¿Conoce un lugar llamado Comala?

Las siguientes 434 palabras son prescindibles para aquel que no requiera de contexto. Si es el caso, se le invita a saltar hasta el siguiente subtítulo. Para el empeñado en saber más, se le ofrece la siguiente información que puede –aunque no busca– ser de utilidad.


El autor del artículo es un groupie irrenunciable de Juan Rulfo y está convencido de que Pedro Páramo es el libro mejor escrito en la historia de la literatura en español. Le parece una afrenta terrible retomar el centenario de su nacimiento para hablar sobre él, pero entiende que las coyunturas son excusas compartidas.
  
Además, se propone hacer de este artículo una suerte de ofrenda/afrenta para un autor al que admira con devoción religiosa, por ello pretende abordarlo como lo que es y obligarlo a embonar en lo que nunca quiso ser: abordarlo como aquel escritor que rompió el tiempo y el espacio y que reconoció que la literatura no sirve para entender la realidad, sino todo lo contrario; hacerlo embonar en el marco del maldito centenario y hacernos ver, en medio de la crisis política más grave por la que ha transitado nuestra democracia, que Comala es un reflejo de la sociedad mexicana. 

El año pasado los astros se alinearon –como previendo muy probablemente las motivaciones cósmicas que rigen este artículo– y por estas mismas fechas orillaron a lo que queda de la intelectualidad mexicana a responder por qué a los mexicanos ya no nos gusta la democracia. Enrique Krauze con su ensayo El desaliento de México y Héctor Aguilar Camín con el Nocturno de la democracia mexicana expusieron en Letras Libres y Nexos, respectivamente, dos hipótesis acerca de cómo llegamos a esta reticencia a la política y este desencanto en la democracia. Ambos ensayos interesantes, ambos tomando a la alternancia como el punto medular del desencanto, ambos dibujando salidas insuficientes y los dos ignorando completamente la dimensión emocional que rige la vida del mexicano en lo público. 

Por ello es preciso confrontarlos con la obra que en materia de libertades individuales legalizó la tristeza, como bien lo señaló Carlos Monsiváis, y que, en un plano colectivo, ofrece una respuesta al malestar democrático porque reivindica la resignación como motor político y no como obstáculo de participación. 

Los siguientes tres capítulos pueden leerse como reflexiones aisladas o como una sola pieza en conjunto. El formato también es una provocación a esos editores que, con el afán de generar tráfico”, deciden seccionar en varias entregas un texto que resulta extenso, y no curarlo como parte de un mosaico de ideas que cambia su tonalidad cuando se le mira de cerca y cuando se observa entero. 


Capítulo 1

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

La oración inicial de Pedro Páramo es, más que un comienzo entrañable, el cántico perfecto para la finalización de un éxodo. La Tierra Prometida se abre no para los que buscaban la reivindicación de su fe, sino para quienes buscaban señales confusas o inciertas: la residencia presumible del Padre con un nombre en tela de juicio. 

Vine hasta las elecciones del 2000 a buscar la salvación de México, una tal Democracia. Sin embargo, el logro alcanzado con «la fuerza de los votos» (Krauze dixit) devino en un baldazo de agua fría: la democracia nos hace libres, no conscientes. 

«Con esos cambios históricos, muchos pensamos que la democracia, como ideal y como un proceso político ordenado, traería consigo una era de paz, prosperidad y justicia. Fue una ingenuidad. Ahora, a dieciséis años de distancia, México padece una profunda insatisfacción con el funcionamiento de su democracia», escribió un desalentado Enrique Krauze. 

Por supuesto que el Doc. Krauze y muchos mexicanos pensaron eso y en parte se lo deben a la aparición del mejor candidato del México moderno: Vicente Fox.

Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo.

