El club de los olvidados: mujeres indígenas contra el hambre, el sismo y los megaproyectos

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Rosalva Fuentes Martínez y un grupo de mujeres indígenas se sobreponen a todo: a la catástrofe, a un gobierno ineficiente y al acecho de las multinacionales en Unión Hidalgo, Oaxaca.


7 de octubre de 2017

«Todo mundo vivió aterrado, nadie quiso dormir en sus casas ni en refugios. Ahí amanecimos, ahí dormimos y estuvimos en las calles visitando familia, a los vecinos, consolándonos».

Rosalva Fuentes Martínez está sentada en una silla de plástico bajo una carpa de lona, rodeada de mesas y utensilios de cocina. Todo lo descrito fue donado por una marca de mezcales oriunda de Oaxaca, posterior al devastador sismo del 7 de septiembre de 2017.

Son casi las cinco de la tarde y el comedor comunitario que integra está terminando los últimos platillos para mujeres, niños y voluntarios que viven o visitan Unión Hidalgo, municipio cercano a la Laguna Superior, en la costa oaxaqueña.

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Si los reflectores tardaron en colocarse sobre la ahora mediática comunidad de Juchitán, estos no han llegado a Unión Hidalgo. Aquí se vive una mezcla de abandono gubernamental y parsimonia de las autoridades.

En enero de este año, el presidente municipal de Unión Hidalgo, Wilson Sánchez Chévez, anunció la inversión de mil 400 millones de dólares para la creación de dos nuevos parques eólicos en la región. En esas fechas, Sánchez Chévez sonreía para la foto en las notas periodísticas que dieron a conocer los planes de inversión de dos empresas multinacionales: la francesa EDF y la española Iberdrola. 

Hoy, cuando el pequeño municipio está hundido en la devastación y en un parón económico, el alcalde no asoma la cabeza.

«No se ha visto con todo lo que ha pasado. Yo creo que si él se presenta en una esquina, lo van a apedrear».
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Ante un escenario en el que sólo se han sentido cobijados por cierta ayuda de la sociedad civil que llega a cuenta gotas, y por las manos de la propia comunidad, Rosalva y otras habitantes de Unión Hidalgo formaron el grupo "Mujeres Indígenas en Defensa de la Vida". 

A pesar de ya estar organizados desde tiempo atrás, el grupo se unió tras el primer temblor de principios de septiembre con el objetivo de alimentar a la población afectada. 

«Comenzamos a trabajar muy bien organizadas. Lo que nos hacía falta lo juntábamos y en ese proceso nos dimos cuenta que como mujeres podíamos mejorar y apoyar la reconstrucción de nuestras viviendas».
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Al seísmo de la noche 7 de septiembre le siguieron el del martes 19 y el sábado 23, a los que se suman las más de 6,500 réplicas reportadas en la región del golfo de Tehuantepec por el Servicio Sismológico Nacional de la UNAM.

Tan sólo el viernes 6 de octubre se reportaron más de 30 réplicas en Oaxaca, lo que agrava la situación de construcciones ya afectadas y el miedo entre la población. 

Sin embargo, aún lloviendo sobre mojado, Rosalva y el grupo de mujeres indígenas que la acompañan no se agazaparon.

«Conforme fue avanzando el tiempo, nos dimos cuenta que necesitábamos fortalecer esa parte de la organización, que no sólo era el comer, sino que teníamos capacidad para reconstruir, porque el dinero que ahorrábamos en alimentos lo podíamos invertir en nuestras casas. Nos aliamos con organizaciones para obtener servicios médicos y seguimos ahorrando».

La comunidad alberga a cerca de 14 mil personas, según cifras de  2010 de la Secretaría de Desarrollo Social, aunque extraoficialmente se habla de que la población ya alcanza los 20 mil habitantes. 

«Se maneja que entre 1,200 y 1,600 viviendas fueron afectadas y no pueden ser habitadas. Podría decirse que de cada calle, de cuatro a cinco casas (fueron afectadas)». 

