La aritmética no miente

 Foto:  Cuartoscuro.

Foto: Cuartoscuro.

Si algo me ha dejado este periodo de elecciones es una resignificación de lo que es una marometa mental. Aquí el fondo del argumento no importa mucho, de lo que se trata es de que se sienta real, póngale usted un dato o algo “entrecomillado” y se sentirá que es de verdad. Total, a quien le interese que lo busque en Verificado MX.

Pero eso sí, la aritmética no miente: el 1 de julio yo tenía una gata en mi casa y ahora ya no. A poco más de una semana mi gata me ha dejado, seguro que siempre fue Anayista. Lo que sí me sigue acompañando es el catálogo de impunidad que luce una reja de un baldío camino al Seven más cercano.

Sus “sonrisas” como de pescado del HEB siguen intactas, pero el sol de Alfonso Reyes lo desgasta todo: la infancia, la esperanza y la basura electoral. Muchas de esas caras probablemente no las volveré a ver y otras, por desgracia, sí: ostentando otros partidos y otras aspiraciones, después de todo está muy bien visto reciclar.

Yo no voy a hacer un análisis picudo del país que sigue. Confieso que sigo bastante molesto con el proceso (que no con todos los resultados) como para andar ofreciendo pasos a seguir, para fines prácticos yo les sigo a ustedes.

Y es que a mí la verdad es que importa un carajo si inicia o no la cuarta transformación o si Andrés Manuel cambió el Tsuru por un Jetta. Me importa poco si Ricardo Anaya seguirá siendo presidente del PAN o si se volverá a Atlanta. Admito que me da gusto que José Antonio Meade se haya ido a la playa, desde el día 2 de campaña se le veía en los ojos un mensaje como de “sáquenme de aquí”.

Aunque siempre es esperanzador que nos pusimos de acuerdo como país para algo, hay algo que no me acaba de cuadrar o gustar del todo. Siento como un enojo chiquito, pero latente, y una sensación como de que alguien me debe algo. Mi tiempo, mi paz, las dos anteriores.

Me emociona lo que llegue a hacer Andrés Manuel desde la presidencia, confieso que me siento un poco ridículo cuando le creo que de verdad quiere pasar a la historia como un buen presidente. El problema es que esa proclividad por el enamoramiento nos hizo dejar de lado lo que el proceso nos dejó.

Nos dejó por lo menos en Nuevo León lecciones peligrosas. ¿Con qué cara puede uno salir que como sociedad merecemos mejores campañas cuando los espectaculares, las mochilas regaladas, la entrega de apoyos (peor eufemismo de la historia) y las batucadas rindieron resultados? ¿Cómo rebate uno que tenemos que exigir mejores candidatos cuando el Pato Zambrano y Maderito funcionaron para acumular votos, o cuando Ernesto D’Alessio y Samuel García resultan electos? Nos guste o no la aritmética no miente.

Estamos ante un resultado de contundencia histórica donde la comunicación política sirvió para absolutamente nada, sino para reforzar los peores vicios de la misma: el paternalismo, el machismo, la irrelevancia, el desprecio por la verdad, el derroche.

Yo estoy convencido que algo se nos rompió como sociedad después de esta elección. El proceso de comunicación de entrada. El estúpido tabú de hablar de política se tradujo para muchos en una rabia solitaria que no va a ser compartida porque no será platicada, si acaso será un mal de muchos.

Necesitamos un proceso de reconciliación, con nuestro gobierno, con la democracia y con nosotros mismos. Me da gusto que el gobierno de AMLO lo entienda, me preocupa que cuando nos lo vengan a contar no les vayamos a creer.

Yo propongo que aprovechemos que Olga Sánchez Cordero anda promoviendo iniciativas de ley; estaría padre que alguien le recomendara hacer un decreto que legalizara el silencio porque queda claro que hablando no se entiende la gente, es más importante escuchar. Después de todo, prometer que todo se va a consulta rindió sus frutos, vean los votos: la aritmética no miente.