», pienso. Vuelvo a dar una calada al cigarro, noto que están los dos meseros recargados en el barandal de la escalera que se extiende pegada a uno de los muros del patio. «Bailas padre», le dice él a ella. «Vete a la verga», ella responde.

Margaret Y Ya deja el escenario. Baja, se zambulle en el público. Cinco personas le siguen como un séquito y en ello confirma su vínculo con la realeza. Me pasa y toma las escaleras, su mano la apoya en el barandal y mira fijamente a un hombre de unos 20 años que viene en dirección contraria, con la mano también en el barandal. Él se queda petrificado al ver a Margaret Y Ya subir. Ninguno aparta la mirada. Él, quieto, espera hasta que tiene a Margaret Y Ya de frente. Ella sólo lo rodea. Aquel joven de 20 años tardó unos tres segundos en devolverse a la realidad.

Me rescata @MemoGarciaC. Le sigue de cerca la de la gorra diminuta y noto que llevaba rato con Paula cerca de mí. Las dos se encuentran: «Había un güey bailando sencillamente mal, pero el problema es que ocupa mucho espacio. Güey, ¡yo estoy bailando bien! Le estoy haciendo un favor al mundo», le dice visiblemente enojada a una indiferente Paula.

Son ya las dos de la mañana. Se supone que deben dejar de vender alcohol, pero me parece impensable que la ley –más en este país– pudiera decir algo en este respecto. Nos marchamos y mientras las calles del Barrio Antiguo comienzan a exhibir la decadencia democrática que nos había reunido en un principio, pienso que no he entendido nada. No sé a qué hora el Club Viral vivió su clausura.

Tomo el celular y tuiteo: «de verdad que yo no he entendido nada».