Apuntes de una sociedad que no se sabe estar quieta

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Me caga que todo mundo tenga prisa. Ya sé que yo también, pero no por eso les voy a dar gusto. 

Despabílate. Muévete. Disculpa, ¿sí me das permiso? Ya está en verde. Dale. Contesta, no me dejes en visto.

Yo no voy a escribir de actualidad. Yo no voy a escribir del último desliz de Andrés Manuel o alguien de Morena. Yo no quiero escribir de lo que sea que El Norte puso en la portada o de lo que Milenio no se atrevió a poner.

Me revuelve el estómago pensar que algo tan inmediato como la actualidad domine la opinión pública, porque entonces todas las reflexiones se quedan superficiales y mueren por el paso inclemente de los tweets y las publicaciones. Mi timeline es un cementerio de opiniones que no vivieron lo suficiente para valer. Las que vivieron suficiente se viralizaron, es decir, se enfermaron y se pudrieron y de estornudo en estornudo se fueron pasando y ya nadie recuerda qué quisieron decir, pero ahí va. Ahí va Meade con una barba como de adulto en crisis que está por formar una banda. Ahí va el tatuaje de la hija de Peña Nieto. Ahí va este video donde conspiramos con que la sequía de Monterrey es un plan para volver a hablar de Monterrey VI. Ahí va. Ahí va. Ahí va. 

Y luego está el editor* que te dice que qué padre que quieras hablar, Luis, de la viralidad, pero eso nadie lo lee. Por qué no agarras, Luis, un tema como más de coyuntura que la gente sí ubique, porque sí qué bueno que tú tengas cosas de las que quieras escribir, pero a nadie le importa. 

*Nota del editor: esto es ficción.

“Por lo mismo”, le dijo Rosario Castellanos a su hermano. ¿Ya viste Los Adioses? Híjole qué mal, ya la quitaron del cine. No, no duró mucho. 


¿Por qué votaste por AMLO?

 
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Se supone que en el mundo en que vivimos somos más valiosos por pensar por nosotros mismos que por seguir la corriente. Por eso la gente que dice que sabe está indignada con los legisladores de Morena que corearon ¡Es un honor estar con Obrador! en la toma de protesta. 

Y pues, claro, porque los que no lo hicieron están dando gala de autonomía de pensamiento crítico. Porque muy seguramente no todos los legisladores se sentirían igual de honrados y entonces, ¿por qué habrían de unirse en un solo canto? 

Yo les había prometido no escribir de actualidad, pero he sido víctima de la inercia. La gente que escribe su opinión... corrijo, a la gente que le publican su opinión se le pide que escriba de lo que está pasando en el momento. La gente que estamos comenzando a escribir nuestra opinión somos presas del pánico de que a nadie le importe —cuando la verdad es, naturalmente, que no a todo mundo le importe o que a casi nadie le importe— y entonces optamos por imitar.

Si ya se mueve súbete, ¿pa’ qué moverle? ¿pa’ qué detenerlo? Vivimos en un mundo de movimiento constante, pero de aceleración cero. No vamos ni más rápido ni más lento y no dejo de pensar que es una suerte de estancamiento. Por otro lado, nadie nos garantizó que por ir a toda velocidad la vida sería menos rutinaria o menos aburrida. 

Los tiempos no cambian muy rápido. Se mueven pero no cambian. Los personajes se repiten a lo largo de la historia. 

Ahí está Bartlett y Muñoz Ledo. Son el mismo PRI de siempre, me dice mi papá para molestarme por haber votado por Andrés Manuel. 

¿Por qué voté por Andrés Manuel? Una parte de mí dirá que por la ilusión de ver un gobierno de izquierda, pero muy en el fondo yo ya sabía que llamarlo así, “de izquierda”, era ser generoso con la realidad evidente. En un arrebato técnico podría decir que voté por AMLO por su gabinete, como si hubiera evidencias que serán escuchados o que sus decisiones no recibirán reveses políticos por parte del titular del ejecutivo. 

A lo mejor voté por inercia. A lo mejor voté así para pertenecer a un momento histórico y sentirme parte de algo inédito. “Juntos haremos historia”, es una propuesta difícil de rechazar. 

¿Quién soy yo entonces para enojarme por quienes votaron parejo por Morena? La verdad es que la inercia, aunque suena a resignación, no se rompe porque da mucho miedo; no sabemos estarnos quietos, nunca lo hemos estado y por eso resulta casi imposible que lo podamos preferir. 

La única manera de escapar de la inercia es acelerar o desacelerar, pero jamás dejar de moverse. 

 Imagen:  Mary Henderson

Fila de dos horas

Plaza la Silla me genera un gusto culposo. Estoy seguro que hay magia —del tipo decadente— en un centro comercial que tiene una oficina de Gayosso. 

