¿Es ‘la hora de opinar’?

Un ¿necesario? repaso de hábitos de consumo y producción de contenido en Twitter.

Empecé a escribir esto con desgano y fastidio. Por un momento pensé que se trataba de un pasajero writer's block, pero no. Es más grave. Es desgano y fastidio. La última vez que escribí sobre «política nacional» fue a finales de junio. Me leo y casi no me reconozco. En ese momento, a un mes de la elección, todo parecía más claro. Y me refiero a la estructuración de mis ideas, no a la idea de país que se nos venía. En los meses posteriores a la elección, mi “participación” se redujo a comentarios aleatorios en redes sociales; es más fácil enfrentarse al recuadro de Twitter que a la hoja en blanco de un procesador de texto.

No pretendo que esto se convierta en una suerte de confesionario de hábitos de consumo y producción de contenidos, pero creo que ayuda un poco hacer este breve repaso para encaminar, en la medida de lo posible, este desvarío.

ForoTV se ha convertido en mi nuevo ESPN. Miento, la cosa está peor. Los canales de YouTube de Noticieros Televisa, Canal Once, TV UNAM, Aristegui Noticias, El Financiero, Rompeviento y Milenio se han convertido en mi nuevo ESPN, en particular las mesas de debate. La cosa no termina ahí, hay que opinar sobre lo que ahí se opina y como el mame no tiene límites, pues se nos hizo buena idea hacer “El WhatsApp de Opinar” (el grupo está integrado por @SoyOtroLuis y @Maromas, si, nada más somos tres).

Resulta que esta esquizofrenia mediática es compartida; la discusión política, efímera, constante, es el nuevo deporte favorito de una minoría «sobre-informada». Esa minoría vive en el timeline de Twitter, consume noticias, mesas de debate y artículos de opinión, pero, sobre todo, produce opinión. La comentocracia se ha expandido: hoy todos somos opiniólogos... de corto aliento. Una hora de Tercer Grado se reseña y se comenta en un par de tuits; 800 palabras de una columna se destroza en 280 caracteres. Los más aventurados abren hilos, los más ociosos se enfrascan en un vaivén de replies entre mentadas de madre (de fanáticos y bots, ya sea con iniciativa propia o pagados), argumentación a medias y, de vez en cuando, buenos contrapuntos. En la arena de Twitter se reafirman ideas y se denuestan las contrarias.

Esto es nuevo para las y los columnistas habituales. Me refiero a la retroalimentación, por decirle de una manera amable. Acostumbrados a dictar y restregar cátedra sobre la vida nacional a una audiencia pasiva, a predecir escenarios futuros y hasta hacerle de psicoanalistas, sus ideas hoy son reproducidas, desmenuzadas y destrozadas por una audiencia¹ con hambre de opinar y ganas de ser tomada en cuenta. La barra de columnistas hoy es vitoreada y vapuleada en Twitter. Nunca antes la opinión se había elevado a un rango deportivo. Se crean bandos, equipos. De un lado, los críticos de la 4T; del otro, quienes apoyan la 4T; en medio, muy pocos.


¹ Una audiencia que, por cierto, bien vale la pena dividir en dos grandes categorías:

  • La que con limitaciones o con conocimiento decide involucrarse en discusiones y replies interminables de manera más o menos digna, apasionada y desenfrenada, que a veces puede sacar —de manera consciente o inconsciente— el cobre misógino, racista y clasista porque lo tiene bien impregnado, pero que si corre con suerte y su comentario se sale de su echo chamber, puede ser reprimido, señalado y criticado por otro usuario y, en una de esas, puede reflexionar sobre lo dicho.

  • Y luego está la otra audiencia, la que utiliza la plataforma para insultar e incendiar, la que sistemáticamente se desata con violencia verbal en contra de figuras públicas y usuarios comunes a través de insultos misóginos, racistas y clasistas; la basura de Twitter pues, hombres con aires de superioridad que dedican buena parte de su tiempo de ocio para nadar en la mierda y esparcirla en cuanta controversia se puedan meter.


