La sociedad mexicana se ha organizado en y a través del pesimismo. Su respuesta solidaria y colectiva ante la emergencia es en sí revolucionaria. No niega la realidad, sino que la asume y, en la memoria colectiva, la abraza y opera consciente dentro de ella. La marea de organización colectiva espontánea en el despertar de la tragedia realizan de forma concreta ideales de libertad y realidades anárquicas que de otra forma estarían perdidos en las simulaciones ideológicas de nuestro presente.


En el despertar de cualquier tragedia lo primero siempre es el reubicarse ante la existencia y el zumbido ensordecedor de la desesperación. Una desesperación que no se presenta como algo abstracto, figurativo o literario, sino una angustia material, realizada en el mismo cuerpo; presente en el latir del corazón, en el pánico, en el llanto, las lágrimas y en ese sentimiento real de un corazón apesadumbrado por la vivencia directa de la indiferencia misma del Universo.

Al mismo tiempo –y en proximidad de esa brutal realización– el miedo se transforma en voluntad y, como parte del mismo sentimiento, se va sustituyendo la parálisis con un accionar que se encuentra con uno y con el otro. Un accionar de reconocimiento, un impulso que nos saca del estupor cotidiano, que nos alerta de que, en efecto, existimos en la contingencia, en la transición y en la fragilidad.

México lleva unos días envuelto en esta dinámica que en ritmos oscilatorios se exalta y se tranquiliza con respecto a los vientos del momento, de los medios y de la sobrecomunicación de nuestra modernidad líquida. Los comentarios sociales sobre la reacción, la solidaridad, la enseñanza, la historia, lo político y lo surreal dibujan líneas que encierran la tragedia en un momento histórico ya interpretado. Es necesario, sin embargo, entender esa historia no como una progresión automática que nos coloca a 32 años de aquel otro despertar trágico del '85, sino como esas constelaciones a las que aludía Walter Benjamin en la que se rescatan chispas, momentos y visiones que operan en la remembranza y la redención. ¿Hemos redimido entonces el pasado o simplemente recordado la inevitabilidad de una inercia histórica?

La sociedad desbordada en esfuerzos de rescate ante el sismo de 1985 | Foto: Omar Torres/AFP/Getty Images | Modificada por el sitio adn40.mx

La sociedad desbordada en esfuerzos de rescate ante el sismo de 1985 | Foto: Omar Torres/AFP/Getty Images | Modificada por el sitio adn40.mx

Retomemos nuevamente a Benjamin con dos conceptos propios de su enigmático pensamiento. Por un lado, la “organización del pesimismo” como un motor, como una especie de “melancolía revolucionaria” diría Löwy. El pesimismo de una realidad cruda, violenta y abrumadora que se materializa de forma simbólica en la devastación del sismo, pero cuyo sentir proviene de la interiorización consciente de que este desesperar va más allá de una tragedia incontrolable, sino de todo un contexto y una época de fracasos políticos y sociales que en la tragedia se descubren en los fragmentos rotos de los espejismos de la modernidad.

Sin embargo, la sociedad mexicana se ha organizado en y a través de ese mismo pesimismo. Su respuesta solidaria y colectiva ante la emergencia es en sí revolucionaria. No niega la realidad, sino que la asume y, en la memoria colectiva, la abraza y opera consciente dentro de ella. Las muestras de apoyo, la movilización de ayuda, la apertura de los canales de comunicación... en resumen, la marea de organización colectiva espontánea en el despertar de la tragedia realizan de forma concreta ideales de libertad y realidades anárquicas que de otra forma estarían perdidos en las simulaciones ideológicas de nuestro presente.

La comparación puede no ser apropiada, pero en toda su subjetividad se respiran ciertos paralelismos con la organización del pesimismo en la Comuna de Paris, otra estrella en la constelación histórica de este momento. Como mencionaba Kristin Ross en su libro sobre el imaginario político de la comuna:

Los Comuneros no decretaron o proclamaron la abolición del Estado. Más bien se propusieron, paso a paso, en el poco tiempo que tenían, desmantelarlo de toda su burocracia subyacente.

[…]

La Comuna, nos recuerda Engels, no tenía ideales que realizar. Aun así produjo una filosofía de libertad más grande que la Declaración de la Independencia o la Declaración de los Derechos del Hombre porque era concreta.¹

¹ Ross, Kristin. Communal Luxury: The political imaginary of the Paris Commune. Verso, 2016. p. 79


La sociedad desbordada en esfuerzos de rescate ante el sismo de 2017. Foto: AP Photo/Rebecca Blackwell

La sociedad desbordada en esfuerzos de rescate ante el sismo de 2017. Foto: AP Photo/Rebecca Blackwell

En cierta medida lo mismo se puede observar en la breve explosión de organización posterior al sismo. No existían tesis ideológicas o abstracciones filosóficas detrás del accionar inmediato de una sociedad que se vio forzada al amanecer repentino de una tragedia. Sin embargo, no sólo fue posible borrar al Estado de forma momentánea, liberarse de las cadenas burocráticas de su respuesta simulada y operar sin su estorbosa intervención, sino que también se pintó en blanco y negro la imagen de su ilegitimidad en la lona de un pueblo organizado.