Intuyo que Plaza la Silla vive de estas oficinas de servicios: ahí puedes pagar la luz, el agua, el gas, la licencia de conducir y, obviamente, la mensualidad del servicio funerario. 

Como buen foráneo, varias veces me han cortado el gas y la luz. El precio de la irresponsabilidad son las horas de fila en plazas como esa. Pero con todo y que desprecio estos lugares —porque suelen ser un derroche de incompetencia—, hacer fila es una actividad que disfruto porque me parece profundamente interesante. 

La unifila, a diferencia del tráfico, sí es un espacio propicio para la empatía. La fila permite el contacto humano: cubiertos de hojalata es difícil recordar la humanidad del otro y es más fácil mentarle la madre, pero al estar descubiertos el riesgo de obtener una réplica violenta es alto.

Las filas, además, son un ejercicio de organización ciudadana. Esto no quiere decir que por formarnos ya somos automáticamente auténticos ciudadanos, sino que se nos da la oportunidad de serlo.

Ay, joven, ¿me cuida tantito el lugar? Es que tengo que ir al baño. 
Cómo no señora, aquí se lo cuido. 

La verdad es que yo nunca he visto a una persona negar ese tipo de favores en una fila. Y no, no es que se trate de la necesidad de ir al baño porque he visto a empleados del Seven y del Oxxo negar la existencia de un baño en sus sucursales —lo que me hace pensar que, de ser verdad, se han hecho pipí en la hielera de las cervezas sueltas— con todo y que quien pide el favor comienza a retorcerse en agonía patética. 

Estos pequeños actos de organización ciudadana son muy valiosos porque la colectividad en México sólo existe en la tragedia (como cualquier juego de la Selección o un desastre natural) y entonces atinar a explicarnos en el contexto de la fila nos ofrece sólo dos hipótesis posibles: que sí podemos organizarnos lejos del Apocalipsis o, la otra, que hacer fila es en sí mismo una tragedia. 

En cualquier caso decidimos salvar la fila sobre otras posibilidades porque romperla y agolparse en el escritorio derivaría en el caos (y, como consecuencia, muy probablemente perder tiempo ahí). La apuesta es fácil: entre más diligentes seamos en la fila, más rápido abandonaremos la sucursal. 

De ese modo quedan plasmados los incentivos para colaborar de parte de quienes hacemos fila. En el acto nos volvemos, aunque sea momentáneamente, todos iguales, y en esa igualdad, cuando las posiciones se politizan, nos volvemos pueblo.

Pinche CFE. Pinche Telcel. Pinche banco. Pinche gobierno. Siempre es la misma chingadera. 

La realidad es que en este país hallar un enemigo es relativamente fácil, casi con que tenga siglas o sea una dependencia de gobierno ya es un candidato ideal.

Aunque los incentivos para quienes estamos en la fila son claros, no siempre es suficiente para salir de ahí a tiempo, porque la fila está a merced de quien despacha y cuando la fila avanza la persona detrás de la ventanilla se perderá en nuestra memoria, y cuando no, adquirirá las dimensiones de un villano de telenovela. 

 Imagen:  Gabriel Adda

Imagen: Gabriel Adda

Recuerdo que una vez acompañé al banco a mi mamá. La fila salía de la sucursal de un Banorte, llevábamos ahí ya dos horas, eran pasaditas las 3 de la tarde. La señora que atendía la única caja colocó un letrerito de “fuera de servicio” y procedió a comerse una torta frente a los ojos atónitos de quienes hacíamos fila. 

Mi mamá volteó a ver a la gerente que estaba a unos pasos sentada en un escritorio mientras hablaba por teléfono. Mi mamá, en un tono que ya había perdido toda civilidad, le preguntó que si nos iban a dejar ahí parados en lo que se acababa la mujer la torta. La ejecutiva despegó el teléfono de su oído y con la mano tapó el orificio por donde se habla. 

— ¿Qué quiere que haga?, es la hora de la comida. 

Volvió al teléfono y siguió dando unas instrucciones que parecían una receta de cocina. 

La fila es organización milagrosa y purgatorio cotidiano. No es que la fila valga por su condición de pausa en un mundo que se mueve a alta velocidad. La fila no es una pausa, sino una expresión de lentitud en un mundo que se mueve a toda velocidad.

Esa es la gran metáfora que guardan las filas: vivir en sociedad es una experiencia molesta, porque enterarse que no somos los más importantes en el mundo es, por lo menos, ligeramente incómodo. Al mismo tiempo, practicar la empatía con completos extraños es valioso porque nos recuerda que un mundo donde vemos unos por otros es posible.