La trampa de la elección 2018

Cuatro candidatos a la presidencia de México entran a un bar (una quinta, se queda mirando afuera). Los candidatos platican con el encargado para convencer su voto. Uno de ellos pide una Carta Blanca y se pone a mentar madres; el otro, saca un iPad y pide un proyector bluetooth para poner su Keynote; otro llega comiendo chocoroles y se pone a bromear sobre su condición de piel; el último, repite cuatro o cinco frases, mientras varios gritan desde sus mesas lo que quiso decir, dando contexto, articulando su mensaje y ampliando sobre los temas que deja a medias, desconoce o guarda silencio. 

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A menos que ocurra uno de los tres escenarios electorales apocalípticos, que francamente se antojan improbables dado el hartazgo que han medido varias encuestas, Andrés Manuel López Obrador se perfila para por fin ganar la elección y convertirse en presidente de México. 

El escenario de pesadilla más improbable y aterrador lo protagoniza Guillermo Memo Rentería, el mastermind detrás de la marca El Bronco. Con una estrategia de comunicación política atípica para el mercado electoral, pero sumamente normie dentro del mundo de la publicidad y la mercadotecnia comercial, Rentería logró capitalizar en votos el hartazgo anti PRI-PAN (PRIAN, para efectos prácticos) de los regios. Lejos de posicionar la (nula) plataforma política de Jaime Rodríguez como una opción interesante, su histórica campaña tuvo el acierto de memificar y caricaturizar a un personaje que terminó por hacer click con la raza. Es decir, Rentería logró hacer de El Bronco una marca antisistema. No se votó por El Bronco, se votó en contra del PAN y, sobre todo, del PRI. Votar por él no unificó a los regiomontanos en legiones de broncolievers, no, votar por él unificó a los regios en la más estruendosa mentada de madre que había recibido el sistema bipartidista de Nuevo León. Pronto llegó la decepción. 

El segundo escenario de pesadilla lo protagoniza el chico maravilla, Ricardo Anaya. Al frente del Frente, Anaya se ha consolidado como un depredador político trilingüe, moderno y disruptivo. Si el Neoliberalismo tuviera forma humana y credencial de elector, votaría extasiado por él. Con un mensaje aleccionador sobre el futuro, Anaya apantalla a sus seguidores con Keynotes que hablan de todo y nada. Cualquier parecido a una TEDTalk promedio no es mera coincidencia: Anaya tiene el presupuesto para replicar ese formato (algo así como un TEDxCEOdeMéxico) en varias plazas del país. Bajo una extraña lógica en la que la robotización y los vehículos autónomos se apoderan de los trabajos y las calles del país, Anaya se asume como un entusiasta promotor del tecnocapitalismo; para ello, ofrece en sus presentaciones un desorientado recorrido por algunas historias de éxito (como el surgimiento de Netflix (¿?) ante la debacle de Blockbuster, por poner un ejemplo), algo así como si la Quo se asociara con el Economist Intelligence Unit. ¿Qué tiene que ver aquello con el desmadre en el país? Todo y nada. El candidato del Frente rebasa por la derecha y toma el libramiento de terracería más complicado de todos para salir por la izquierda con la propuesta del Ingreso Básico Universal (UBI, por sus siglas en inglés). La discusión del UBI sin duda es interesante... pero así no, no como un mecanismo de dádivas que explícitamente anuncia su intención de proteger a los más ricos de la ira de la clase obrera. En este escenario tecnoutópico de palomazos rockeros (🤟) y huecas canciones pegajosas, también hay espacio para endorsements análogos de la monocultura mexicana de antaño: ahí están #LaBanquells y Manolo Negrete, los Anayistas más prominentes fuera del círculo Fox.

