La vida no es un circo

Lo que hizo Hannah Gadsby en su especial de Netflix, 'Nanette', fue leer el manifiesto comunista de nuestro tiempo. La lucha ya no es sólo de clases, es de la periferia contra el centro y de quienes se divierten contra los que divertimos. 'Nanette' marca un antes y un después en la forma en que entendemos el entretenimiento, pues sale a decir las verdades que no divierten y lo hace desde algo que se suponía iba a ser divertido: un stand up.

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Yo me aburría horrores todos los veranos porque soy el pilón en mi familia; tenía entonces que arreglármelas para divertirme con personas que hacía mucho tiempo cambiaron los juguetes por facturas y los resultados no siempre eran a favor de mi cruzada.

— Mamá estoy aburrido.
— La vida no es un circo, Luis Ernesto. No siempre vas a estar entretenido.

Con tan sólo 5 años entendí dos cosas: la frontera de la paciencia de mi madre no está muy lejos y la vida no es una sucesión de diversiones.

Lo primero a ustedes no les importa y lo último podrá parecer para muchos una obviedad, pero no lo es, o al menos no lo parece. Las redes sociales se vuelven enciclopedias de cosas divertidas y de algún modo en la sociedad lo aceptamos como un valor en sí mismo. La capacidad para hacer reír es un valor de la humanidad contemporánea, y en ello se ratifica que las motivaciones detrás de la risa sirven a alguien.

«Hay más videos divertidos en internet... que malas noticias en el mundo», acá de fondo se consume la risa. Y como bien nos aconseja Coca-Cola, hay productos que es bueno consumir y otros que no, pero la razón detrás de ese consumo voraz no es tema.

Y no es tema porque de fondo consumimos para sentirnos bien, es decir, lo merecemos, ¿no? Nuestro trabajo nos costó, nos costó echar abajo las ideologías rancias para ya no tener que preocuparnos por eso. Más aún, nosotros hacemos las cosas bien, trabajamos, procuramos estar primero bien nosotros para ayudar a las demás personas, ponemos nuestro granito de arena todos los días, y encima hay quien se enoja porque queremos, en medio de todo eso, descansar un poco.

El mundo ya es como es, es un gran lugar, y sí tiene sus detalles (como todas las cosas y todas las personas), pero pues lo importante es ponernos de acuerdo, fijarnos en lo que nos une e ir arreglando lo que hay que arreglar poco a poco.

Todo ese buenondismo tiene su evangelio en la publicidad. Primero la televisión y luego las redes sociales sirvieron como vehículos para perdonar nuestros pecados y sentirnos bien, sentirnos cómodos y hasta en paz.

«La televisión divulga las convicciones y, de paso, las transforma en algo semejante y distinto, no la irreverencia desde luego, pero sí la conciencia escindida entre el rezo íntimo y la magna divulgación de los rezos íntimos, entre las representaciones sacras y el monitor. ¿Eso actualiza el dogma? Probablemente no, ni subraya tampoco la incredulidad. La televisión en nuestros días, centro de las creencias y las idolatrías inexplicables, ni es creyente ni deja de serlo, es el precipitarse por las imágenes que se disuelven en la indiferenciación, es la rutina que de pronto adquiere visos de zarza ardiente». 
— Carlos Monsiváis

“Reflexiones que se detienen al borde de la herejía por falta de un patrocinador”, Carlos Monsiváis, 1995.


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La televisión divulgaba creencias y hoy el internet —en sus múltiples canales— hace lo propio. Entonces, ¿cuáles son nuestras idolatrías? Son una serie de atributos que damos a causas, personas y objetos para poder consumirlos y sentirnos bien haciéndolo. Es la lista de requerimientos para que algo valga la pena ser publicado en Facebook o en Twitter y se pueda sumar al universo de «las imágenes que se disuelven en la indiferenciación» o en el scroll.

Y sin embargo, hay quien aprovecha la condición portadora de estos canales de comunicación para atreverse a realizar una Herejía. Hannah Gadsby en Nanette nos recuerda a Galileo gritando que la tierra se mueve cuando declara que el hombre blanco heterosexual ya no es el centro del universo, arrebatándole el monopolio de la normalidad. Sale a decir las verdades que no divierten y lo hace desde algo que se suponía iba a ser divertido: un stand up.

Nanette es un auténtico caballo de Troya. Se coló a las filas de nuestra satisfacción —o alienación— más íntima (Netflix and chill está ya en obsolescencia, pero no faltará quien lo siga usando; no se puede negar su carga ideológica). Desde ahí nos engañó, a todas y todos. Yo puse ese especial de Netflix sin esperar nada, una comediante queer más y el resultado fue completamente inesperado.

Todo empezó como se supone que debía ir y en la recta final tomó lugar un discurso casi evangelizador, incluso revolucionario. Es más, lo que hizo Hannah Gadsby fue leer el manifiesto comunista de nuestro tiempo. La lucha ya no es sólo de clases, es de la periferia contra el centro y de quienes se divierten contra los que divertimos.

La crítica es brutal porque ataca el eje central de todos nuestros malestares en la modernidad: de cómo la intolerancia, la violencia, la irrelevancia y la mentira se mezclan en el mundo moderno, pero Gadsby lo plantea de manera sutil, como una suerte de consecuencia de que exista una subcategoría humana merecedora de buscar y tener todo el placer, y un resto obligado a ayudar a que así sea.

 
 

Gadsby manda al carajo esa idea y se dispone a hacer lo contrario: incomodar (que, ojo, es muy distinto a acosar). Lo que hace Gadsby es primero regalar salchichas y luego explicar con detenimiento cómo se hacen, no es propaganda es antipropaganda porque su principal recurso es su historia completa, no está sesgada por lo que se espera que cuente para que dé risa. Declara, además, que la risa es un paliativo —gran arma del hedonismo ideológico— y llama a la confrontación de las historias, pero más importante aún redefine el espectáculo: aquí no venimos a entretenernos, sino a manipular temporalmente la realidad para hacer de los márgenes centros y viceversa.

Se posiciona ideológicamente de modo magistral. Frente al dilema obra-artista, el problema es que el sistema exige que los artistas sean parte de la obra misma porque explota el culto a la personalidad. El arte es denunciado como parte de una maquinaria económica y como soldado de un sistema de poder que no quiere ser cuestionado, y utiliza el arte como una herramienta de propaganda para que las discusiones sean remitidas al “diálogo de la sociedad”, pero no a una interlocución entre bases y elites. Que el debate se centre en la legitimidad de odiar y la resignación de ser odiado.

Entonces toda la tesis ideológica que hace preferible un stand up convencional es tomada por Gadsby y destripada frente a un público atónito. Dice que el chiste se compone de dos partes, tensión y punchline (para liberar la tensión), pero hay más: el punchline libera la tensión porque se trata de una respuesta o desenlace que no era esperado por la secuencia lógica de los hechos.

Y, sin embargo, la rutina de Gadsby es cómica porque respeta la fórmula y es hasta divertida si se analiza como un todo. La profundidad de la denuncia en un medio así de simplón es la broma que amalgama toda la rutina.

La diferencia es que el chiste que cuenta Gadsby no es de esos que arrancan carcajadas, sino de los que te dejan el alma como chupada, con una mueca en el rostro y te acerca más preguntas de las que originalmente querías evitar.

Nanette marca un antes y un después en la forma en que entendemos el entretenimiento porque nos recuerda, efectivamente, que la vida no es un circo.