Atados al muro

Ante el miedo por la inseguridad, volvemos a La Caverna, la analogía que José Saramago tomó de Sócrates para ejemplificar las nuevas formas de organización social en las ciudades, donde crecen los condominios privados, cotos o gated communities. 


La luz trémula de la linterna barrió despacio la piedra blanca, tocó levemente unos paños oscuros, subió, y era un cuerpo humano sentado lo que allí estaba. A su lado, cubiertos con los mismos paños oscuros, otros cinco cuerpos igualmente sentados, erectos todos como si un espigón de hierro les hubiese entrado por el cráneo y los mantuviese atornillados a la piedra. La pared lisa del fondo de la gruta estaba a diez palmos de las órbitas hundidas, donde los globos oculares habrían sido reducidos a un grano de polvo.

“(…) Esas personas somos nosotros, dijo Cipriano Algor, Qué quiere decir, Que somos nosotros, yo, tú, Marcial, el Centro todo, probablemente el mundo, Por favor, explíquese, Pon atención, escucha. La historia tardó media hora en ser contada. Marta la oyó sin interrumpir una sola vez. Al final, dijo, Sí, creo que tiene razón, somos nosotros.

José Saramago (La Caverna)

 

 

La metáfora con la que mi escritor favorito, el casi eterno José Saramago, concluye esta reflexión sobre las civilizaciones, la comodidad, y la búsqueda de una mejor vida, es la escena de seis cuerpos atados a un bloque de cemento.

Cuando terminé el libro la imagen quedó grabada en mi cabeza: amarrados a un pilar de concreto, con los restos de una fogata, anclados a su seguridad material. Es una de las sensaciones del habitante del siglo 21: atados a nuestros bienes, a nuestra tecnología, a la civilización. “Somos nosotros”, dice Cipriano Algor –y su hija confirma– en la novela del Premio Nobel portugués. La simbología es potente y desconcertante de inicio, pero termina por atar muchas de las reflexiones aisladas en el libro: sacrificamos nuestra libertad por la presunta felicidad que nos brinda el aislamiento del mundo exterior, de los riesgos. Cedemos nuestros derechos más básicos por protección, debido a nuestros miedos: vivimos atados a estos temores que materializamos en bardas, cercas eléctricas, casetas de vigilancia, rondines nocturnos, seguridad privada.

Nos aferramos voluntariamente a los muros, como finalmente hicieron mis padres luego de vivir casi 20 años en un mismo barrio de Guadalajara y cambiarse a una comunidad cerrada o coto.  

La falsa noción de seguridad que brindan empresas (tanto de construcción como de seguridad) en Estados como el mexicano y, en particular, en sociedades como la tapatía, ha permitido su proliferación, pues ven un negocio en las carencias de los gobiernos. También se ha propiciado la segregación social y el aumento de las situaciones de riesgo en las colonias aledañas a las urbanizaciones cerradas. Implica el empadronamiento –en una suerte de visado– de empleadas domésticas, jardineros y albañiles que trabajan en los sitios restringidos por caseta y vigilante.

Los cotos, comunidades cerradas, barrios cerrados o gated communities son formas de vida que han crecido desde hace tiempo en todo el mundo, en las clases sociales medias y altas. Pero desde los 80 se observa su desarrollo principalmente en “países en vías de desarrollo”, según se lee en Urbanizaciones cerradas: estado de la cuestión hoy propuesta teórica de la académica Sonia Roitman.

"La seguridad brindada por las urbanizaciones cerradas es la característica más publicitada. La utilización de distintos dispositivos de seguridad es un rasgo de este tipo residencial. Sin embargo, la existencia de casos de robos dentro de las urbanizaciones cerradas es un indicador de que estos dispositivos no son totalmente eficientes y que actúan más bien para controlar o disminuir la sensación de inseguridad, que para eliminar hechos delictivos.

“Asimismo, esta privatización de la seguridad se inscribe dentro de la tendencia privatizadora de los servicios anteriormente brindados por el Estado, el cual ha demostrado su fracaso para ofrecer estos servicios a la ciudadanía de manera eficiente. De esta forma ya no es el Estado el actor que tiene el uso monopólico de la fuerza, sino que también el sector privado hace uso de ella”, se lee en el texto de Roitman.

El caso en concreto del municipio metropolitano de Guadalajara, Tlajomulco de Zúñiga, donde se encuentran fraccionamientos como Nueva Galicia, urbanizaciones cerradas que brindan esta noción de seguridad, ejemplifican los dichos de la académica de la University College London, pues la cifra del robo a casa habitación durante noviembre de 2013, según datos del propio Ayuntamiento, es la misma que en una colonia popular como Santa Fe, con casas de interés social, donde se registraron (al igual que en Nueva Galicia) tres robos en un mes.