Fox parecía poder hacerlo todo: convertir el agua en vino, hacer de las elecciones un programa de televisión, debatir con los términos con los que se discute en una cantina y todo lo anterior mientras sacaba al PRI de Los Pinos. Así se lo hizo sentir a un México que había contemplado ya la idea de morirse sin ver al Revolucionario Institucional fuera del poder, le prometió todo lo que Krauze atribuye a la ingenuidad, pero no le creímos (me lo atribuyo porque la historia trasciende el tiempo) por ingenuos, sino porque es natural sufrir arrebatos de deseo por seguir viviendo y tolerar otro sexenio del PRI, a esas alturas, era lo más cercano a un suicidio colectivo.  

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

La transmutación del Fox candidato al Fox presidente es claramente su culpa. Mucho se ha publicado y analizado: apostó –con perdón de la metáfora calderoniana– por dar un cambio a sorbitos y no de un solo trago, todo por miedo a que raspe; todo porque el guanajuatense nunca entendió el capital político con el que le impusieron la banda presidencial. 

—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
                    
—Así lo haré, madre.

Pero, ¿y la ciudadanía? Los mexicanos transitamos a la democracia como quien pasa la página de una revista cualquiera. No hicimos nada para aceptarnos democráticos y actuamos (ahí sí me permito decir: actuaron los predecesores) como esperando un presidente todopoderoso tipo “bien”. No exigimos los espacios que por derecho eran nuestros y lo subarrendamos a la voluntad de aquellos que siempre soñaron con el poder y por primera vez lo tenían entre sus manos. 

Los contrapesos surgieron hasta que la violencia disparada por la Guerra contra el narco volvió insostenible esperar soluciones por parte del gobierno. Y este rol de pedidor de cuentas cuajó en la sociedad cuando ya era tarde para mitigar una inercia de hartazgo que se fue gestando durante los sexenios panistas. 

En el desamparo propio de la violencia más cruda emanó la luz que nos permitió ver al presidente como lo que es, un simple mortal. En la expresión más caótica de la muerte, nació la urgencia de construir como ciudadanía un camino democrático en este país. En la necesidad de poder elegir morir en paz, es que vimos la importancia de organizarnos. 

Sólo yo entiendo lo lejos que está el cielo de nosotros; pero conozco cómo acortar las veredas. Todo consiste en morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo disponga.


Capítulo 2

¿No están ustedes muertos?

Parecen muchos los males que trajo consigo la democracia. Son tantos los defectos que señalan los analistas que pareciera que estábamos mejor con un régimen de partido único, con una dictadura por relevos. La forma en la que miramos a la democracia –aquellos que decimos saber de ella– revela lo poco que sabemos del tema; al respecto, no encuentro mejor descripción que la de Soledad Loaeza:

«Dicen que el niño está feo, malhecho, deforme y descalcificado. Tiene la mirada opaca y no le crece el pelo, pero nada de eso le viene de nacimiento. Se ha puesto así porque el entorno le ha sido adverso. Al niño lo han descuidado. Han creído que basta con sobrealimentarlo y sólo lo han empachado, no lo sacan al sol, no lo cambian y tampoco lo han vacunado. Lo sorprendente es que pese a todo haya empezado a caminar».

El niño está feo, es verdad, y además camina. No son actos excluyentes. Ante esa posibilidad de ver el pedazo de realidad que nos gusta, hoy la clase política y la ciudadanía está dividida por una barrera retórica falaz, cada uno habla de la democracia en términos que poco o nada reflejan la vida pública del país. 

La clase política defiende un aumento de garantías individuales y con ello la posibilidad de mentarle la madre al presidente en Facebook o en los comentarios de las notas de _____ (inserte el sitio de noticias de su preferencia) se siente como un logro de política pública.  Por otro lado, una ciudadanía con graves problemas para articularse se ve consumida por sí misma cuando se organiza porque los liderazgos se canibalizan. Por si fuera poco, cuando la lucha de egos logra ser superada, el resultado es que las peticiones son imprecisas o ridículas o desproporcionadas o simplemente plenas de corazón y ausentes de argumentos lógicos. 

