El pulso adolescente

Una suerte de melancolía y depresión generacional pesa sobre nuestros jóvenes, una que dibuja múltiples paralelos con nuestros vacíos más adultos. Y aunque este proceso puede ser mucho más devastador para ellxs, el pulso adolescente sigue siendo un área gris en nuestros análisis sociales.

 Foto original:  Tania Bohuslavska

Foto original: Tania Bohuslavska

Todos los lunes circula una noción generalizada de fatiga. Un cansancio existencial que no se entiende únicamente en lo físico, sino que se expresa en una mente hambrienta de distracciones pero con el sentir de un nublado día de septiembre.

Este sentimiento es tan cliché como el café mediocre que utilizamos para romper momentáneamente la inercia del arranque semanal. No parece existir una razón particular para tal nivel de desgano, al menos no en lo general. Las razones aparentemente son siempre específicas e individuales, momentos personales transitorios que se muestran entre el camino de nuestro desvelado ser y la ilusión de felicidad que, estamos seguros, alcanzaremos eventualmente.

Hablamos de este desgano como si hablaramos del clima, se ha vuelto algo trivial y cotidiano. La normalización del sentimiento apunta a condiciones sociales que exceden nuestras pequeñas crisis individuales. Existe una leve comezón existencial, una noción inacabada de engaño propio y colectivo que no podemos explicar. Una incomodidad que se enfatiza con el choque de los ideales en los que creemos y la cruda realidad de la experiencia repetitiva del día a día. Un mar de contradicciones que se van ocultando, perdiendo y transfigurando diariamente con la frenética laboral, el adormecimiento voluntario y el bombardeo de información que satura, daña y desgasta nuestra habilidad para entendernos.

El engaño propio, la desilusión colectiva y la estresante angustia de no poder escapar a las grandes incongruencias de nuestro presente no son sentimientos exclusivos del adulto en edad laboral. Es decir, la comezón existencial no se presenta únicamente por el paso del tiempo, ni siquiera podemos naturalizar su razón de ser por la decepción que provoca el incumplimiento de ciertas expectativas a cierta edad.

Nuestros jóvenes, esas caricaturizadas generaciones emergentes, se han ido progresivamente hundiendo en una melancolía mucho más aguda. Una suerte de depresión generacional que dibuja múltiples paralelos con nuestros vacíos más adultos. Y con todo, el pulso adolescente se mantiene como un área gris en nuestros análisis sociales. Son ignorados material y simbólicamente en espacios de expresión, en consideración, en tiempo, en seriedad, estudio y empatía. Es claro que los patrones de decepción generacional siguen igual de vigentes que en siglos pasados. Los adultos criticamos la vacuidad, desorden, inconsciencia y temeridad de nuestros contemporáneos más jóvenes, al igual que nuestros padres y abuelos a su vez nos juzgaron con sus propios estándares anacrónicos. Parece un hecho histórico del que no podemos escapar.

Pero así como la crítica dirigida al sobre-usado concepto “millennial” carece de profundidad y sirve, muchas veces, como mero aparato editorial clasificador, la noción que se tiene de la generación “Z” como una especie de masa irracional auto-destructiva opaca una realidad que, antes de afectarnos por edad, nos afecta como “era”.

Para nada es coincidencia que los pesares adolescentes sean un reflejo más emotivo o sincero de sentires adultos ligados con el tema de la depresión. La principal diferencia es que nosotros, como adultos, hemos logrado acostumbrarnos al peso existencial de un presente que a todas luces se ha vaciado de significado; pareciera que hemos hecho patente la alegoría de Bauman, pues todo lo que antes creíamos que era fijo, estable y seguro ahora se nos resbala de las manos como el más fluido de los líquidos. Pero la frenética adulta nos obliga a comportarnos seguros de todo lo que ha dejado de serlo. Colectivamente nos presionamos para actuar en un tipo de simulación existencial diaria que, ya sea por necesidad material o por simple inercia, no nos permite detenernos y darnos cuenta de las complejas farsas que colectivamente hemos construido desde la vacuidad de la nada.