Lo que le sucedió a Denise Dresser es el capítulo más reciente. Una discusión con Gibrán Ramírez que se salió de control en el programa La Hora de Opinar es material de discusión en Twitter. La discusión de la discusión. Aunque hay un par de temas que dan para el debate (la aparición de vocerías informales de la 4T, por un lado; por otro —y para estar ad hoc con el tono—, el señoriato de la opinión publicada y transmitida que se aferra a sus páginas y micrófonos y hace menos a las nuevas voces), buena parte de las respuestas que suscitó ese episodio se concentraron en la misoginia hacia ella y el racismo hacia él. Contenido basura, el tipo de material que le da gasolina a las y los columnistas para menospreciar al tuitero, esa abstracción que ningunea el hecho de que detrás de una cuenta puede estar —aunque, claramente, no siempre— una mujer o un hombre, un ciudadano pues, que quiere expresarse. Pero también la discusión de la discusión entre Gibrán y Denise revela otra cosa: quienes pertenecemos a esa minoría «sobre-informada» estamos muy al pendiente de lo que se dice en espacios en los que, la mayoría de las veces, no comulgamos. Escuchar o leer a personajes como Pascal Beltrán del Río, Carlos Loret, López-Dóriga, Leo Zuckermann, Jorge Castañeda, Fernanda Familiar, Estaban Arce, Francisco Zea, Pablo Hiriart, Macario Schettino, Carlos Mota y un largo etcétera es, sin duda, un guilty pleasure. El conservadurismo y el fanatismo siempre proveen de carnita para un buen tuit.

Es divertido, hasta cierto punto. El momento eureka de la construcción mental de un tuit es adictivo. Si se le adereza con sarcasmo, mejor. La nueva comentocracia de Twitter no sólo discute de política pública o de temas coyunturales, también somos críticos de la discusión que se da en medios. Es raro pero también es sano. Si descartamos las cuentas de bots y de trolls, en Twitter se pueden llenar los huecos que se dejan en las discusiones, debates y artículos de opinión. Antes, nos íbamos a dormir con alguna de las tonterías de Carlos Marín en los inicios de Tercer Grado; ahora, nos desvelamos desmenuzando-expandiendo sobre lo que dijo Maerker o burlándonos de lo que dijo López-Dóriga. Es una extraña dinámica grupal, una experiencia compartida por micro-sociedades digitales² de personas que se ubican por nombre de usuario y que, probablemente, no se conocen en persona.


² Obviamente no todo en Twitter es discusión sobre lo que dicen las mesas de Leo Zuckermann. La trivialidad, lo chusco y la frivolidad dominan la conversación. Sin embargo, en medio de lo soez, lo intelectual y lo frívolo, un timeline bien balanceado puede ser la ventana de exposición de ciertos temas que de otra manera no hubieran podido llegar a los usuarios. En particular, pienso en la ola de tuits feministas. A falta de exposición y/o audiencias en otros medios, los postulados y reflexiones feministas se pueden aterrizar en lo cotidiano, en un simple tuit, que sumados a otros pueden llevar la agenda feminista a la cotidianidad de Twitter. Claro, esto resulta en un arma de doble filo: la escoria tuitera que deambula en búsqueda de estos temas se aparecerá con toda su furia; pero también se abre la posibilidad de exponer esta agenda a más personas y, poco a poco, tratar de influir en comportamientos contrarios (aunque, en estos tiempos, parece más fácil cambiar de partido político que incidir con argumentos para hacer cambiar de opinión a alguien). También se produce buena y mucha crítica necesaria hacia la 4T desde Twitter, ahí se concentra la crítica hacia la Guardia Nacional, por ejemplo, entre otros temas espinosos.


Las redes sociales a discusión en Primer Plano (minuto 40:15).


El echo chamber tuitero es real. Lo fue más evidente durante el proceso electoral. Twitter, como una plataforma de discusión pública, parece que fue diseñada para explotar en temporada de elecciones. Si en Facebook la discusión es entre amigos y familiares, en Twitter la discusión se da entre “conocidos” y desconocidos. Quizá esté sesgado, pero me parece que en la versión mexicana de Twitter corren aires inquisitorios desde la izquierda. Y qué bueno que así sea, por cierto. Al momento en que se viralizan controversias tuiteras, se juzgan las pifias, sacadas de cobre, tropezones, ideas, opiniones, posturas y otros tuits lamentables a partir de ciertos valores de izquierda. De ahí la resistencia, de ahí los agarrones, de ahí la confusión. Este viraje está creando tensiones, por lo menos los está creando en los espacios de discusión política en medios, tanto corporativos como sociales. Es lo que algunos se han empeñado en llamar polarización, una descripción que pretende simplificar lo que se antoja como un complejo proceso de asimilación/resistencia de posturas e ideas que habían estado marginadas.