La seguridad privada y los muros no parecen tan efectivos cuando se contrastan las estadísticas del delito, pero sí para generar dividendos a empresas, la mayoría dirigidas por funcionarios o exfuncionarios de las áreas de seguridad en el país; varios directores de seguridad o policía luego de salir de la función pública se vuelven empresarios que cubren los huecos que el Estado deja en esta materia: robo de bancos, a casa habitación, seguridad personal a empresarios, en las tres principales ciudades de México (Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey) abundan ejemplos de este tipo de negocios; uno es el de Servando Sepúlveda, director de la Policía de Guadalajara durante la pasada administración (2009-2012) y que actualmente cuenta con una empresa de seguridad privada llamada Centurión, que brinda servicios a empresas paraestatales como la Universidad de Guadalajara.

Aunque la Federación sólo reporta el registro de mil 090 compañías de seguridad privada, según cifras de la revista Contralínea, en realidad existen alrededor de 3 mil 500 empresas registradas en todo México. La diferencia en la cifra radica en los registros estatales. Y según estimaciones del Grupo Multisistemas de Seguridad Industrial, bien podría haber cerca del doble: hasta 6 mil 600, pues varias no cuentan con los registros apropiados, pero brindan servicios de asesoría en temas de seguridad.  

 
 

Autodefensas citadinas

“Tenemos años viendo cómo los ricos cierran sus fraccionamientos o las calles y los protegen con seguridad, eso nadie lo ha cuestionado, entonces vemos que la reacción que hay es porque depende de la clase social, los grupos de autodefensa son la seguridad de las clases más pobres, y la seguridad privada es la que pagan los ricos, pero es básicamente lo mismo, ambas obedecen a la falta de seguridad y al fracaso de la autoridad para garantizarla”, indicó el historiador y analista Lorenzo Mayer el 29 de noviembre de 2013 durante su intervención en el Congreso Histórico Cultural para la Conmemoración del Bicentenario de los Sentimientos de la Nación y las Constituciones de América.

Es una reflexión que cabe en el contexto explosivo y violento de México, donde la impunidad alimenta la imaginación criminal y ante la falta de resultados de parte del Estado, el pueblo busca formas para defenderse.

El caso de la detención del jefe de grupos de autodefensa michoacanos, José Manuel Mireles, pone en evidencia, además, que el Estado mexicano no está dispuesto a permitir la versión de la clase agricultora y trabajadora de la seguridad privada: las autodefensas.

Para efectos de mostrar el debilitamiento de la fuerza del Estado, las autodefensas y la seguridad privada, son lo mismo.

La privatización de la seguridad, uno de los principales fines por los que el Estado fue creado, nos plantea inevitablemente la crisis de algunos de éstos en el mundo, donde prevalece la lógica del más fuerte por encima de la legalidad: la riqueza determina tu nivel de supervivencia con dinámicas criminales alteradas, incontrolables para un gobierno desorganizado y corrupto.

En Guadalajara varios colectivos de movimientos civiles que promueven el transporte alternativo, así como nuevas formas de diseñar el crecimiento de la urbe tapatía, se han pronunciado contra el esquema de la privatización de vialidades públicas que algunos fraccionamientos han promovido.

El ejemplo más señalado por los organismos que forman parte de la Plataforma Metropolitana, una red de organizaciones civiles, es el del fraccionamiento Valle Real, residencial de alta plusvalía donde tienen su casa políticos y empresarios jaliscienses. Uno de los más conocidos, Arturo Zamora Jiménez, exsecretario general de Gobierno de la administración estatal, y actual vicepresidente del Senado de la República por el PRI.

“La construcción de cotos y fraccionamientos va en contra del proyecto de una ciudad sustentable y plural. Son reflejo de un Estado que ha fallado en proporcionar seguridad y calidad de vida en la ciudad. Respuestas privadas ante el reto de la seguridad significa el fracaso del Estado de Derecho. Además, los cotos privados dificultan la movilidad ya que los muros cerrados entorpecen la fluidez vial y obligan a realizar trayectos más prolongados que se traducen en pérdida de tiempo y mayor gasto energético, lo que a su vez disminuye la calidad del aire e incrementa la temperatura”, se lee en un comunicado de la red de organizaciones a las autoridades jaliscienses sobre el cierre de vialidades en el fraccionamiento Valle Real, ubicado en Zapopan, municipio metropolitano de Guadalajara.