Todo esto que sucede es por mi culpa —se dijo—. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque ésta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y éstas son las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la purificación de sus almas? Y para qué purifican su alma, si en el último momento…

La vida democrática nos ha sentado mal porque le hemos impuesto una lógica de buenos contra malos, de ciudadanos cuesta arriba y políticos rateros aferrados al poder, o bien –si usted lector pertenece a la clase política– dirá que el país se enfrenta a la irracionalidad fúrica de un pueblo ignorante que es manipulado por líderes mesiánicos y que es el trabajo de la clase política salvaguardar las instituciones para el futuro. 

Ambas versiones son producto de una miopía avanzada; la realidad, por fortuna, se ofrece más compleja. Todos estamos implicados en la vida pública y somos responsables en mayor o menor medida de la realidad que compartimos. No son los otros las ánimas que ahuyentan los visitantes del pueblo, sino nosotros mismos. No es que se nos aparezcan fantasmas, sino que todos estamos muertos. 

Si usted viera el gentío de ánimas que andan sueltas por la calle. En cuanto oscurece comienzan a salir. Y a nadie le gusta verlas. Son tantas, y nosotros tan poquitos, que ya ni la lucha le hacemos para rezar porque salgan de sus penas. No ajustarían nuestras oraciones para todos.

La democracia cuando es real viene de la mano con una serie de libertades. Libertades que son bendiciones y pecados en sí mismas: bendiciones cuando se usan y pecados cuando solo se contienen, pero no se ejercen. La suma de los pecados individuales se traduce en un desasosiego general, porque cuando uno solo intenta reivindicar su libertad como poder, falla –como es de esperarse– porque la democracia para que salve requiere de un pueblo, no de individuos. Requiere más diálogo y menos rezos. 


Capítulo 3

Estamos condenados a eso...

Nos encontramos en un punto de quiebre. Nuevamente se avecina en el 2018 una elección presidencial con candidatos que no terminan de convencer y estoy seguro que yo, como muchos de ustedes, terminaremos votando y sintiendo que hemos hecho algo malo y que no es posible que “la fiesta democrática” deje un vacío en el estómago y una angustia que se suda a través de las palmas de las manos cuando pensamos en el futuro. 

A poco más de un año para las elecciones presidenciales sólo podemos estar ciertos en que nos han robado el futuro. Tenemos alternancia, tenemos más de un partido, tenemos libertad de prensa, tenemos internet, tenemos toda una lista de “peros” para las posesiones anteriores: 

  • Pero son partidos sin ideología y con tendencias cartelares.
  • Pero son elecciones donde el narco impone candidatos o los partidos compran los votos.
  • Pero hay periodistas que son asesinados por hacer su trabajo.
  • Pero las redes sociales son monopolizadas por una trivialidad hasta agresiva. 

Vivimos en una tierra en que todo se da, gracias a la Providencia; pero todo se da con acidez. Estamos condenados a eso.

Los peros que cargamos como cruz no los puede aliviar ninguna reforma electoral, no se curan con más educación ni con una mejor campaña de spots del INE. No basta con tener periodistas más jóvenes en los medios, ni con que irrumpan los candidatos independientes a la política. No alcanza con retweets interesantes y responsables. No es suficiente con cambiar lo que está en uno. 

El malestar en la democracia tiene un mal de diseño, pero no de diseño del sistema, sino de cómo aceptamos sumarnos a ella. Quisimos creer que la democracia nos devolvería las ganas de convivir, que nos cubriría con un bálsamo que nos haría instrumentos de la armonía. La realidad es que como mexicanos ni nos gusta convivir, ni ceder, ni conceder, ni la vida armónica. 

¿No me ve el pecado? ¿No ve esas manchas moradas como de pote que me llenan de arriba abajo? Y eso es sólo por fuera; por dentro estoy hecha un mar de lodo.