Lo-que-sea que entendamos por izquierda ha dejado de ser una postura perredista rara y marginal, ahora es el pensamiento mainstream, se ha convertido (supuestamente) en gobierno y está en vías de ser (en teoría) el nuevo statu quo. En ese estira y afloje, la 4T ha resultado en un entretenido y escalofriante espectáculo. Entretenido por ciertos rompimientos con el regimen anterior; escalofriante por el impredecible ímpetu reformista de MORENA. Es difícil que un evento cultural o noticioso retenga la atención generalizada del país por un largo periodo, los tiempos de la monocultura han quedado atrás. Sin embargo, la expectativa (esperanzadora y/o temerosa) y la atención mediática que ha generado la 4T sólo se ha incrementado desde el último tramo de la elección a la fecha. Más-menos estamos hablando de un periodo de entre 6 y 8 meses. El propio AMLO se ha encargado de mantener los altos ratings de la 4T: consultas, cancelaciones, anuncios, deslices, uso de símbolos, discursos, contradicciones, controversias, conferencias de prensa, muchas entrevistas...

No tengo idea si la 4T es tema de conversación en las sobremesas mexicanas. Lo dudo (ok, de repente sale el tema, pero dudo que discutir con la tía o el cuñado nos enganche con la misma pasión que con algún desconocido con bio mamadora). Pero sí es el tema de conversación para un cierto sector de Twitter, que es lo más parecido a una sobremesa permanente. Tampoco tengo idea qué tan representativo sea la plataforma o qué proporción de la población la utiliza para insertarse en la discusión pública y publicada. Supongo que la proporción es mínima. Un par de suposiciones más: quienes tenemos la oportunidad de escribir de manera extensa y con relativa frecuencia lo que opinamos, ya sea en un medio impreso o digital, nos enfrascamos más en la micro-opinión tuitera; para quienes no tienen esa oportunidad, Twitter se ha convertido en la única plataforma que les permite sentirse parte de la discusión pública, con las ventajas (libertad de expresión) y riesgos (libertad de expresión) que esto conlleva, aunque su tuit o reply quede sin respuesta, aunque no tengan miles de seguidores, aunque arroben a políticos y otras figuras públicas pensando que serán leídas sus críticas, mentadas de madre o contraargumentos.

Foto:  Connie Zhou

Hace poco leí este ensayo en el sitio de Real Life, True Crime: The desire to read news as narrative complicates the agendas of journalists and readers alike. Por un momento me sentí identificado. La autora habla de la obsesión estadounidense con las noticias, de los nuevos hábitos obsesivos que genera la espiral de las breaking news y la sobre-información. De cómo estar al pendiente de las noticias y de la política se ha convertido casi como ver algún deporte profesional, y cómo a veces una dramática “temporada” (como lo fue la elección estadounidense) causa una extraña pero divertida sensación.

Pero luego me distancié. En México no vivimos bajo una espiral de breaking news. La obsesión que tenemos aquí no es con la noticia, sino con la opinión. Sí, de acuerdo, las noticias que genera la 4T y otros temas de la vida nacional dan el material necesario para comenzar la discusión. Sin embargo, la compulsión no está en revisar los últimos acontecimientos. Ni los noticieros, los periódicos o los periodistas de investigación tienen el centro de atención; la tienen los que opinan, los llamados “expertos”, los conferencistas, los académicos habituales de la televisión, los que se involucran en el negocio de los trascendidos, los que tienen la bolita de cristal y elucubran escenarios.

«El Internet no ha cambiado tanto la relación de las personas con las noticias», dice James Meek en un mamotreto de reseña que hace sobre el libro Breaking News: The Remaking of Journalism and Why It Matters Now de Alan Rusbridger, el ex-editor en jefe de The Guardian. Lo que sí ha alterado, dice Meek, es «su autoconciencia en el acto de leerlas». Y continúa: «Antes, éramos receptores aislados de las noticias; ahora, somos miembros de grupos que conscientemente reaccionan a las noticias de manera compartida (...) Independientemente de si son dañinos o no, el Internet permite e incentiva a las personas a crear dietas noticiosas que contienen sólo lo que quieren escuchar: emoción sin desafío, pudín sin verduras».

No sé a que iba con todo esto (lo bueno es que tenemos una categoría para los desvaríos). Apenas me estoy despabilando del sueño (¿o la pesadilla?) del inicio de la 4T. De junio a diciembre, creí haber redactado algún pseudo ensayo sobre el tema, pero no fue así. La intensidad de las discusiones tuiteras (y fiesteras), así como las horas invertidas en ver repeticiones de mesas de debate, me hicieron creer que había estado muy “activo” publicando reflexiones extensas sobre la 4T. No lo hice. Scrollear en Twitter, brincar de video en video en YouTube, escuchar la radio y descubrir podcasts relacionados a los temas de discusión política, cansa. También cansa el ritmo de la 4T y su incesante cobertura mediática, pero sobre todo cansa debatir los debates, opinar las opiniones y discutir las discusiones.

Quizá inconscientemente redacté la explicación que le daría a mis padres si algún día me preguntan, «¿qué chingados haces en Twitter?».