La estética de la chairiza (I)

En la primera de quién sabe cuántas entregas, el autor estira caracteres para desmenuzar y hasta defender la existencia de la chairiza. El tema es relevante no por la oportuna (¿?) definición que le colgó el Colegio de México, tampoco por el reciente debate entre dos de sus máximos –y opuestos– exponentes, es relevante «porque resultaría un desperdicio dejar de comprenderla». 


De entre los productos “artesanales” de un mercado de diseño en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, se cuela hasta el escenario el Perro Mapache, un cantante capaz de multiplicarse hasta formar una banda. Este hombre orquesta porta un sombrero peludo que simula la cola de un mapache y un aspecto que podría inclinar al espectador a creer que vive una vida de perro. Como escenografía le acompañan champús elaborados a mano, mermeladas de chile de árbol con moras y cervezas artesanales. 

Cuando comienza a tocar, el primer estribillo deja helados a los consumidores: 

🎶 ¿Para qué tanto pinche bloqueo? Si el güero se mueve en helicóptero... 

🤘¡Ahuevo!  – Le grita eufórico un señor de cincuenta y pico de años desde el anaquel de las mermeladas. 

La escena no es anecdótica, es una definición visual de la chairiza: la gentrificación sutil que envuelve a esos mercados “artesanales” y que los hace exactamente iguales desde Nuevo León hasta Chiapas; el discurso revanchista que mueve las fibras nostálgicas de una juventud revolucionaria que quedó sosegada en un trabajo de 9 a 6 hace ya muchos años; hasta la figura del Perro Mapache, que se nota impregnada de la hipsterización comercial globalizante. Aunque todos los elementos gritan inconsistencia, sería erróneo creer que por inconsistente es hipócrita o, peor aún, superficial. 

La escena me devolvió a un texto de Carlos Monsiváis que me obsesiona: No es que esté feo, sino que estoy mal envuelto je-je (Notas sobre la estética de la naquiza), un ensayo que combina aforismos lapidarios con una narración de lo cotidiano que permite redondear sus puntos. Para disfrute de los lectores perezosos, el propio Monsi incluyó un resumen de sus reflexiones:

Seré sintético: enajenada, manipulada, devastada económicamente, la naquiza enloquece con lo que no comprende y comprende lo que no la enloquece. Y para qué más que la verdad: la naquiza hereda lo que la clase media abandona.
— Carlos Monsiváis

De entrada, hablar de la naquiza para explicar la chairiza puede parecer como una provocación clasista –esto, en un modo que me excede como autor y me define como persona, quizás sea verdad–, pero en todo caso el fin último de este texto es defender que la chairiza exista. No se trata de una patología social, sino de una nueva sociedad que se nos presenta y que resultaría un desperdicio dejar de comprenderla. 

A diferencia de la naquiza, la chairiza no cuenta con un componente socioeconómico: el derecho a equivocarse y a la terquedad se nos da a lo largo del espectro de la desigualdad. La chairiza, empero, sí comparte con la naquiza un sentimiento de enajenamiento y manipulación. 

 

Nadie hace nada porque a nadie le interesas.
La gente de arriba te detesta, hay más gente que quiere que caigan sus cabezas.
Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a coger.
Porque fuimos potencia mundial
somos pobres, nos manejan mal
 

Gimme Tha Power Molotov

 

Además, la chairiza, como la naquiza, «enloquece con lo que no comprende y comprende lo que no la enloquece». Comprende que se constituye como un reacercamiento a las mega-narrativas que se dieron por muertas con la caída del Muro de Berlín, que le devuelve relevancia al hecho de posicionarse en el espectro político y que, con su actitud, amedrenta el discurso político unificador que ha secuestrado el debate público en México en los últimos veinte años. Y todo eso que comprende le da igual porque, al mismo tiempo, la chairiza se memifica por su obsesión con las formas y se desdibuja en el momento que trata de empatar estructuras ideológicas de la década de los setenta en un contexto actual, lo que la opinología de nuestro tiempo considera como una manifestación demencial. 

Con esta visión se ha llegado al punto de reducir la chairiza a una patología social, marginándola del nivel que posee: la manifestación de una nueva sociedad que surge. Si la naquiza hereda lo que la clase media abandona, la chairiza hace lo propio con el abandonado sueño de vida democrática. 

 #OrgulloChairo 

Los enemigos de lo chairo terminan por acotar la chairiza dentro de dos definiciones globales (el debate entre Antonio Attolini y Callo de Hacha es un buen ejemplo). La primera tacha la chairiza como una expresión de hipocresía por ser inconsistente, como si esta post post post modernidad –así, en minúsculas– no se alimentara de ello: del rechazo a los absolutos y el enamoramiento de las áreas grises; la chairiza regresa a los dogmas que incorpora la ideología, pero los flexibiliza porque de fondo hay un quiebre entre lo que dicta el discurso hegemónico que abarca la vida democrática y lo que, por ejemplo, el socialismo más puro nos exigiría. En palabras llanas, queremos justicia social, pero comodidad individual; queremos educación y salud pública y gratuita, pero que nos cobren menos impuestos. No es que no se comprenda lo que exige el compromiso ideológico, es que hemos sido incapaces de actualizar las restricciones de la ideológica en el contexto del mundo al que todos los días nos tenemos que enfrentar.

La otra vertiente es la que descalifica la chairiza porque sólo cree importante lo que para ella es importante y Antonio Attolini desarrolla esa crítica con claridad: «el chairo es aquella persona que confunde su muestra con el universo, su espacio más inmediato de realidad piensa que es el de todos los demás». 

Ciertamente rebatirlo suena difícil, querer universalizar nuestras experiencias y volverlas verdaderas es matar el diálogo de inicio porque no hay nada más allá de nuestra opinión. Sin embargo, ¿se nos puede culpar por explicarnos la realidad desde lo que conocemos? ¿Se puede ser parte de una ideología y defenderla sin estar ciertos de que es la correcta? Cualquier compromiso ideológico nos exige convicción de estar en lo correcto y flexibilidad –¿o inconsistencia?– para cambiar de opinión, independientemente que aceptemos asumir errores.

 

No es que no se comprenda lo que exige el compromiso ideológico, es que hemos sido incapaces de actualizar las restricciones de la ideológica en el contexto del mundo al que todos los días nos tenemos que enfrentar.

 

La terquedad y la cerrazón no se descubrieron en nuestro tiempo, han existido en la esfera de la opinión pública desde siempre. El problema es que hoy por hoy se ha entrado en su misma dinámica de invalidación, ignorando que la opinión pública sólo muta en el antagonismo y la discusión, no en los falsos consensos. La chairiza se enloquece y se abandona cuando deja de existir en confrontación, cuando olvida que su carácter existe a lo largo del espectro; es decir, el chairo requiere de un derechairo para existir y complementarlo; para ser sociedad y no patología, la chairiza necesita que la confrontación genere pactos y rompimientos, no interacciones ascéticas y sordas. 

Sólo en los conflictos y –sobre todo– en las resoluciones, la chairiza podrá erigirse como historia y sociedad porque la suma de las experiencias anteriores terminará por inspirar su argumentario, su vestimenta; en suma, su estética. La chairiza y su conflicto constante con ella misma y los demás, lejos de ser estéril o peligrosa, es la muestra más pura de que, como sociedad, seguimos esperanzados en hacer funcionar lo público y el futuro que compartimos.