Sobre las agencias “colocadoras”

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Por Ana Farías

Cada que hablo sobre Profesionales de la Limpieza, un proyecto de limpieza autogestionado por trabajadoras del hogar que apoyamos desde Parvada, me preguntan si ya entramos en contacto con cierta startup tapatía que se dedica a colocar trabajadoras del hogar (¿A los pequeños productores también les preguntan si ya entraron en contacto con una maquila?). No lo hemos hecho ni lo vamos a hacer. Si bien esa empresa en particular no es propiamente una agencia de colocación, pues dicen contratar directamente a las trabajadoras como empleadas, me gustaría utilizar esas bienintencionadas recomendaciones como punto de partida para hablar, justamente, de estos arreglos comerciales. 


1. La lógica de las agencias y startups de colocación es totalmente distinta a la nuestra. Mientras que en aquellas unos socios se benefician del trabajo físico de un grupo de mujeres, acá todas obtienen la retribución que merecen por ese trabajo y generan ganancias que les sirven como colectivo para atender cualquier eventualidad que pueda surgir.

Es bien sabido que para las trabajadoras el atractivo de las plataformas de colocación es que pueden acceder a una cartera muy amplia de clientes, no la nada maravillosa paga que ofrecen. Las agencias y las plataformas les permiten más exposure de lo que tendrían por su cuenta, sobre todo porque muchos de los puestos se cubren gracias a recomendaciones. Quienes tienen una red limitada de contactos tienen menos probabilidad de acceder a un empleo. Esto pasa en buena medida porque existe desconfianza hacia las trabajadoras del hogar, por lo que las “recomendadas” (que generalmente son familiares o amigas de la trabajadora que las recomienda) tienen “puntos extra” en el mercado. En el imaginario de muchas empleadoras, el ser pobre te hace propensa a robar, pero existen algunas pobres y honradas. Si una “pobre pero honrada” tiene tu confianza, pedirle que te recomiende a otra mujer como ella es la vía más segura para cerciorarte de que tu casa no sea vaciada mientras vacaciones en Vail en diciembre¹

En ocasiones sucede que una vez que consiguen el contacto de nuevos clientes con los que han creado una relación de confianza, se deslindan de la plataforma para no tener que perder el porcentaje que cobra el intermediario. Si bien existen algunas (poquísimas) empresas que contratan directamente a las trabajadoras y con ello tienen acceso a prestaciones, aún así les descuentan un porcentaje que va a parar a manos de los dueños del capital. Sigue siendo la lógica de siempre: unos acumulan a costa de otras. Unos se van a Vail en diciembre mientras otras viven al día. 

Esa lógica de enriquecerse a través del trabajo de otros, a pesar de que es común, no debería ser replicada bajo el argumento pseudo novedoso de que “X” plataforma valora el trabajo que hacen las mujeres, porque justo eso (enriquecerse a costa de su trabajo) es algo que s i e m p r e ha pasado. No tiene nada de nuevo. 

Lo que estamos impulsando (y que en general debería ser la regla en este ramo) es que las mujeres que trabajan en casas se organicen con otras mujeres que se dedican a lo mismo para que a todas les vaya bien. Las primas que se le cobran al empleador deben ser para que las trabajadoras tengan un fondo para ellas, sea para pagar abogados, imprimir contratos o repartírselo al final del año. 

¹ Entiendo la preocupación por la seguridad del hogar propio y la de la familia. No es una cosa menor, pero hay un abismo entre eso y pensar que las trabajadoras del hogar tienden a robar.


2. Luego están los benditos nombres que utilizan: “Mi Dulce Hogar”, “Domésticas Guadalajara”, “Maids”. O romantizan el trabajo o denigran a quien lo realiza. Qué casualidad que en las ramas donde labora una mayoría de hombres a nadie se le ocurre utilizar nombres para romantizar su trabajo. Esa “casualidad” quizá se explica porque no hace falta romantizar el trabajo que sí vale y que no ha sido históricamente realizado de a gratis bajo el argumento de que se hace por amor.