La alarma sísmica, entonces, se nos presenta como relación el segundo concepto de Benjamin que quiero abordar: El Estado de Emergencia.


La tradición de los oprimidos nos enseña que el «estado de excepción en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello. Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. La oportunidad que éste tiene está, en parte no insignificante, en que sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica. El asombro ante el hecho de que las cosas que vivimos sean “aún” posibles en el siglo XX no tiene nada de filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser el de que la idea de la historia de la cual proviene ya no puede sostenerse.²

² Benjamin, Walter. La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica y otros textos. Ediciones Godot, 2012. p. 67


En esta, la octava tesis sobre el concepto de la historia, Benjamin pone en claro que el triunfo del fascismo Hitleriano tuvo mucho que ver con la idea errónea de que tales barbaries no podían pertenecer al presente histórico del siglo 20, que el fascismo era una excepción y no la realización misma de un “progreso” técnico e industrial que le dio cabida. La negativa a desmentir la noción positiva del progreso histórico llevó a minimizar la potencialidad destructiva del fascismo en un momento en el que tenía que haber sonado la alarma de emergencia de este devastador movimiento telúrico de la historia.

¿Cómo relacionamos entonces esta misma concepción al presente en México, a la emergencia real de una tragedia natural y la normalización misma de la emergencia nacional que se vive a diario? Lipovetsky se hace pregunta en La era del vacío: «¿Quién además de los ecologistas está consciente de vivir en una época apocalíptica?». Solo la trepidación material, la innegable realidad de un edificio colapsado y de muertes inocentes nos despierta del estupor narcisista de una negación de la realidad más allá del Yo. Narciso es la figura de nuestro presente:


[…] el narcicismo realiza una extraña «humanización» ahondando en la fragmentación social: solución económica de la «dispersión» generalizada, el narcisismo, en una circularidad perfecta, adapta el Yo al mundo en el que nace. El amaestramiento social ya no se realiza por imposición disciplinaria ni tan sólo por sublimación, se efectúa por auto-seducción. El narcisismo, nueva tecnología de control flexible y auto-gestionado, socializa de-socializando, pone a los individuos de acuerdo con un sistema social pulverizado, mientras glorifica el reino de la expansión del Ego puro.³

³ Lipovetsky, Gilles. La era del vacío. Anagrama, 2013. p. 55


El narcisismo como actitud ante la fragmentada realidad esconde ese perpetuo estado de emergencia. La constante mirada hacia adentro, la multiplicidad individualista del Yo, el culto al Ego y su pretensión de que la realidad se adapte a él, generan –en forma irónica– una adaptación del Yo a la normalidad de un presente desesperante. Nos hemos socializado en el aislamiento y así nos hemos hecho sordos ante la alarma histórica del presente.

No existe peligro mayor en nuestra época que el de entregarnos ciegamente al tren fantasma del progreso. La Segunda Guerra Mundial y el fascismo de Hitler fueron parte de esa noción triunfal del avance histórico positivo.

¿Cuál es pues el antídoto para una sociedad engañada por ella misma? ¿Cómo recuperar la noción del estado de emergencia en una época embriagada de nociones huecas de modernidad? ¿Cómo luchar con la inercia melancólica de la acedía y reconfigurarla hacia un sentido de emancipación nihilista? Como menciona Benjamin, es necesario reorganizarnos en el pesimismo. El despertar puede ser momentáneo, puede ser también circunstancial; sin embargo, las redes solidarias que se han ido tejiendo tendrían que operar más allá de la tragedia, entenderse como una ética colectiva de reconocimiento, cómo un re-encuentro con el otro, independientemente de si este fue forzado por la tragedia.

Las acciones de hoy son acciones revolucionarias en su brillante simplicidad y su compleja interacción. Entendámonos pues dentro del contexto de la turbulencia de un río histórico que puede fluir hacia la tranquilidad del algo, lo traicionero del mar o lo violento de una cascada. Honremos la memoria, no sólo de un sismo tres décadas atrás, sino de un México en constante estado de emergencia; pero sobre todo, redimamos la historia de todos esos vencidos que, si fallamos a seguir en este proceso de despertar, las generaciones futuras nos contarán entre ellos.

 

Foto de portada: Luis Arango, tomada del sitio sopitas.com