Este relato aterriza la postal que puede apreciarse hoy: calles apenas transitables, escombros que alguna vez fueron hogares, terrenos ya despejados por retroexcavadoras y un denso ambiente que se mezcla con la intermitente lluvia de la época que se intercala con el sol que eleva la temperatura por encima de los 30 grados durante el día. 

Existe consenso en todos los habitantes con los que se puede charlar en Unión Hidalgo sobre lo sucedido: es la tragedia más grande que les ha tocado presenciar. 

«(El día del terremoto) ni siquiera ubicamos un lugar seguro porque, sí, hemos tenido temblores, pero no con esa magnitud con la que vimos que nuestras casas caían. Eso nunca lo habíamos visto».

Las construcciones que todavía permanecen enteras y que fueron avaladas por autoridades para ser habitadas, sufrieron afectaciones en techos y muros, lo que abrió paso a la filtración del agua de lluvia y, con ello, el daño a las pertenencias de decenas de familias que prefirieron resguardarse bajo una lona que de un techo.

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Impera una sensación de temor, lo que ha convertido patios y porches en refugios temporales sin fecha de caducidad.

A las adversidades que dejó el temblor, agrega Rosalva, se le suma lo que considera el potencial peligro de la llegada de los megaproyectos eólicos ante la fragilidad de la región. 

Hace una ecuación simple: la construcción de los parques eólicos es la antesala para la entrada de otros proyectos de la industria minera, textiles o ductos de PEMEX.

«Nosotros decimos que es mentira que es una energía (la obtenida de los generadores eólicos) que van a vender. En (Santo Domingo) Zanatepec ya se habla de un proyecto en concreto y lo que están esperando es la construcción de las eólicas para tomar energía de ahí».

Ya existen varias construcciones de este tipo en las inmediaciones de las comunidades de La Venta y Santo Domingo Ingenio, al norte de Unión Hidalgo.

En Santo Domingo Zanatepec, ubicado a unos 80 kilómetros al este de Juchitán, ya hubo resistencia por parte de comuneros y habitantes, quienes en diciembre del año pasado marcharon para evitar la entrada de la empresa minera canadiense Minaurum Gold Inc. Esta lucha es el último objetivo de "Mujeres Indígenas en Defensa de la Vida". 

«Evitamos que lleguen y nos causen daño, porque es lo que hemos visto, no nos toman en cuenta, no nos consultan, vienen, se imponen y nosotros no queremos esa forma de trabajar».

En 2011, las asociaciones civiles PODER y ProDESC elaboraron un documento (El lado sucio de la industria eólica en PDF) en donde se analizan las condiciones con las que operan en México grandes empresas de energía, «para plantear una solución alternativa al paradigma de desarrollo para la industria eólica». Resaltamos un par de párrafos que describen lo que las comunidades indígenas en el Istmo de Tehuantepec han condenado desde la administración de Felipe Calderón: 

Para justificar su presencia y los contratos abusivos que firman con las comunidades dueñas de la tierra, las empresas proveedoras de energía y las receptoras tienden a minimizar el valor de las tierras que arriendan para instaurar las granjas eólicas.

El Istmo de Tehuantepec, por lo tanto, ilustra con gran precisión la tensión existente entre desarrollos eólicos a cargo de multinacionales y comunidades históricamente marginadas en el contexto de una transición energética globalizada.

En lo que concierne a la dimensión medioambiental, la falta de regulación ha llevado a socavar la seguridad alimentaria de comunidades de campesinos y pescadores, a afectar a zonas protegidas por la normatividad medioambiental como son los manglares, y a impactar negativamente a las muy diversas especies de aves que surcan los cielos del Istmo.


Cuando se le pregunta sobre el futuro que vislumbra en la comunidad, Rosalva hace una pausa y dice con cierto desánimo.

«Hay gente que está esperando ayuda del gobierno pero sabemos que eso no va a suceder. Muchos todavía confían en nuestros gobernantes, que nos van a ayudar, pero eso no va a pasar».

Termina la charla y emprendemos la salida de la comunidad antes que anochezca. No sin antes pasar frente al Palacio Municipal de Unión Hidalgo, hoy convertido en una construcción fallida con fachadas caídas y escombros en su entrada, una alegoría de lo que representa un gobierno disfuncional y casi fantasma.