En cuanto al mote de “domésticas”, hay quienes consideran que es un avance significativo si tomamos en cuenta que antes la norma era llamarlas sirvientas. Y sí, pero no. Al menos desde los 90s ya había quienes les llamaban domésticas. Nótese que no es lo mismo decir “trabajadoras domésticas” que “domésticas”.  Nadie se queja de que digan “la doctora” o “la enfermera”, dirán algunas. Claro, amiga, pero esos empleos no tienen la misma carga histórica. Ser la doméstica es ser la que pertenece a la casa. Ser la trabajadora doméstica te desmarca un poco de ahí. Eres, en todo caso, la que trabaja en casa, no la que pertenece a la casa. 

Cada vez hay más trabajadoras que rechazan el término de “trabajadora doméstica” y prefieren “trabajadoras del hogar”. Pues que así sea, ¿no? No se confunde con “domesticidad”, es muy descriptivo y nombra lo que se ha intentado invisibilizar: que las labores que se hacen en casa son trabajo y no la naturaleza de las mujeres.

En cuanto a maid o mucama, el problema es, de nuevo, la carga histórica que tiene. 

Dicen que mucama viene de Angola y significa “esclava que es amante de su señor”. No sé quién querría seguir llamándole así a alguien. Además, como mucama aplica tanto para trabajos en casa como en otros lugares como hoteles, algo de caché da pensar que tienes una a tu servicio. Es la imagen de una mujer con un uniforme de french maid que te deja un chocolate en la almohada. A principios de los noventa era más o menos común que se solicitaran “mucamas” en los avisos de ocasión de los diarios tapatíos. Había una crisis económica pero en el hogar se buscaba un falso refinamiento.


3. Las agencias y plataformas tienden a deslindarse de toda responsabilidad. Nos han contactado un par de trabajadoras que laboraban para agencias, quejándose de que al enfermarse, las despedían. Hace sentido: trabajan a destajo como independientes, movidas por una agencia. Si la agencia no puede obtener ganancias por su trabajo, las descartan. Al cabo hay otras cientos de mujeres que pueden tomar su lugar. 

Si alguna trabajadora accidentalmente rompe algo o es acusada injustamente de robar, adivinen quién termina pagando. Hint: no es la agencia.

Las agencias que terciarizan el trabajo del hogar simple y sencillamente no deberían existir. Hace falta regularlas para prohibirlas. Mientras eso sucede, acá estamos todos los días intentando convencer a clientes potenciales: el que las trabajadoras cobren lo justo no sólo es un acto mínimo de justicia, sino que también se traduce en menor rotación, menores incentivos para robar (porque sí pasa, como pasa en todos los trabajos, pero no es la norma; en todo caso, quienes cometen el verdadero despojo son quienes explotan a las trabajadoras con sueldos de miseria) y en un mayor rendimiento en el trabajo (¡qué sorpresa que si no tienes que preocuparte porque no te va a alcanzar para pagarte las medicinas rindas más en tu chamba!). En fin. 

Ser trabajadora del hogar ya implica exponerse a malos tratos y malos pagos. Implica a veces no tener suficiente dinero para alimentar a la familia. Cuando trabajan a través de una agencia, siguen viviendo al día pero las familias de los dueños de la agencia pueden ir a esquiar en diciembre. Bonita cosa. 


Este texto forma parte de la serie colaborativa Mujeres Trabajando de reflexiones sobre el trabajo del hogar/cuidados/división sexual del mismo con Parvada, organización que impulsa Profesionales de la Limpieza, un proyecto gestionado por trabajadoras del hogar que busca aumentar los estándares en este ramo a través de la incidencia, la colocación de trabajadoras en empleos justos y la difusión de herramientas para empleadoras(es).

Mujeres TrabajandoParvada