Hace falta aprender a resolver los temas públicos en y desde la tristeza. No necesitamos más participación ciudadana, sino crear los espacios donde sea evidente que el desasosiego es compartido. De nada sirve ajustar y reajustar el sistema de partidos o que los babyboomers se den golpes de pecho por no haber “transmitido” la historia del régimen adecuadamente. No se necesita motivar la acción, porque en ello se niega una parte de la esencia del mexicano: nos atrae más la muerte que la vida. 

—¿Cuántos pájaros has matado en tu vida, Justina?
—Muchos, Susana.
—¿Y no has sentido tristeza?
—Sí, Susana.               
—Entonces ¿qué esperas para morirte?
—La muerte, Susana.
—Si es nada más eso, ya vendrá. No te preocupes.

No es que lo que siga sea una explicación culturalista que atribuya nuestro fracaso en la democracia al ADN de la raza cósmica. Sin embargo, negar, como hemos hecho en los últimos 30 años, que los sistemas interactúan con el entorno que les contiene es ser idiota de vicio. El pulso emocional del país se ignora cuando se diseñan los sistemas: nos gusta pensar que somos racionales, nos gusta creer que seguimos vivos. 

La dirección que han tomado las elecciones del 2018 parece inmodificable. No hay salida frente a la elección de candidatos que nos sumarán en seis nuevos años de olvido y errores: porque ofrecen lo que no buscamos, porque lo que les exigimos es imposible que una persona –aún en el puesto político más importante del país– lo pueda dar. Dar soluciones de raíz al sistema que hoy recicla el desastre requiere de paciencia, de aguantar la aridez intelectual de esta generación de políticos. 

Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí. Y es que no había aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula de agosto.

Pasar de la necesidad de festejar la democracia a entendernos en lo público como compartidores del desasosiego es lo que hace falta. Ciertamente, como señala Aguilar Camín, existe un tabú sobre hablar mal de la democracia, como si fuese una suerte de sacrilegio. Sin embargo, no hay actividad más estéril que hablar mal de la democracia, cuando lo que molestan no son sus fondos, sino sus formas. Exige otra envoltura, otra decoración; es preciso dejar que la democracia se ventile con el aire de este país, con el viento de una región que ya no es escuchada por Dios y no tiene más testigo del desamparo que cada uno de sus habitantes.

Que la democracia abandone los pasillos del congreso y cuele sus acartonados tópicos por los mercados y las calles decoradas con charcos turbios. El descontento compartido no radica en el régimen de gobierno, está ligado a que como nación son pocos los que están echando nuestra suerte. Nosotros somos quienes elegimos cómo morirnos, dónde, con quién. Ése es el sueño más grande, esa es la plenitud de los vivos. 

Quizás la primera salida del desasosiego nacional no sea buscar contentarnos, sino dibujar caminos para seguir caminando desasosegados, pero juntos. Un sistema democrático que tenga como esqueleto las mejores prácticas internacionales, pero que se haga de cuerpo a través de todos los fantasmas que vemos y cargamos como nación. Un gobierno que se fundamente en las nociones básicas de convivencia establecidas por los vecinos que se toleran, que se odian y, sin embargo, no se matan. Una democracia que no se base en una sociedad donde todos participan, sino que nadie se queda estático. 

Para algunos será una conclusión mediocre, para otros un tema de ver el vaso medio vacío o medio lleno. Empero, y hay que insistir, la manera en que trazamos nuestros horizontes conjuntos importa. Fracasamos una y otra vez en la búsqueda por volver feliz a un pueblo que intercala las lágrimas y las risas. ¿Nos es momento de querernos así, aunque sea contraintuitivo

En esa democracia floreciente, en la tristeza y la rabia, hallaremos paz, hallaremos la armonía celestial, nos asiremos como nación a nuestra muerte para seguir dando señales de vida.

«Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida...».