La vecinocracia

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Con la conformación del mundo digital la vida no se parte a la mitad, se duplica. Las miradas intrigosas que construían un universo de chismes y convivencia en una colonia han encontrado cause en los chats de vecinos. 

Y es que cualquiera que tenga la dicha de estar en su chat de vecinos sabe que esos sitios son difíciles. Al reemplazar la necesidad de verse a la cara uno se permite ser de otra manera, más franco (quizás) o menos prudente (casi siempre). Las miradas que miran a lo lejos en silencio, en las bancas de los parques que recuerdo de mi infancia, se reemplazan por el silencio de números de celular que nunca guardaré. Uno tiene derecho a juzgar gente sin rostro, los desplantes fuera de lugar transmutan en texto y las posibilidades que WhatsApp ofrece constituyen el límite del cielo. 

 
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El morbo histórico que volvió relevantes a los periódicos de nota roja puede quedar perfectamente saciado si uno se da el tiempo de ver su chat de vecinos. Los fantasmas fascistoides que anidaron los tiempos de un partido único nos siguen rondando. No les miento, el análisis electoral más fiel del que podamos ser testigos está en ese grupo silenciado por un año, está en los textos de esas personas que viven a unas calles de nosotros y que, aunque las lleguemos a conocer en persona, nunca serán las mismas. Les digo, no es que sean hipócritas, es que son dos personas distintas. Hay vecinos virtuales y otros “reales”. Yo, como muchos otros, me remito a una existencia escasamente virtual —Dios me libre de comentar algo— y nulamente real —mi única manifestación como vecino se reduce a un saludo eventual—, y con eso me encuentro muy en paz en donde vivo. 

Mis vecinos no quisieron quedarse al margen de las elecciones. El puro proceso electoral dio pie a exhibir los dos grandes motores de mi colonia: la rabia y el miedo. El administrador del grupo de colonos instó a no hacer propaganda; yo jamás tuve el valor de usar el chat para hablar de mis preferencias, pero una vecina sí lo tuvo para defender fervientemente a Movimiento Ciudadano como LA opción. La terminaron expulsando del chat por desacato y días después el administrador del grupo nos invitó a una reunión para conocer al Pato Zambrano. 

 
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Si la experiencia de este chat se hubiera limitado a entender la política como tabú (y al vicio de aplicar las reglas a discreción), no le hubiera dedicado un artículo. Una colonia sometida a la cruel ironía de tener a los pueblos originarios al centro —el parque lleva el nombre de una civilización prehispánica— y a las mujeres resaltando sobre cualquier cosa —todas las calles tienen nombre de mujeres ilustres—, no podía actuar normal como cualquier otra. 

Digamos que el ambiente altamente politizado instó a buscar lo propio para la colonia. La mesa directiva anterior fue muy vocal respecto a su apoyo a la alcaldía —eran descaradamente priístas—, al administrador del chat no le pareció —con razón de fondo, con delirio de formas y con congruencia impecable con la sociedad de este país— y convocó a un golpe de Estado. 

 
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La atenta solicitud derivó en una suerte de obligación. Quien no firmara sería removido del grupo, grupo que por cierto fue creado, en un inicio, para resolver temas de seguridad, por lo que contaba con la presencia de policías en el chat. La obligación apenas se cumplió parcialmente: me di cuenta porque yo no firmé y no fui removido. 

La contienda interna se fue calentando y, como uno entiende la política en los términos en que ha sido expuesto a ella, los peores vicios de nuestra democracia encontraron su manifestación microlocal. Acusaciones sin fundamento de todo lo que se le puede acusar a una junta de vecinos: robar el dinero de las cuotas (a buena hora me enteré que había cuotas), colusiones con partidos políticos (en mi colonia había unas viejitas haciendo campaña por el partido Verde porque una sobrina de ellas era candidata, también en nuestra colonia vive un excandidato de MC a la diputación federal y, sobra decir, que mi casa fue bodega de la campaña de Ale del Toro... uno comienza a pensar que algo tiene el agua) y otras inquisiciones Trumpianas o por ser más bien una colonia piadosa del estilo de Torquemada. 

El contraataque fue no menos espectacular. Increparon al administrador del grupo —quien jamás ocultó sus aspiraciones de ser presidente, pero siempre las mostró con (falsa) modestia— llamándolo “DROGADICTO!”. Me queda claro: la propaganda con propaganda se vence.

 
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Ya la pregunta era retórica. El cielo es el límite, pero siempre hay manera de caer más y más. Cuando se trata de imaginarnos distopías hay que admitir que somos más creativos: el fin del mundo va a ser de exportación nacional. 

Sin embargo, no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla y el día de la elección llegó. Tuve la desdicha de no poder presenciarlo en vivo, por lo que no tuve más remedio que vivir a la distancia la histórica elección. 

A las 18:30 del 28 de julio el administrador del chat admitía la derrota. Quisiera adjuntar el conmovedor mensaje, pero lo borró (ya suficientemente malo es perder como para guardar registro). Un vecino respondió de viva voz: “parece que en lugar de junta de mejoras, será de empeoras”. 

El administrador terminó por “pasar el changarro”. Entregó los contactos del chat a la mesa vigente que logró reelegirse y terminó por cerrar el grupo. 

La historia no tiene mayor moraleja. Rescato un mensajito que envió el administrador cuando, además de ser día del padre, México le ganó a Alemania en el mundial:

 
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Los mediocres de pensamiento y de acción somos aquellos que nos quedamos mirando. Que no nos interesó lo suficiente el grito de ayuda en el chat como para involucrarnos, para dar nuestra opinión o para disipar falsas mayorías o consensos. 

Quienes nos sorprendimos de que una campaña basada en mala propaganda y propuestas imposibles de cumplir tuviera efecto, nunca nos dimos a la tarea de vocalizar nuestros pensamientos y no porque tengamos razón, sino porque nos negamos al diálogo y en ello validamos que así sea como se hace la política. Lo digo con tristeza, pero sí me sentí un poco como “candil de la calle y oscuridad de la casa” y también confieso que a los pocos días me dejó de importar. 

Perdí mi chat de vecinos y gané una vecinocracia. Aquí hay una respuesta para pensar en futuros posibles, pero honestamente ¿quién le va a entrar?