Para los jóvenes de entre 13 y 20 años este proceso puede ser mucho más devastador. Sólo hace falta recordar nuestras angustias existenciales adolescentes para sonrojarnos con las trivialidades que frecuentemente nos inhabilitaban por completo: el estrés de un examen, un enamoramiento fugaz, el ridículo social menor o la constante lucha interna de ir generando una identidad propia, al tiempo que intentábamos formar parte del exigente escrutinio social de nuestros pares. Lo anterior sigue vigente, pero ahora es exacerbada por los mismos mecanismos de nuestra hipermodernidad.

Hasta hace una década, llegar a casa después de acudir a la escuela representaba una oportunidad para desconectarnos de toda interacción social (que muchas veces se presentaba como un suplicio). Ahora las redes sociales informan con carácter de inmediato lo que sucede, minuto a minuto, en la vida de todos nuestros contactos. Adolescentes son bombardeados día y noche con imágenes producidas —casi diseñadas— de felicidad, logros y metas, inculcando una presión por alcanzar un valor mercantil basado en el desarrollo de un conjunto quasi-infinito de habilidades que algún día le servirán a su empleador, pareja, grupo o a él mismo.

Por si fuera poco, el consumo de información no puede ser asumida de manera pasiva, pues la sobre-comunicación exige también verternos completamente sobre las redes. Existe una compulsión, muy moderna, por la imagen de felicidad. Una felicidad que no se entiende sino como un mero escaparate estético de las fotografías construidas por décadas de publicidad y discursos de consumo.

Los jóvenes tienen la existencia sobre el pulso de la actualidad, del momento y la inmediatez, por ello no sorprende que sean un sector vulnerable a padecimientos depresivos. “Mi generación será recordada por los memes y las ganas de morir”, expresan colectivamente un tanto en serio un tanto en broma los adolescentes en sus espacios virtuales. Mediante la carga simbólica de los memes hacen referencia directa al recrudecimiento de su tendencia melancólica. Aunque parezca lo contrario, su vida se les presenta tan carente de sentido como la de un adulto godín promedio. La gran diferencia es que la expresan de forma más directa y a veces, por motivo de su corta edad, de manera más devastadora.

 
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De acuerdo con datos de 2017 de la Organización Mundial de la Salud, alrededor de 300 millones de personas a nivel mundial sufren de algún tipo de depresión. Esto es un 4.4% de la población mundial. En general la prevalencia de depresión y desordenes de ansiedad han ido en aumento: en Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de personas con depresión subió de 6.6 a 7.3% de 2005 al 2015, con un notorio incremento en jóvenes de entre 12 y 17 años. Algo está pasando y debe levantar alarma, ¿por qué la depresión está al alza ahora que los tratamientos de padecimientos mentales encuentran recursos y métodos que hace un par de décadas eran inexistentes?

Justo cuando parece que comprendemos mejor la depresión —o por lo menos más que en épocas anteriores— ésta es más prevaleciente. No es casualidad. Como la mayoría de las problemáticas sociales actuales, el problema es que seguimos enfrascados en la necedad de ver todo esto como meros trastornos individuales. Cuando sucede una tragedia, una muerte por depresión (o algunas que desencadenan de ellas), lo más reconfortante es explicarla mediante lugares comunes, esos espacios conceptuales que hemos habitado por años y que nos afirman y reafirman que cuando se llega al extremo del suicidio, es porque era algo inevitable, sin focos rojos ni posible vuelco atrás. Con esa necesidad social de ubicarnos en binarios, hablamos siempre de dos perfiles: el que anuncia su depresión y el que lo oculta → o el suicidio se veía venir a kilómetros de distancia (“era un chico raro, reservado, introvertido, le hacían bullying, no tenía amigos”, etc.) o nos topamos con su antítesis (“todo lo llevaba bien, gran deportista e hijo, tenía novia y muchos amigos, se le veía siempre alegre”, etc.).

