Esa “tez humilde” tan incómoda

Fernando “Micro” Hernández es tapatío, periodista, director y productor del podcast Esto no es radio y también produce y co-conduce America the Bilingual. Este texto lo publicó originalmente en su Medium. Después de contactarlo nos dio permiso de reproducirlo a continuación, muy ad hoc ante la conversación racista, clasista y elitista que ha generado, de manera consciente o inconsciente, cierta parte de usuarios de redes sociales a raíz del triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador. 


Al bato le gustaba que le dijeran “Palermo”. Eran los años de Martín Palermo, el delantero argentino que falló tres penales, que era alto, que era güero ojiazul y que era un imbécil. Como el compañero de mi prepa al que le gustaba que le dijeran “Palermo”.

Palermo me apodó “Indio pescador”. Un apodo que más que ofenderme, me desconcertaba. ¿Qué chingados era un “indio pescador” para el Palermo como para determinar que un hombre que se dedica a la pesca como método de subsistencia es un insulto?

De acuerdo con la SEP, yo tengo sangre de indio, de blanco y de negro — y, de acuerdo con la gente que le preguntaba a mi papá que si él era Jackie Chan, asiático —. La invisibilización de todas las razas mediante un proyecto amalgamado. La raza de bronce y cósmica como único futuro y como única respuesta para dejar de chingar con que fuimos — o somos — un país racista.

Desafortunadamente ese no fue el primer incidente. Hubo otros más sutiles con otras personas y en otros contextos. Recuerdo a mi prima, morena, a cuya madre le dicen despectivamente “la calentana” — ser calentano es ser de tierra caliente, muy moreno, muy salvaje, muy de “sacar machete” —. Mi prima ya parecía una mujer cuando yo apenas me debatía entre los juguetes y los cuerpos: “tú te vas a casar con una alemana, werota y de ojos azules”, me dijo mientras teníamos de frente y a lo lejos las playas que se divisan desde los cerros de la periferia acapulqueña. Esas favelas que luego expulsarian carne para zopilotes.

Ella, que durante un tiempo anduvo con un médico alemán y que luego nos presumía las palabras que le aprendió: scheisse. Mierda en la cabeza que le pusieron. Blanquearse a través de la reproducción para tener una salida a un futuro mejor.

No se casó con un blanco exitoso. Ahora mantiene a un moreno chaparro y huevón hasta su pinche madre. Y me gustaría que eso fuera la manera de rebelarse contra el sistema. Pero sería romantizar de más.

La posibilidad de colocar el racismo al centro del debate nacional con estas pasadas elecciones le dieron mucho color — jeje, perdón — a la conversación que careció de pantones en 2012 y 2006. Empezó con Marichuy levantando la mano para ser presidenta y llevar la voz de pueblos a quienes no nos cansamos de tratar como inferiores y terminó con la foto familiar de Andrés Manuel López Obrador y su familia de morenos tan despojados de “glamour” pero tan equivalentes al mexicano promedio.

 La foto que indignó al México blanco.  Publicada por José Ramón en Twitter , el hijo mayor de López Obrador.

La foto que indignó al México blanco. Publicada por José Ramón en Twitter, el hijo mayor de López Obrador.

Mi forma de abordar el racismo ha sido con algo de cinismo. Empecé a usar el término “tez humilde” como forma de anticiparme a que se burlaran de mi color de piel, pero también escupiéndolo desde cierta posición de privilegio — oh gracias papá moreno que sí escalaste en el México del desarrollo estabilizador — . Navegar el racismo en México es para cínicos; uno tiene que hacer como que su piel es dura porque quejarse es someterse a la invalidación: no tenemos derecho a “tomárnoslo personal” o a mostrar resentimiento. Esta gente no te da oportunidad ni de que te lamas tus propias heridas.

Dejando a un lado a la horda de impresentables que llegó con MORENA al gobierno y al Congreso de la Unión, ver a una familia mexicana promedio en lo más alto del poder político es esperanzador y hace creer en la justicia, por más simbólica que sea. No recuerdo otra foto más transgresora e incómoda para la blanquitud mexicana y quizás nos tomó 100 años desde entonces: es la de Emiliano Zapata y Pancho Villa en el Palacio Presidencial. Esos pinches indios campesinos y mestizos prietos teniendo la insolencia de habitar, aunque fuera por un instante, el espacio más anhelado por los hombres y mujeres más ambiciosos de cada época que nos jode. Pero la historia fue cabrona con ellos: nomás les alcanzó para la selfie. Dos íconos gigantescos que representaban a los más despojados se fueron a los libros de la SEP y a monumentos de bronce, aquellos que nos permitieron tenerlos idealizados para siempre.

 
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Afortunadamente, cien años después, llegaron otros morenos. Estos sí por la vía del voto pero con las mismas ganas — o al menos eso es lo que dice el líder — . Y estos sí van a quedarse un rato. Y también el “Mijis” — el diputado “cholo” — Y todos los millones de gente que al menos por unos años tendrá la oportunidad de creérsela.

Porque llevan décadas diciéndonos que el sistema da para todos sin importar su color de piel aunque en la práctica los beneficiarios del sistema sigan siendo los blancos privilegiados y uno que otro moreno ferviente de la meritocracia.

La imagen del hijo del Peje con rayitos no debería incomodarles. Debería de alegrarles que los de pelos descolorados con agua oxigenada no son únicamente los que les rentan la banana en Acapulco o los que venden artesanías en San Cristóbal de las Casas. Esos mexicanos tan mayoritarios y presentes en todos lados menos en medios de comunicación, anuncios publicitarios y altos mandos políticos. Esos mexicanos que con su sola presencia les están dando a los mexicanos blancos la oportunidad de cuestionar los privilegios que han mantenido sin importarles las veces que han pisoteado al resto. A esa mitad más uno de la población. A esos portadores de piel morena, esa maldita e incómoda tez humilde.