El tercer escenario apocalíptico sólo sería posible si México decide dispararse en el pie votando por Pepe Mid, el representante ciudadano del PRI. El camaleónico partido tiene hoy su puesta en escena más cínica: dado que el sexenio de Peña Nieto ha resultado un desastre en muchos (sino es que en todos) sentidos, el PRI presenta a su candidato José Antonio Meade como un outsider, casi como un opositor (camuflaje tecnócrata). Si acaso, la única lealtad implícita que ofrece la campaña del PRI es al priismo, esa enfermedad que recorre las venas de buena parte del país, que ataca al sistema inmunitario del mexicano y lo hace susceptible de dispararse en el pie. La verborrea acantinflada del PRI también se mantiene intacta: ahí está el candidato legítimo, Aurelio Nuño, haciendo penosos malabares en televisión, con los ademanes y la risita cínica que caracteriza al priista-sapiens. Los personajes más vocales dentro del PRI saben que la debacle electoral es inminente, pero han sido entrenados bajo los más estrictos estándares de cinismo como para conceder el más mínimo signo de debilidad. Pareciera que en su debacle prefieren llevarse a todos de encuentro que aceptar el rechazo generalizado de los mexicanos.  

(El escenario de Margarita Zavala se merece un deprimente suspiro.) 

Con esa terna compite Andrés Manuel López Obrador. Más que una boleta electoral con nombres de candidatos con propuestas y trayectorias, el voto en esta ocasión parece encaminarse a una selección de escenarios. Aparte de ubicarse en 2018 con la nada despreciable ventaja de ser el menos peor, AMLO se presenta como una versión serenada de sus alter egos de 2006 y 2012. El otrora Señor López que encarnaba todos los miedos Chavistas de los clasemedieros y fifís, esa reencarnación diabólica de un peligro para México que pone en posición fetal a Jaime Sánchez Susarrey y a Pablo Hiriart, llega en 2018 ante un escenario de hartazgo acumulado y un momento particular en donde los medios tradicionales (prensa, radio y televisión) han perdido, aparentemente, su poder de influencia entre la gente. 

Ante este vacío, López Obrador se posiciona como un meh, como un Hail Mary en tiempo extra para muchos electores decepcionados. Con un diagnóstico más o menos bien elaborado, la situación del país parece exigir un remedio tabasqueño para sus males: una revisión a profundidad del desmadre que dejan 18 años de gobierno PRIANista.  

El minimalismo en el discurso de López Obrador tiene hoy una aceptación nunca antes vista, casi avant-garde, como si se tratara del mismísimo John Cage y su 4′33. Chairxs, analistas, modernitxs, periodistas, activistas, influencers y bots humanos se han convertido en los Rubenes Aguilares de AMLO: traductores que pueden articular, ampliar, explicar y sustentar lo que el tabasqueño deja a medias, desconoce o guarda silencio. 
 
“Entiendo” y a la vez no lo entiendo. Estamos –o están, mejor dicho– en campaña. Primero la victoria, después la crítica; parece como si los simpatizantes y seguidores de AMLO estuvieran aplicando la técnica sordeada de aguantar, minimizar y posponer cualquier esbozo de crítica hacia las posturas del tabasqueño. Los cuestionamientos, las críticas y las reservas, al cajón. La prioridad es que se vaya el PRI, que se consolide la ventaja de AMLO sobre el Frente, que se superen los temores clasistas, que se equilibre la calidad de la cobertura de AMLO respecto a sus otros contrincantes –más no la cantidad, porque en ese rubro AMLO supera ampliamente, sea ésta positiva o negativa–, que los empresarios no se preocupen, que la gente no tenga miedo, que los mercados no se alteren. La decodificación de su mensaje, de lo que representa su victoria, se ha convertido en un acto de buena fe, un call to arms pragmático desde alguna de las izquierdas (desde la academia, el activismo, el periodismo) que se asemeja a la decisión de flexibilizar la entrada pluri-ideológica de MORENA para asegurar la victoria. 

La trampa de esta elección está en que, ante un escenario apocalíptico improbable (en el que El Bronco, el Frente o el PRI salen victoriosos), la duda, las reservas o la antipatía generalizada al proceso electoral en lo general, y en lo particular a la opción que representa la candidatura de López Obrador, se equipara a traición, a ignorancia e incluso a complicidad. La única manera de derrotar al priismo (encarnado en el PRI-PAN-PRD) es votar por AMLO; las reservas vienen después, la crítica viene después, los cuestionamientos hoy se convierten en dardos para el priismo.

Sin embargo, hoy, ya con la terna de candidatos completa, habemos quienes no tenemos claro el panorama, aún y cuando está latente la opción del menos peor