Entonces, ¿cómo puede ser que en esas dos posiciones opuestas exista el mismo riesgo? ¿Qué existe debajo de ambas superficies? ¿Qué se oculta? ¿Qué es lo común? ¿Qué pasa para todos los que operan entre los dos polos? Si la alerta no es siempre igual, ¿qué esperanza hay de evitar lo que se antoja inevitable? Las preguntas anteriores remontan a la gran preocupación común: ¿qué sentido le podemos dar al acto de quitarse la vida?

A principios de 2017, Monterrey despertaba ante una tragedia en la que un joven abrió fuego en su salón de clases, hiriendo mortalmente a su maestra y a algunos compañeros para después quitarse la vida. Más recientemente, el 10 de septiembre de 2018 nos despertamos con que habían encontrado a un joven de preparatoria con un disparo en la cabeza en el baño de otra institución privada. Un presunto suicidio.

En ambos casos, la pregunta que resuena en el imaginario colectivo es “¿por qué?”.

¿Cómo encontrarle significado a lo que surge precisamente del gran vacío que ha dejado la falta de éste? Aunque es claro que ambos casos son completamente distintos, ninguno se explica sólo a partir de un diagnóstico de depresión o de cierta inestabilidad emocional o mental. Tampoco es suficiente un debate sobre si es necesario inspeccionar mochilas o si la relación del crimen tiene alguna liga simbólica con la cultura del internet, la violencia en los videojuegos o la presión social. Este tipo de tragedias pesan sobre el corazón colectivo de la ciudad porque, en el fondo, sabemos que hay una serie de antecedentes, sentimientos y angustias que nos conciernen a todos más allá de si tenemos 15, 35 o 55 años de edad.

Hay un espectro que recorre el mundo. Uno que se nos muestra de forma relajada los domingos y nos acosa cada noche. Un sentimiento fantasmagórico colectivo que intenta al unísono encararnos con la crisis de significado que nos vacía, poco a poco, no como individuos sino como sociedad.

No intentaré aquí recetar alguna medicina para aliviar el vacío de lo que no existe pues ya nos hemos encargado de seleccionar a nuestros charlatanes. La religión que ya no alcanza a muchos se ha transformado en cultos y rituales seculares que operan en la masa que dormita. Ayer misas y peregrinaciones, hoy cultos victorianos al físico, lo sano, lo estético, lo “diseñado”, lo incluyente, lo tecnológico, la información, lo novedoso, el dinero, las startups, la justicia social, el deporte, el futbol, la carrera, la democracia, el capitalismo, el socialismo, etcétera. En toda esa multiplicidad de lugares habita el dogma de la verdad, la ilusión de encontrarle sentido a lo que no lo tiene y que esta vida repetitiva de patrones designados es realmente nuestro mejor escenario de ejercicio de libertad. Pero en ese fondo inexistente sigue acechando un vacío que, aunque resulte inevitable, no debería tornarse trágico.

En todo este desarrollo hipermoderno de las sensibilidades subjetivas me parece que nos hemos quedado cortos en escuchar y voltear a ver las subjetividades más jóvenes. Nos asumimos como generaciones terminadas que hemos superado el tortuoso paso por la adolescencia, e ignoramos el sentir puro y cercano de los adolescentes a las contradicciones diarias. ¿Quiénes sino los jóvenes observan más de cerca y con mayor ojo crítico las inconsistencias del mundo? ¿Qué acaso no es su posición de sujetos a medio socializar una de privilegio epistemológico? ¿Por qué entonces naturalizar la supuesta inmadurez emocional de un sector tan enorme?

Si tuviéramos que comenzar a conceptualizar una ética del vacío, una praxis de la nada, tendríamos que empezar no por un nihilismo subversivo y apático, sino por una empatía radical hacia el pulso existencial moderno de nuestros jóvenes. Una empatía entendida como colectiva, en donde finalmente aceptemos que la depresión, el suicidio o, incluso el mal, se deben de entender como enfermedades sociales antes que problemáticas individuales.