En esta ciudad del occidente de México existen varios modelos de comunidades cerradas o privadas. Y otros como los ubicados en el área del Bosque de los Colomos, en Zapopan, que a diferencia del modelo de Valle Real, desde el principio fue un proyecto donde los propietarios adquirieron a modo de condominio toda un área para privatizar y poner bardas. En tales casos el alumbrado y otros servicios corren a cargo de los administradores del coto o fraccionamiento.

En el caso de los ubicados al sur de la ciudad, en uno de los municipios con más crecimiento poblacional en el país, Tlajomulco de Zúñiga, el modelo es similar al de Colomos y no el de Valle Real, donde las vialidades son públicas y se puso una caseta para cerrar la entrada.

Pero en cualquiera de los casos, los muros promueven el aislamiento, la segregación y, sobre todo, no detienen al crimen pues finalmente los grandes capitales del narcotráfico han permitido el establecimiento de capos en estos lujosos fraccionamientos paradójicamente cuidados por seguridad privada, día y noche.

 
 

Secuestradores de Vecinos

A las 2:30 de la tarde de un miércoles salí de mi departamento en la zona centro de Guadalajara, para ir a casa de mis padres que se encuentra en los límites entre Zapopan, Tlaquepaque y Tlajomulco de Zúñiga (tres municipios metropolitanos de Guadalajara con 4.6 millones de habitantes a 2013, según estimaciones del Instituto Nacional de Estadística y Geografía). Aquella zona se expande por la avenida López Mateos con nuevos desarrollos como en el que ahora, desde hace más de un año, viven mis padres.

Desde donde voy es una línea recta; hay dos rutas, pero ambas son iguales: derecho, por toda avenida Federalismo –la que tiene menos tráfico– y derecho por López Mateos; el día está soleado, con algunas nubes blancas.

Una vez llegando a la zona, es fácil perderse, hay que fijarse, el paisaje no cambia por varios minutos: largos muros de color amarillo se extienden a lo largo de la avenida Ampliación López Mateos, una zona en la que no se antoja caminar por la noche, donde las visitas a la tienda de la esquina de último momento terminaron.

Algunas calles se vuelven laberintos, sin nombre ni entrada, ni bifurcaciones claras, obedecen a la lógica de los huecos que las pequeñas ciudades encerradas van dejando en su acomodo, de modo que se camina varios metros sólo observando bardas.

En esa zona viven mis padres, finalmente cambiaron su estilo de vida motivados por el temor, cuando sintieron que la confianza en el barrio se quebró tras la llegada de unos vecinos sospechosos, que resultaron ser secuestradores.

No es tan fácil darse cuenta que tienes vecinos malandros. Por varios meses vivieron unos frente a nuestra casa, y nadie, salvo mi madre, reparó en su presencia. Algo en su actitud no le olía bien, nadie la escuchó, hasta que un día reventaron la casa de seguridad donde tenían a varios secuestrados.

Para entonces mis padres ya habían buscado la seguridad detrás de los muros, pero la noticia dejó un eco macabro en nuestro recuerdo de aquella casa que –como todos los mexicanos que se endeudaron para adquirir hogar en los 90– les terminó costando a mis padres, más de lo que valía.

Recuerdo que antes de los secuestradores, en la casa de enfrente vivieron dos niñas rubias. De la casa, típica de la colonia, de un piso, con un patio de servicio y otro en la parte trasera, recuerdo la puerta que daba al de la limpieza, que se dejaba ver y en el cual se escuchaba, casi siempre que pasaba para ir a la tienda de la esquina, un chorro de agua que llenaba una cubeta.

Luego de la llegada de los vecinos, completos desconocidos en el barrio donde todos éramos cercanos, el agua ya no corrió en el patio, el lugar lucía abandonado, descuidado. Con el tiempo entendimos que la ubicación hacía sentido para una empresa tan jodida como mantener privado de su libertad a un hombre, pues del lado derecho tenía un lote baldío. “La víctima fue llevada a una casa en calle Isla Roca Partida de la colonia Residencial de la Cruz, en Guadalajara; luego los plagiarios llamaron a los familiares para pedirles un rescate de seis millones de pesos.

“El día 5 de diciembre de 2012, la familia hizo un primer pago por 480 mil pesos, y el 11 de diciembre de 2012, se realizó un segundo pago por 200 mil dólares más 400 mil pesos.

“No obstante los pagos, los plagiarios asesinaron a la víctima en una finca de la calle Isla Roca, de la colonia Residencial de La Cruz, en el municipio de Guadalajara, en donde fue localizado el hombre secuestrado, con tres impactos de arma de fuego”, se refiere en el comunicado de prensa de la Procuraduría de Justicia de Jalisco; hoy esta dependencia forma parte de la Fiscalía General del Estado, una fusión de la citada Procuraduría y la Secretaría de Seguridad Pública en un estado donde la Comisión Estatal de Derechos Humanos ha recibido 991 quejas por tortura en los últimos 20 años, pero sólo se han emitido 39 recomendaciones y ninguna consignación de funcionarios implicados.

