El colmo anda en automóvil

Lxs automovilistas regios, sobre todo aquellxs que viajan solxs, serían excelentes commuters y usuarios de transporte público masivo… pero igual y no porque padecen del síndrome de Estocolmo.

Lxs automovilistas regios son infelices. Se les nota. Sobre todo si viajan solxs en su auto particular. Desde que decidí no tener auto (un lujo para muchos, una pendejada para otros) me ha dado por observar el comportamiento de los tripulantes de vehículos. Se les nota el hartazgo, el cansancio, el acumulado de un día de estrés. Se nota que son infelices porque hacen todo lo posible por distraerse del hecho ineludible de estar manejando un carro: en el mejor de los casos ponen la radio, en el peor de los casos van scrolleando el teléfono. Lo llevan en la mano, entre las piernas, sobre el muslo, empotrado en el tablero. Lo revisan cuando les toca un semáforo en rojo, pero también lo revisan mientras están en movimiento. A veces contestan conversaciones, otras más inician las conversaciones. Le dictan al teléfono, envían audios o teclean el mensaje. Despegan las dos manos del volante para maniobrar mejor con el teléfono (el verdadero “manos libres”). Lo ven de reojo porque está latente la tentación del scroll infinito de Facebook, Instagram, Twitter. Lo hacen porque se creen multitask pero en realidad son multidispersos. Saben que está mal y que serán castigadxs por un tránsito, pero han desarrollado la habilidad de sordear muy bien sus movimientos. Puede más el deseo de estar atento a todo y nada en el teléfono que a aceptarse plenamente como conductores de un vehículo automotor.

No dudo que haya quienes disfrutan manejar por nuestras avenidas congestionadas y mal planeadas. Quizá hay un cierto placer incomprendido al momento de esquivar baches, invadir cruces peatonales, buscar estacionamiento, no hacer alto total en los cruces señalados con ALTO, pisar el acelerador con el semáforo en amarillo o al dar vuelta con “precaución”. Yo no lo entiendo. A lo mejor lxs automovilistas regios encuentran una satisfacción pírrica al manejar, una excusa para celebrar microvictorias cotidianas: viajar con A/C por el infierno regiomontano, ir al OXXO que está a dos cuadras de su casa, usar Waze para burlar a las antialcohólicas, etcétera. Se creyeron la promesa moderna de la libertad personal al poseer un automóvil, la libertad de moverse a donde se les dé la gana, ser dueños de su propio destino (destino entendido como lugar). El problema es que esa libertad individual es compartida por un par de millones más, lo que provoca que en horas pico se trunque esa libertad con el congestionamiento vehicular. Bajo esa promesa hoy se creen dueñxs de la calle (no lo son), una creencia perpetuada por gobernantes que emanan de la misma clase automovilista y cuyas gestiones hacen todo lo posible por mantener la pirámide de la movilidad al revés. Los gobiernos municipales y estatales le tienen un miedo patológico al ciudadano que anda en carro, por ello todas las administraciones se tratan de lucir con infraestructura vial destinada casi exclusivamente al carro. Y luego aparecen aberraciones como los pasos a desnivel, los puentes antipeatonales, los pares viales, la ampliación de carriles, los segundos pisos y cuanta obra se pueda inaugurar para quedar bien con el supremo ciudadano automovilista.

Según una de esas encuestas de dudosa procedencia que suelen aparecerse en coyunturas regionales, en Monterrey lxs automovilistas pasan 30 horas al año en los congestionamientos. Otra más dice que el tráfico «causa pérdidas a la población por más de 12 mil millones de pesos cada año» o que equivale a «200 millones de horas-hombre perdidas». Y, pues, como estamos en Monterrey, lo importante es señalar la pérdida de competitividad y productividad que estos congestionamientos provocan. En segundo y tercer plano está la calidad de vida o medioambiental:

«Son 200 millones de horas-hombre perdidas por el tráfico que , de entrada, te dan una idea de la problemática (...) Hay tres grandes impactos de esta ineficiencia: una es en la productividad de las personas y, por ende, de las empresas; el segundo es en la calidad de vida, que también está muy ligado con lo anterior; y el tercero es el tema ambiental porque la ineficiencia en los viajes lo que genera es que los vehículos estén encendidos más tiempo.»
Eugenio Riveroll / Sin Tráfico

Esto me lleva a pensar en la siguiente hipótesis: lxs automovilistas regios, sobre todo aquellxs que viajan solxs, serían excelentes commuters y usuarios de transporte público masivo. ¿Por qué? Porque al parecer les vale madre el volante y el camino, prefieren ver su teléfono. ¿Qué acaso esa no es la imagen predeterminada del commuter?

Sorprende que un una ciudad como Monterrey, famosa por su capacidad empresarial y por sus aires de grandeza, no esté buscando la manera de satisfacer una demanda silenciosa por instalar opciones de movilidad. Ah, creo que ya sé por qué: porque lxs automovilistxs además de infelices, padecen del síndrome de Estocolmo.

La libertad individual (que se traduce en una ciudad con tráfico, contaminada, desigual, excluyente, insegura, inaccesible) de ir viendo el teléfono en carro por encima de todo y de todxs.