En Google los resultados de “Isla Roca Partida, Guadalajara”, calle donde se ubica mi antigua casa, arrojan al menos dos notas periodísticas: “Hallan cuerpo decapitado” (2010) y “la PGJE (Procuraduría General de Justicia del Estado de Jalisco) consigna a banda de secuestradores” (2012).

Dos notas sobre secuestro y asesinato, aisladas, con dos años de separación: ese es el recuerdo que quedó de la calle que vio transcurrir mi infancia, así pasará a la historia.

 
 

La caverna

Debido a los trágicos hechos mis padres tomaron la determinación de dejar el barrio en el que habitamos desde los 90. Ahí aprendí a andar en bici y fui por primera vez con un grupo de amigos de la cuadra al Estadio Jalisco.

Esos aires de barrio cambiaron, se enrarecieron; mi familia vio las dos trágicas noticias en la misma calle cómo presagios. La zona sur de Guadalajara, donde se ubican las colonias Residencial la Cruz, Jardines de la Cruz, Jardines de San José, entre otras, cambió de rostro con el crecimiento poblacional de la urbe y la redistribución de la densidad.

A la vuelta de poco más de 20 años las cerraduras, candados y rejas fueron en aumento en la que fue mi casa por casi toda la vida. La seguridad de la zona, que permitía mi convivencia en las calles hasta altas horas de la noche con los amigos de la cuadra, fue a la baja. Cuando en enero de 2013 reventaron la casa de seguridad que estaba en la acera de enfrente, fue como comprobar las corazonadas de mi madre que veía con recelo a los nuevos vecinos: hombres solteros de entre 30 y 40 que sólo iban por un rato a la casa, en coches de lujo. Nunca saludaban.

Meses antes de que eso pasara, la propiedad de mis padres ya tenía un letrero de “En Venta” y para cuando supimos la noticia ya vivían en uno de los nuevos cotos.

Recientemente me enteré que robaron la casa en la que habitaba cuando los actuales propietarios salieron de vacaciones: No era la primera de la cuadra.

Se trata de un nuevo tipo de segregación social urbana, diferente al existente anteriormente en la ciudad porque es una segregación avalada por legislación y aceptada socialmente (…) Los casos más extremos de esta situación se dan en niños o adolescentes criados dentro de los muros de urbanizaciones cerradas, con escaso contacto con el mundo exterior y con grupos sociales muy cerrados y socialmente homogéneos
— Sonia Roitman

Finalmente, en las comunidades cerradas, buscando seguridad, se termina obteniendo homogeneidad: se educan niños con temor al exterior, con una lógica discriminatoria que complica su interacción con el otro. Y aunque antes era cosa de ricos, hoy cada vez más sectores de la sociedad deciden poner muros, casetas o flechas para impedir el libre tránsito y así sentirse más seguros.

“La búsqueda de homogeneidad social es otra de las causas origen y éxito de las urbanizaciones cerradas (…) Encontramos así la clase media alta y clase alta dividida, esta última tanto en ‘viejos ricos’ como ‘nuevos ricos’”, como señala Roitman en su escrito previamente citado.

Las comunidades privadas generan percepciones cerradas, limitadas por el temor al exterior y al otro: Los muros se vuelven metáforas tangibles, comparables con la analogía del músico inglés Roger Waters cuando compuso “The Wall” (Pink Floyd, 1979): La sobreprotección materna, el miedo al enfrentamiento, al fracaso sentimental, todos y cada uno de esos temores se materializan en ladrillos que van creando un muro entre el individuo y la colectividad.

Ante el miedo por la inseguridad, volvemos a la caverna, la analogía de Saramago para las nuevas formas de organización social en las ciudades donde crecen las colonias y los condominios privados o cerrados. El título del libro viene de la alegoría de la caverna de Sócrates, que utiliza el fallecido escritor, sobre la percepción de los que siempre han vivido atados a la seguridad de un lugar, por lo que su visión del mundo exterior es pobre y alterada por las limitaciones del encierro.

Hacemos nuestra caverna imponiéndonos barreras que pueden ser llamadas civilización, modernidad, pero que reflejan nuestro lado más primitivo y animal, instintivo, irracional, de la búsqueda de un sitio seguro. Y una vez adentro, cambia nuestra percepción del mundo, se limita y amolda a una generalizada, de unos cuantos; dejamos de ser testigos para volvernos espectadores de un mundo en el que habitamos, pero que nos limitamos (por temor) a vivir.